“Acuerdo o elecciones”. Javier Aristu. en campo abierto

Por  Javier ARISTU

Maquiavelo escribió a propósito del gobernante ideal: «Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal». Parece algo fuerte esta sentencia del florentino pero viene como anillo al dedo a la actual situación española y, muy especialmente, a la posición o actitud marcada por Pablo Iglesias y su grupo. Concretemos.

Iglesias cometió un error del que todavía seguirá arrepintiéndose cuando rechazó la propuesta de Pedro Sánchez y del PSOE de aquel miércoles del pasado mes de julio que suponía entrar en el gobierno con una vicepresidencia y tres ministerios. Con aquella fórmula entraba por primera vez en el gobierno de España, coaligado con el partido refundado por Felipe González, una formación de izquierda radical. Suponía un hito, un referente histórico que le podía haber supuesto al PSOE bastantes quebraderos de cabeza ante sus homólogos europeos y que significaba para el partido de Pablo Iglesias convertirse en un referente único en esa Europa tan derivada a la derecha. Aquello fue un error político que se ha tratado de compensar con discursos moralizadores y de dignidades humilladas o, peor aún, se ha intentado neutralizar con actitudes agresivas e incluso insultantes que no han facilitado precisamente una salida al embrollo.

También podemos hablar de la impericia y sinuosidad, por no hablar de línea errática, con la que ha actuado el partido de Pedro Sánchez: a veces no sabíamos si querían a Podemos dentro del gobierno para amortiguar su activismo o la estrategia pasaba por pactar de todo menos de la presencia de ministros podemitas. No ha sido precisamente una estrategia coherente la de los socialistas.

Pero, finalmente, tras un mes de agosto lánguido pero activo políticamente, el partido del gobierno ha situado las cartas claramente y obliga a Podemos a un descarte definitivo –propiciar elecciones anticipadas al no votar la investidura, si esta se presentara– o a jugar con peores cartas que en julio, perdiendo obviamente esta mano y no sabemos si la partida: votar a Pedro Sánchez a cambio de un «programa acordado o asumido».

Mi impresión es que Pablo Iglesias ha jugado demasiado al corto plazo, a estar o no estar en el gobierno para decidir toda una estrategia política, ni siquiera parlamentaria. Ha olvidado un contexto internacional extremadamente volátil que en solo dos meses ha variado de forma extraordinaria. No hace falta citar el caso italiano, con el decisivo cambio de alianzas en el gobierno, o la derrota parlamentaria de Boris Johnson en Reino Unido y la posibilidad de elecciones anticipadas, más el nuevo marco europeo que se abre tras las elecciones pasadas y la prevista sustitución de Merkel en el gobierno federal. Son muchos datos, muchos cambios, muchas variables que están al lado de nosotros, en nuestro inmediato marco de influencia, y que Pablo Iglesias ha obviado o no tenido en cuenta. Un gobierno español con estabilidad parlamentaria, a partir de un acuerdo PSOE-Podemos y el apoyo del PNV, Compromís y el partido cántabro hubiera sido como agua bendita en el tormentoso océano europeo de estos tiempos. Y ese gobierno podía haber funcionado dos o tres años, los necesarios para reorientar aspectos esenciales de las políticas sociales, territoriales y estructurales. No ha podido ser.

Queda, por tanto, en este día 4 de septiembre solo dos alternativas: o se confirma que vamos a elecciones en noviembre porque de ninguna manera Unidas Podemos va a votar al candidato socialista, o se da un giro de noventa grados en la estrategia de Podemos y se permite que haya un gobierno monocolor del PSOE, con un programa en el que ha podido pactar algunas medidas importantes, y al cual se le va a dar apoyo y sostén parlamentario durante esos tres años, sin que ello se convierta en una dependencia parlamentaria que no permita la autonomía política de Podemos.

Creo que esta fórmula es la que demanda en estos momentos la mayoría de la sociedad española: no se puede volver atrás, no se puede mirar ya la senda que nunca has de volver a pisar. Las circunstancias han cambiado, la realidad de estos días impide situar el terreno de juego como en julio de 2019. Por ello, Podemos haría un gran servicio a la sociedad española, a la estabilidad del país como conjunto, y de paso haría un gran servicio a su propia continuidad como fuerza política, si declara que va a votar la investidura de Pedro Sánchez y que está dispuesto a concertar un programa de intervención para el inmediato futuro y abierto a discutir un programa de legislatura para los próximos cuatro años. Cuatro años en estos tiempos es una eternidad y ese plazo permitiría a Unidas Podemos resituarse en el terreno y abrirse a una acción parlamentaria positiva y constructiva. Como decía el genio político citado al principio: no es hora de titubeos y, a veces, hay que situarse en el terreno del mal para que se produzca un bien.

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