“Andalucía y la educación”. Javier Aristu. en campo abierto

Las declaraciones de la diputada García Tejerina minusvalorando el nivel de la educación en Andalucía han levantado una polvareda y han marcado, en buena medida, la próxima campaña electoral y, me prefiguro, la derrota del PP. Desafortunadas y desdichadas, sus palabras pronunciadas en un programa televisivo vienen a añadirse a la histórica retahíla de despropósitos que políticos de la derecha, la española y también la nacionalista periférica, suelen hacer cuando les toca hablar de Andalucía. “En Andalucía lo que sabe un niño de diez años es lo que sabe uno de ocho en Castilla y León” fueron las palabras de la diputada, y se quedó tan ancha.

Lo cual ha provocado una salida en tromba de representantes del Gobierno andaluz y del PSOE, replicando con la expresión “supremacista” a la diputada castellana, y también de una serie de exponentes de la comunicación y la representación civil andaluza que generalmente se mueven en torno al círculo del gobierno andaluz. Se ha levantado algo parecido a un tsunami de defensa de la esencia andaluza, considerando que en nuestra tierra las cosas van muy bien y, cuando van no tan bien, no se sabe quiénes son los responsables. Incluso los principales dirigentes del PP andaluz han tenido que rechazar las declaraciones de García Tejerina. El máximo líder andaluz Juan Manuel Moreno escribió en un twiter lo que sin duda no deja de ser una tontería: «Los niños y profesores andaluces son de diez, solo les falta un gobierno a su altura». Como se puede ver, el populismo no es patrimonio de unos pocos partidos sino que atraviesa también a los clásicos.

Creo, sin embargo, que ni Tejerina ni los corifeos del modelo andaluz aciertan en la forma en que han situado el debate y pienso que la cuestión educativa andaluza debe ser analizada y expuesta con otros muchos y mejores argumentos. La derecha española por lo general expresa con bastante claridad esa visión clasista de la educación (la mayoría de sus políticos se ha educado en colegios privados y muy selectos) y tiene un concepto si no supremacista sí desde luego muy despreciativo de lo que es el nivel cultural de Andalucía. Los políticos de la derecha siguen manifestando esa concepción bipolar sobre Andalucía: la consideran tierra espléndida para divertirse pero la ven como sociedad negada para lo que ellos entienden por cultura.

Ahora bien, y quiero ser claro: la educación andaluza, el sistema administrativo y técnico levantado para dar enseñanza a los 1.423.265 alumnos–que supone el 19,8 del total español– no pasa por un buen momento. Nos encontramos con un dispositivo que posiblemente necesita reformas importantes para alcanzar mejoras evidentes en el nivel educativo de los chicos y chicas andaluzas. El que esto escribe ha recorrido la mayor parte de su vida profesional como docente en aulas andaluzas. Educado en universidades andaluzas (Granada y Sevilla), nunca me consideré inferior en conocimientos que otro alumno de la universidad de Valladolid o Salamanca. Desde 1974, cuando empecé mi travesía como profesor, tuve contactos y relaciones con docentes de otras tierras y sistemas autonómicos y  nunca me vi con condiciones técnicas y pedagógicas menores que las de ellos. No creía estar en el mejor sistema educativo del universo, pero tampoco me veía muy lejano de la media. A lo largo de esa carrera profesional experimenté dos grandes reformas socio-educativas (ha habido más, ciertamente): la de la Ley General de Educación de Villar Palasí de 1971 (ley de la dictadura que implantó la Enseñanza General Básica obligatoria y universal hasta los 14 años y el BUP) y la LOGSE en 1986, del gobierno PSOE de Felipe González con Maravall al frente del ministerio de Educación (que desarrolló la Enseñanza Secundaria obligatoria hasta los 16 años y recortó el bachillerato a dos años). Ambas reformas legales y curriculares, una en dictadura y otra en democracia, reforzaron y consolidaron un auténtico modelo homogéneo de socialización educativa en todo el territorio español. Lo que vino después de 1986 ha sido una carrera desenfrenada por producir “reformas”, una tras otra, en los currículos, las optativas, con materias nuevas y otras que desaparecían, desarrollando una selva de burocracia y tecnocracia que puede ahogar el espíritu innovador, y luchando entre equipos técnico-políticos del ministerio (fuera este del PSOE o del PP) y los de cada una de las 17 comunidades autónomas; cada equipo autonómico contendiendo por “dar diversidad” a su propio currículo autonómico (fuera este de nación, de nacionalidad o de región según la terminología al uso).

