A propósito de Santos Julia. Javier Aristu. en campo abierto

Por  Javier ARISTU

La muerte del historiador Santos Juliá me ha provocado sensaciones y reflexiones distanciadas entre sí pero a la vez unidas en una común experiencia vital; experiencia de un pasado reciente y experiencia de un presente vivido.

De Santos Juliá venía oyendo hablar desde hace décadas, desde cuando había sido director de un colegio en el que mi hijo fue alumno hasta cuando llegaba cada navidad a Sevilla para ver a su familia y a sus amigos, amigos comunes. Siempre pensé que hubiera sido un lujo haber grabado aquellos encuentros navideños del historiador con sus íntimos Manolo, Félix, Ignacio o Carmen. Hace años se fueron Félix e Ignacio. Hoy ha sido Santos. Los retazos de aquellas conversaciones me venían a través de esas amistades, ligadas todas ellas por una comunión de experiencias sevillanas de los años 60 del pasado siglo. Una década sevillana con bastante de prodigio. La década del 70 ya fue el momento en que Santos se marchó a Estados Unidos y, luego, abandonando Sevilla, recaló en Madrid, ciudad a la que dedicó todo un libro de investigación de su historia y en la que asentó su magisterio historiográfico.

Al personaje, directa y personalmente, lo conocí en Bruselas en abril de 2007, cuando le invitamos para que diera la conferencia inaugural sobre La Escuela de la II República Española. La exposición, dirigida por Juan Jorganes, la había organizado CC.OO. de Enseñanza en el exterior y , gracias a la gestión del amigo Javier Velasco, se celebró en la Casa de Asturias, en el edificio que había acogido anteriormente al periódico socialista Le Peuple en la rue de Sant Laurent. En dicha conferencia Juliá nos expuso la idea de que el conflicto más importante que se había dado a lo largo de la República no había sido entre nacionalismo español y comunismo –como muy engañosamente adoptaron posteriormente Franco y sus seguidores–; ni siquiera entre derecha e izquierda, como categorías políticas. Para el historiador recién desaparecido el conflicto más profundo que se desarrolló en esos años, y que venían de atrás y de lejos, había sido el contraste entre una sociedad tradicional y católica, a cuya cabeza estaba una Iglesia intolerante y dogmática,  y otra sociedad que proponía un proyecto de laicismo y secularidad para sus ciudadanos representada perfectamente en la cabeza de Santos Juliá por la Institución Libre de Enseñanza (el institucionismo) y por la figura de Manuel Azaña. Ese había sido el verdadero problema de aquellos años treinta, problema que sabemos cómo se resolvió. Ante aquel resurgimiento de una nueva España laica, terrenal y basada en un liberalismo democrático, la Iglesia y sus intelectuales afines blandió el estandarte de la Reconquista de España y, ya en plena guerra civil, la bandera de la Cruzada contra el infiel y el ateo. Esta reflexión sobre el papel de los intelectuales católicos ya lo había analizado Juliá de manera muy aguda en el capítulo 7 (“Tarea del intelectual católico: reconquistar para Cristo la sociedad y el Estado”) de su magna Historias de las dos Españas (2004).

Aquella reflexión expuesta ante un auditorio de funcionarios y técnicos españoles en Bruselas me llamó la atención y me hizo pensar, de manera más compleja y luminosa, sobre las grandes cuestiones que han afectado y todavía afectan a una sociedad tan particular como la española. Posteriormente y tras el acto fuimos unos cuantos amigos y asistentes a celebrarlo a la famosa taberna bruselense La Morte Subite. Allí, en medio de un ruidoso ambiente de gentes de toda Europa bebiendo cerveza, presencié un duelo dialéctico de primer nivel entre Santos Juliá y Ángel Viñas –que sería el otro conferenciante en aquel ciclo. Recuerdo con amabilidad y satisfacción el debate, entre aromas de Duvel y Westmalle, de Viñas con/contra Juliá a propósito de lo que Viñas llamaba “tu Azaña”, refiriéndose a Juliá. Era evidente que ambos historiadores no compartían los mismos presupuestos ni los mismos referentes, pero oyéndolos discutir uno aprendió más que todo un curso de Master. Azaña, para Juliá fue una cumbre del pensamiento político español del primer tercio del siglo XX; para Viñas, fue un símbolo de un desconcierto épico de nuestro liberalismo. Luego, años después, el debate de ellos y de otros más sobre aquellos años ha seguido abierto para fortuna de nuestra historiografía.

