“Andalucía electoral (y 2)”. Javier Aristu. en campo abierto

Decía en mi anterior entrada que no veía a PSOE y a Andalucía Adelante con posibilidades de llegar a un encuentro, a un acuerdo. Creo, sin embargo, que sería importante y necesario que pudiera darse un gobierno de pacto estable entre PSOE y AA (o como se llame finalmente). Lo que al menos, teóricamente, podría configurarse en Madrid para toda España ¿por qué no es posible en Andalucía? Dos razones lo avalan: la primera, que la desproporción electoral entre ambas es, de momento, mínima en Madrid-España pero muy fuerte en Andalucía; y la segunda, que Podemos ha realizado a nivel estatal una tímida revisión de su estrategia de 2015 (¿revisionistas?) aunque sea a efectos tácticos. El momento de la moción de censura y la actitud parlamentaria ante el gobierno de Sánchez lo demuestran aunque la última posición de Podemos adoptada el pasado viernes 27 ante la propuesta de techo presupuestario no avala ese cambio de estrategia. Pablo Iglesias y Podemos se han movido tímidamente hacia una posible gobernabilidad mientras que en Andalucía Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo han tomado con Adelante Andalucía una deriva estratégica y política que no hace viable acuerdos de gobierno ni siquiera parlamentarios en las grandes cuestiones. Al contrario, han tomado la senda de IU de 1994, aquella que decía que era una alternativa al PSOE de Andalucía: entonces sacó 20 diputados, en su mejor momento, por 45 del PSOE. Hoy la proporción es de 20 a 47. Las próximas elecciones dirán.


Más que obsesionarse con la pertinaz mayoría del PSOE andaluz sería mejor cultivar la obsesión con los procesos reales que llevan a que los ciudadanos lo estén votando de forma mayoritaria durante más de treinta años. Es evidente que desde 1982 este partido ha tejido una red de conexiones e interdependencias sociales, ciudadanas y culturales que sustentan su supervivencia, y no solo supervivencia sino precisamente su predominio en el sistema político andaluz. Unos lo llaman clientelismo. Cualquier otro partido que le hubiera caído la lotería de mayo de 1982 (1,5 millón de votos, el 52,7 por ciento de votos) habría hecho lo mismo…de otra manera. El PSOE andaluz ha construido una red de apoyo y soporte social, político y electoral como CiU y Jordi Pujol la tejieron en Cataluña desde 1981 -bien es verdad que con un componente reivindicativo lingüístico y cultural que no tuvimos lógicamente en Andalucía- o el PNV en Euskadi aprovechando la vieja leyenda vasca que se arrastraba desde principios del siglo XX. No hay partido dominante sin una red de correspondencia social, económica y cultural. Varían sus componentes y perfiles pero la estructura profunda de la red es la misma: gobierno autónomo, municipios de mayoría del partido gobernante, diputaciones extractivas-donantes de soporte financiero, comunidades locales aglutinadas en torno a elementos simbólicos (religión, cofradías, procesiones, fiestas locales, casetas de feria, premios culturales, subvenciones a artistas, y tantos mecanismos más…). Tras la estructura partidaria dominante en una democracia hay siempre un entramado de figuras activas de intervención que producen el consenso social con esas siglas de partido: Gramsci los llamó “intelectuales”, esas figuras de unión entre las masas, la organización de la economía y el Estado. Esos “intelectuales” existen en Andalucía y le vienen dando consistencia social y electoral al PSOE andaluz desde 1982.

El problema de Podemos e IU en Andalucía es la lectura errónea de la realidad, lo peor que le puede ocurrir a un partido político. Siguen pensando en el PSOE como el “régimen del mal” y no como una parte de un dispositivo social más complejo. No entender los procesos que recorren la sociedad andaluza, procesos sumergidos y procesos a la luz del día, supone equivocarse en las propuestas políticas. La sociedad andaluza, la urbana y la rural, es una formación humana y social que se está transformando en su interior, con elementos de modernidad cada vez más acusados (modernidad positiva y también postmodernidad negativa) que la hacen similar, no exactamente igual, a cualquier otra europea o española. Una sociedad donde la cultura tradicional -la del capitalismo agroindustrial de hace cincuenta o cien años- sigue manteniendo esferas de presencia pero no es ya dominante a la hora de configurar eso que se llama “cultura andaluza”, concepto harto difícil de señalar y marcar a estas alturas de la globalización y la universalización culturales.

Antonio Gramsci, en 1927, definió la sociedad meridional (del sur agrario) italiana como «una gran disgregación social. Decía que «los campesinos, que constituyen la gran mayoría de su población, no mantienen ninguna cohesión entre ellos». Y más adelante, escribía: «La sociedad meridional es un gran bloque agrario constituido por tres estratos sociales: la gran masa campesina amorfa y disgregada, los intelectuales de la pequeña y mediana burguesía rural, los grandes propietarios de la tierra y los grandes intelectuales». Creo que Andalucía padeció a su manera ese fenómeno disgregatorio social, sobre todo en el siglo XIX, en el momento de los grandes,espontáneos y anárquicos levantamientos campesinos. Nunca ningún partido de izquierda, ni por supuesto el anarquismo, fue capaz hasta la llegada de la democracia de 1977 de dotar al campesinado y al jornalerismo andaluz de un programa consistente, coherente y, lo que es igualmente importante, ligado a la cuestión territorial, la española y la andaluza, capaz de convertir la cuestión andaluza en cuestión decisiva. Y cuando llegó ese año mítico, el capitalismo había hecho ya un gran trabajo de reconversión de la sociedad agraria en sociedad urbana y de servicios.

Tras las grandes transformaciones urbanas y agrarias de la década de los años sesenta del pasado siglo, que afectaron especialmente al régimen de explotación de la tierra, a la capitalización de la misma y al intenso desarrollo industrial y de servicios de las ciudades, en este inicio de siglo XXI Andalucía también está sometida a profundos impactos tecnológicos, de modelos productivos, de desarrollo del factor trabajo y ciencia (capital humano y social), del papel y función social de la mujer, y otros más. Sin embargo, no está avanzando hacia una sociedad equilibrada ni armónica; está sufriendo similares procesos de ruptura y desigualdad interna que otras sociedades europeas (desempleo, precariedad, marginación juvenil, deterioro de la vida comunitaria en las grandes urbes, consumismo sin sentido, etc.). Por ello hace falta que la política andaluza se dote de una perspectiva que mire más a lo común que a lo individual, a lo social que a  lo privatizado.

Creo que si los partidos de la izquierda andaluza -y digo todos- se fijaran más en esos asuntos y menos en sus propias querellas competitivas y en sus propias banderas, podrían encontrar un terreno de diálogo y acuerdo entre ellos que permitiría atisbar un gobierno andaluz enfocado hacia las mayorías sociales, esas que son las que están sufriendo de veras este tiempo cargado de incertidumbres. Terreno de diálogo que no impide el contraste de ideas y de proyectos, el sano debate entre fuerzas políticas que siendo diferentes no tienen por qué ser contradictorias y alternativas. Pero me temo que esta nueva estación electoral que se avecina no va  a propiciar el diálogo fecundo y positivo sino precisamente la retórica controversia.

Andalucía electoral (y 2)