En ese contexto de contencioso inter-comunidades es como hay que entender las declaraciones de García Tejerina y las respuestas de sectores del andalucismo político del Gobierno regional andaluz. Una parte, la política castellana, usa un aspecto parcial y unas cifras que son eso, solo cifras puntuales, de los estudios internacionales evaluadores que existen sobre los sistemas educativos, para elaborar o reincidir en esa teoría del «subdesarrollo de Andalucía». Los niños andaluces, dice, llevan un retraso de dos años respecto de los de Castilla León. Y la otra parte, los políticos, comunicadores y corifeos del sistema técnico-político del poder andaluz, levantan de nuevo la bandera de la afrenta y del agravio: «Nos insultan, nos desprecian». Tendrán razón en ese sentimiento de agravio pero a su vez desvían el problema sustancial que es algo evidente y difícil de ocultar: en Andalucía, y desde hace tiempo, no mejoramos en las estadísticas de resultados de esos organismos evaluadores, por ejemplo la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA), y sus estudios. España, Castilla León y Andalucía, entre otras comunidades educativas, se vienen prestando desde hace tiempo para ser evaluadas con esos parámetros. Las pruebas PIRLS y TIMSS (las últimas de 2015 y 2016 se pueden consultar aquí y allí) las viene publicando el propio Ministerio español y ofrece resultados cada cinco años. Los datos de ambas, referidas a la enseñanza primaria, siguen mostrando los déficits y deudas de la enseñanza en Andalucía, respecto de otras comunidades y otras sociedades similares. Por lo general, en esos estudios Andalucía suele aparecer en las últimas posiciones del ranquin. Son datos que no pueden ser obviados ni marginados.

¿Quiere ello decir que somos una comunidad subdesarrollada desde el punto de vista educativo? No lo creo. Sí que somos una comunidad que tiene aún por delante esfuerzos importantes y sostenidos para avanzar y alcanzar posiciones menos subordinadas que las que tenemos ahora. Esos esfuerzos creo que deben concentrarse en el incremento presupuestario, en el aumento de personal, en la autonomía de los centros y, creo que es muy importante, en la  formación de ese personal docente, el que accede a la educación y el que lleva ya tiempo en ella.  La educación en nuestra región merece atención y preocupación prioritaria porque hoy día es nuestra principal dificultad de cara a diseñar una Andalucía para el futuro. El problema y la cuestión es detectar dónde está la raíz de ese desfase histórico y quiénes son los causantes del mismo.

La raíz del problema es a lo mejor muchas raíces. Andalucía es una sociedad que viene de una historia secular de abandono y desidia por parte de los poderes centrales. Hasta 1976, esta tierra estuvo sometida al desprecio, el abandono y la indiferencia por parte precisamente de sus “fuerzas vivas”, de ese bloque de poder andaluz que tenía la tierra en Andalucía y el banco en Madrid. A partir de 1977, en democracia, las cosas empezaron a cambiar…pero seguramente no tanto como debiera. Desde 1982 un gobierno del PSOE ha dirigido el proyecto andaluz en exclusiva. Son cerca de cuarenta años, casi medio siglo, de ejercicio sostenido del poder desde el gobierno autonómico. Con un saldo, matizo, mejorable, creo que muy mejorable. Si tras cuarenta años de gobierno del PSOE seguimos estando en la cola del ranquin educativo español –en enseñanza primaria, destaco– es que algo no va bien y debe ser rectificado. Lo mismo se podría decir respecto del empleo, de la productividad o de la capacidad competitiva y de generación empresarial andaluzas. Las raíces, por tanto, tienen su historia larga (siglos XIX y XX) y tienen su historia corta (el gobierno continuo de los socialistas durante 37 años). Son raíces que tienen que ver con las características de nuestra plural y cambiante sociedad andaluza, entre la asombrosa modernidad de segmentos urbanos de primer orden y el tradicionalismo más casposo de otras capas también urbanas, entre el laicismo de las costumbres de las nuevas generaciones y la religiosidad de otras viejas y nuevas cohortes de ciudadanos, entre el medio rural (urbanizado en buena parte en costumbres y sometido a los influjos del medio digital) y el medio urbano metropolitano. Andalucía es en estos tiempos un complejo paisaje en el que destaca la mejor arquitectura que se ha podido hacer en esta tierra en el siglo XX, firmada por arquitectos andaluces, formados en universidades de Andalucía, y junto a ella periferias urbanas miserables donde todavía existen improvisadas colonias de barracas en las que habitan personas en condiciones infrahumanas. Es una sociedad que en estos años no puede ser sometida a ningún filtro unificador u homogeneizador: ni «nuestros niños saben dos años menos que los castellanos» (¡da risa esa expresión!) ni por el hecho de «tener cinco premios nacionales de bachillerato entre quince» (véase la noticia que salió estos días) podemos presumir de tener el mejor bachillerato del mundo. Es lo que se dice, en ambos casos, coger el rábano por las hojas.

