Andalucía y sus enemigos. Javier Aristu. en campo abierto

Por  Javier ARISTU

Hoy en La Vanguardia el periodista Carlos Mármol alude al silencio, mejor a la mudez, de Andalucía ante lo que está pasando en España. El fundamento de ese artículo publicado en el periódico catalán es que tanto Susana Díaz y el PSOE como Moreno Bonilla y su gobierno regional están ausentes del debate que en estos momentos se está planteando en la negociación entre el posible tándem gubernamental PSOE-Unidas Podemos y Esquerra Republicana de Catalunya. Mármol termina con una afirmación rotunda: «Doce meses después del cambio (sin cambio) en el Sur, las políticas reformistas de PP, Cs y Vox han pasado a mejor vida y la voz (oficial) de Andalucía ha dejado de oírse –alta y clara– justo en el momento en el que los nacionalistas han obtenido un trato bilateral (y preferente) con el Estado para modificar el marco territorial establecido por la Constitución».

Estoy de acuerdo en la primera parte, la ausencia de proyecto y de posición en este fantasmal gobierno andaluz y el silencio de la estructura política andaluza ante la crónica de España; discrepo en la segunda parte. No son los nacionalistas, así en general, quienes han obtenido un trato de favor; es Esquerra, partido hoy mayoritario en Cataluña y con capacidad de dar salida a un nuevo gobierno en España quien está negociando. Entender esto, romper el universo conceptual que engloba a todos bajo un concepto único –nacionalistas– precisamente puede confundir más que aclarar. Algo se está moviendo en ese bloque cultural-político de Cataluña, los llamados nacionalistas, independentistas o como sea. Y, además, tampoco coincido en que lo que se está negociando entre PSOE y ERC «modificar el marco territorial establecido por la Constitución». Precisamente, esa es mi idea, se trataría de implementar y llevar hacia adelante lo previsto en el artº 2 de la Constitución y en el Título VIII de la CE. Lo que comenzó muy bien, o bastante bien, en 1978, luego se fue corrompiendo y desnaturalizando tras la LOAPA (¿nadie se acuerda ya de lo que era aquel proyecto abortado por el Tribunal Constitucional?) y la deriva territorial y constitucional de los diversos gobiernos del PSOE (González y Zapatero) o del PP (Aznar y Rajoy). Hay que decirlo bien claro: se trata seguramente de recomponer el fundamento del compromiso constitucional, el reconocimiento de las nacionalidades históricas y de otros territorios que se configuran como regiones autónomas a partir de su trayectoria histórica o de su voluntad contemporánea.

Mientras desde el Sur, desde Andalucía y las otras comunidades de esta zona meridional de España, no se asuma que al negociar eso no se trata de asumir privilegios ni preferencias de unos frente  a los demás sino constatar los hechos que la realidad histórica y el marco constitucional reconocen, seguiremos instalados en un bucle reivindicativo de falsas demandas de protagonismo que lo único que hacen es beneficiar precisamente a la parte más nacionalista-centralizadora de la sociedad española. Andalucía, como comunidad autónoma y como sociedad integrada en un proyecto de Estado democrático y social, tiene poco que ganar enfrentándose ostensiblemente a las aspiraciones de Cataluña como componente esencial de una nueva articulación territorial de España. Si es falso el eslogan “España nos roba” que tan frecuente fue en la época de los gobiernos de Jordi Pujol, igual de falso es pensar que “Cataluña nos roba”, que Andalucía será siempre la perdedora porque Cataluña aspire a recomponer su posición en un nuevo marco político. Conste que no estoy hablando del independentismo, siempre factor de destrozo de las solidaridades y las armonías territoriales, sino de un catalanismo político, de izquierda y de derecha, que seguirá ejerciendo papel fundamental en aquella sociedad y, creo y espero, en España.

En conclusión, no se termina de asumir –y no lo digo por el periodista Carlos Mármol– que el enemigo principal de nuestro propio desarrollo como Comunidad autónoma, como sociedad particular dentro de España, no está en Barcelona. Está precisamente en las sedes empresariales, institucionales, mediáticas, corporativas y, también, políticas de Sevilla, de Málaga y de otras capitales andaluzas. Hablamos de un conglomerado institucional de poder andaluz que, a pesar de hablar mucho de andalucismo folklórico, están echando tierra a las posibilidades precisamente de un futuro autonómico y social creativo y generador de nuevos intereses. Nuestro problema no son los catalanes, son, sencillamente, nosotros mismos, los andaluces.