“A los Reyes Magos sin acritud”, Sabatinas Intempestivas, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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Las cartas a los Reyes Magos fueron la primera reivindicación de nuestra ansia de progreso

Las únicas cartas dirigidas “a Sus Majestades los Reyes” que he escrito en mi vida fueron a los Magos. Siempre he guardado un recuerdo admirado de aquellos personajes legendarios que convertían la vida cotidiana, sórdida y vulgar hasta el hartazgo, en unos días de ansiedad gozosa. Fueron ustedes los personajes de ficción más maravillosos de nuestra existencia, sin ninguna duda. Y lo fueron hasta tal punto que, si bien ejercían una función muy similar a la de los Reyes monárquicos, es decir, que jamás cumplían lo que prometían sino una parte ínfima de lo que los niños solicitábamos, la felicidad que nos producían los regalos no pedidos compensaba la decepción.

Ahora que están ustedes en ese punto irremisible de disolverse en las listas del paro no puedo menos que escribirles una carta sin nostalgia ni melancolía, sólo por respeto a su función social. Ustedes, en su condición de Reyes Magos, aportaron más a los niños españoles que las variadas monarquías tituladas que hemos sufrido durante siglos. Pero todo se acaba, y ahora que les quedan muy pocos años de supervivencia, agobiados por la posmodernidad de los árboles de Navidad y demás zarandajas de la ávida mercadotecnia, no quisiera dejar de hacerles el homenaje que se merecen.

Jodido lo tienen para superar el presente. Cuando más del 30 % de los niños españoles menores de once años cuenta con móviles, ¿qué carajo pintan ustedes?, ¿quién les va a escribir una carta? Dudo mucho que un chaval de esa edad sepa hoy escribir una carta que no sea un watsap en lenguaje de criptograma, idóneo tanto para borregos como para superferolíticos expertos en nuevas tecnologías. Procedimiento muy alabado por los simples, que lo han convertido en adición.

Son mutaciones irreversibles y por tanto carece de sentido ponerse a redactar la carta a Sus Majestades los Reyes Magos que solíamos escribir esforzándonos en que fuera con una letra redondilla, o lo menos parecido a la horrenda caligrafía con la que solíamos entendernos. Se acabaron las cartas, Majestades, ahora el género epistolar tiene el mismo valor que las armaduras medievales o los versos aconsonantados; provocan conmiseración cuando no hilaridad. En apenas 40 años nuestra sociedad ha dado un triple salto mortal y aún no sabe dónde ha caído. Está cayendo. Lleva cayendo desde hace una década y por más que se esfuerza en asentar los pies, continua en el aire.

Vistos en perspectiva, Majestades, nuestras cartas de antaño partían de algo tan claro como la vida misma: la diferencia entre deseos y realidades. Nosotros pedíamos y los intermediarios paternos lo convertían en posible. Seamos orgullosos de nuestra infancia, nosotros solicitábamos lo imposible y la mañana del 6 de enero nos encontrábamos con lo factible. Hoy habría centenares de expertos psicólogos e incluso filósofos –género que últimamente se ha vuelto tan utilitario como las tiendas de recambios para automóviles– que hubieran construido una teoría sobre la formación de los niños y lo benéfico de ir acostumbrándonos a asumir la frustración: una cosa es pedir y otra dar trigo. Refrán castellano de Tierra de Campos de gran utilidad en los tiempos de la informática.

Permítanme, sus Majestades, incidir en un rasgo trascendental de esa diferencia entre el pedir y el conceder. Está en el valor que tenía el carbón. Nadie incluía el castigo del carbón en sus solicitudes, pero era esa una gracia otorgada a los Reyes Magos y que nos mantenía en vilo. La bondad o la maldad de nuestro comportamiento se medían en carbón; la aparición del carbón, por más que fuera dulce y acaramelado, se traducía en el reconocimiento de nuestras perversidades ingenuas de infantes sin destetar de la vida. (Hay dos destetes, o al menos antes los había; el que intuyes cuando te retiran el pezón materno y el que sufres cuando se caen a pedazos las pretensiones de tu ambición). Ustedes, Majestades, en su papel de padres emboscados, no estaban para zarandajas. Si no había numerario para cumplir lo demandado siempre se recurría al carbón. En vez de reconocer sus penurias lo achacaban a nuestras malandanzas…”

Texto completo en http://www.caffereggio.net/2015/01/03/los-reyes-magos-sin-acritud-de-gregorio-moran-en-la-vanguardia/