¿Existen otras causas de este retraso educativo? Claro que las hay y a veces más importantes que la acción de los propios gobiernos regionales por mucho incienso que estos se den o muchas denuncias que reciban. Para no alargarme citaría solo algunas.

La propia clase dirigente andaluza es una de ellas. Ese conglomerado de empresarios y ejecutivos que suelen estar presente en los foros mediático-económicos y que se queja en estos días de la subida del salario mínimo a 900€ pero nunca vio con malos ojos la subvención de IDEA o de la Consejería correspondiente a sus reconversiones y mutaciones industriales. Estoy seguro de que en Andalucía contamos con equipos empresariales consistentes y eficaces…pero la cultura empresarial dominante que hoy flota alrededor de nuestros capitanes de empresa autóctonos no suele ser la del riesgo y el esfuerzo. Los modelos empresariales hegemónicos –que no es lo mismo que decir más modernos o progresistas– que hoy se vienen implantando y desarrollando por toda la geografía andaluza no favorecen el cultivo de una educación innovadora, inclusiva, equitativa. Favorecen, al contrario y debido al favorecimiento del empleo barato y precario, un modelo generador de desequilibrios y de pérdida de calidad en la formación profesional, media o alta. Por eso es difícil que pueda dominar un modelo de calidad educativa cuando el clima socio-laboral en la que se desarrolla es tan profundamente pobre y carente de valor.

Y podríamos hablar de instituciones sociales de gran influencia en Andalucía. La Iglesia católica, por ejemplo, ¿juega ese papel dinamizador e innovador? No lo creo, más bien tiende a ser refugio de privilegios y reserva de tópicos y tradiciones que ciegan el espíritu de búsqueda y descubrimiento, factor decisivo en un modelo educativo innovador. Una Iglesia que, no lo olvidemos, captura cada año buena buena parte de los impuestos de los andaluces a través de los conciertos educativos para destinarlos a un subsistema educativo implantado desde tiempos inmemoriales en las clases medias-altas de las grandes ciudades y que sirve para sostener en incluso profundizar la desigualdad de oportunidades. Hoy es evidente que el modelo de conciertos educativos es uno de los mayores factores de desigualdad social en España y, por supuesto, en Andalucía: un auténtico coladero de los principios de igualación social que debe tener como valor toda ley educativa democrática. Y la Iglesia es colaboradora principal en esa injusticia.

Y podría seguir a través de esa institución social andaluza que algunos llaman «cultura popular» y que suele ser un compendio de ignorancia, repetición de tópicos y dogma del andaluz bueno que suele estar presente en “nuestro Canal Sur TV”. Este canal de difusión del poder andaluz hace más por el retraso educativo que muchos malos maestros, que haberlos haylos. Podría ser un instrumento de cultura y de difusión de conocimientos y viene siendo el espejo de lo más deprimente de nuestra forma de vida.

El fracaso educativo en Andalucía –y por fracaso hablamos de cifras de resultados en los estudios evaluativos– no se puede achacar por tanto solo a un gobierno autonómico, a un sistema administrativo y técnico o a unos maestros andaluces. Cada uno tiene su responsabilidad, desde luego, pero hay más. El 23,5 por ciento de los chicos andaluces entre 18 y 25 años han abandonado el sistema educativo (en España la media es 18,2 por ciento, cifras de 2017). Es decir, casi 1 de cada 4 jóvenes no ha proseguido estudios tras la enseñanza obligatoria: esto significa también un fracaso de todos nosotros, de la sociedad en su conjunto. Ese fracaso está relacionado con los instrumentos técnicos del propio sistema pero también con los modelos culturales imperantes en la sociedad, con las pautas ideológicas y de valores que se transmite a esos jóvenes, con las expectativas laborales y de empleo y con otros muchos elementos que forman parte de una sociedad moderna. Estudiar es algo indispensable para una vida futura plena, siempre nos lo dijeron nuestros padres y también se lo hemos dicho a nuestros hijos. Por eso, hacer de la educación el debate esencial en la política es bueno y es necesario, siempre que no se convierta en un lodazal de comparaciones absurdas. Si hay algún tema que debería concitar en estos momentos de propuestas de futuro en Andalucía el interés y la polémica política este debería ser el educativo. No hay sociedad democrática que pueda aspirar a un futuro pleno e igualitario sin hacer de la educación su herramienta principal.

Andalucía y la educación