Santos Juliá sabía de qué hablaba cuando hablaba de religión católica y de Iglesia; la conoció muy bien por dentro y la estudió de forma notable desde fuera, a través de sus documentos y escritos. La relación entre catolicismo, o pensamiento y acción cristiana, y política ha sido permanente en la historia de España. El siglo XX es decisivo para marcar la ruptura de esa alianza: primero, con personas como José Bergamín –a quien Santos Juliá conoció y trató–, que en la República se sitúa al lado de esta y de sus ideas democráticas y de izquierda. Después, ya en pleno franquismo, con los intelectuales que viniendo del campo del activismo social católico se asociaron con las fuerzas que constituían la oposición al régimen dictatorial, especialmente el FLP, la ASU, el PCE, y el socialismo catalán. Nombremos algunos de los que cita el historiador: José María Valverde, Miguel Sánchez-Mazas, Emilio Lledó, Carlos París, José Antonio González Casanova, Alfonso Carlos Comín. Esa generación, juvenil en los 50 y madura ya en los 60, realiza el camino que va de un cristianismo social militante a un activismo político e intelectual que sin ninguna duda se sitúa claramente en el antifranquismo. Dejaron la Iglesia para comprometerse con su sociedad. Aquello entonces era lo normal, fue la costumbre del que simplemente veía lo que estaba pasando. Como le ocurrió, creo, a Santos Juliá cuando desde la parroquia de las “casitas bajas” del Polígono Sur dio cobijo a las primeras comisiones obreras que comenzaban a formarse en Sevilla. El cura intelectual convertido en activista antifranquista. Recomiendo que se lea con el mismo gusto con el que yo lo leí el artículo de Mercedes de Pablos en Eldiario.es sobre la figura de Santos Juliá.

¡Cuantos años han pasado desde aquellas experiencias y cómo ha cambiado el panorama! Disponemos de una democracia que funciona, más o menos, adecuadamente en lo que respecta a los derechos civiles…pero una democracia donde algunos han perdido las posiciones y los puntos de agarre que les hicieron ser coherentes en el pasado. La Iglesia, partes de esa Iglesia, invade en algunos momentos la esfera de lo público y de lo laico hasta extremos increíbles. Un abad de Cuelgamueros reta a todo un estado, creyendo firmemente que esa batalla la podría ganar. Y todo un alcalde democrático –ahórrenme citar la ciudad– sigue asistiendo, con fajín y vara de mando, a una procesión religiosa tras el cristo y la virgen.

Y en ese maremágnum y desconcierto lo que nos ha quedado de la izquierda radical –sencillamente no encuentro otro término más adecuado– se dedica a defender a una Vírgen muy popular como es la Macarena sevillana por la ofensa de un genocida enterrado a sus pies. He leído incluso a algún tuitero muy anticapitalista hablar de “¡Nuestra Macarena!”. No voy a insistir sobre las contradicciones latentes bajo esta propuesta del izquierdismo andaluz de sacar el cadáver del genocida de una basílica que él mismo ayudó a levantar. No lo olvidemos, erigida sobre las ruinas de un símbolo de la historia de la represión sevillana durante la República, porque esa basílica a la que hoy venera el izquierdismo más izquierdista está edificada en el solar que ocupara hasta 1931 casa Cornelio, centro de reunión del entonces izquierdismo anarquista y comunistas de esos barrios sevillanos, y bombardeado por los cañones del ejército. Los detalles y circunstancias de esa historia sevillana ya las expusimos Carlos Arenas y yo mismo hace dos años en estas mismas páginas. Allí expusimos las contradicciones y ambivalencias de una posición política que condenando al que está en la tumba pero salvando a la Iglesia que lo ha acogido manifiesta un profundo infantilismo e inmadurez política. La pregunta del millón que se tiene que hacer la izquierda radical sevillana es: ¿Por qué durante estos cuarenta años de democracia nadie entre los 14.000 hermanos de la Macarena ha pedido a su Junta que se exhume el cadáver del genocida? Ahí reside la madre de todas las contradicciones de una sociedad que condenando a Queipo salva a la Iglesia que lo acoge y a la red de populismo religioso que lo inunda todo.

Vuelvo a Santos Juliá y a los cristianos de los años 50 y 60 que cambiaron su forma de ver el mundo. Entonces, aquellos que fueron educados durante los negros años en los colegios de la Iglesia católica, que llegaron en ciertos casos a formar parte de su orden sacerdotal, que asimilaron fundamentos de fe cristiana como guía de conducta social, con el paso de los pocos años y de las tempranas experiencias sociales, terminaron en el campo de una izquierda laica que, por laica, respetó siempre al católico y sus manifestaciones e incluso, en algunos de ellos, fue capaz de ensamblar comunismo con cristianismo.

En estos tiempos, por el contrario, se da la paradoja de que los jóvenes políticos de izquierda, educados en los colegios públicos y seglares, hechos universitarios en las facultades de la democracia, sin hacer profesión de fe católica, han pasado a convertirse en talismanes de la defensa de un símbolo religioso que, siendo popular como tantas cosas lo son en esta vida, de ninguna manera puede representar el paradigma de una izquierda democrática del siglo XXI. Pero esto es lo que hay.

A propósito de Santos Juliá