Ante la entrevista de Pedro Sanchez con Quim Torra. Andreu Claret y Jose Antonio Zarzalejos. Mini-crónicas catalanas y El Periodico

Andreu Claret dice:

Mini-Crónicas catalanas /96
LOS PRESOS, LOS POLITICOS Y EL ESPEJO. La vuelta de los presos a Catalunya es una excelente noticia. También es una oportunidad para que los políticos se miren en el espejo. Todos los políticos. Los que han intentado acabar con el reto independentista esgrimiendo la ley, y sólo esgrimiéndola, y los que han soñado en hacer realidad la República catalana quebrándola.

Por mucho que Sánchez y Torra hayan coincidido, por razones opuestas, en que los presos están aquí porque lo prevé la legislación penitenciaria, lo cierto es que la paradoja es de órdago. Para unos, porque están aquí pero no están en casa. Una contradicción insufrible, que se intenta subsanar con gestos y parlamentos. Para otros, porque la llegada triunfal de los presos a Catalunya ha supuesto descubrir (¡a estas alturas!) el nivel de desafección que existe. La desafortunadísima metáfora de la zorra puesta a guardar las gallinas utilizada por Saenz de Santamaria revela más de lo que pretende reprochar. Trata la Generalitat como si ya no fuera Estado. Como una quinta columna con la que nada es posible, salvo derrotarla.

¿Se dan cuenta lo que supone llegar a semejante conclusión? Se entiende el pasmo de unos y otros. De quienes no creen en la ley, porque es española, y de quienes ya no creen en la política porque con los catalanes nada queda por negociar. A todos ellos, el espejo les devuelve hoy una imagen inquietante. No es para menos. ¡Junqueras, Forcadell y otros líderes del Procés durmiendo en celdas cuyas llaves están en manos de Quim Torra! Es algo difícil no sólo de imaginar sino de digerir. Y no únicamente para los políticos. Tanto, que me parece insostenible. Como ciudadano, porque siempre he pensado que la prisión provisional hace tiempo que no se justifica. Como analista, porque creo que no hay quien pueda gestionar durante mucho tiempo tanta tensión emocional. Quiero creer que detrás de la decisión hay algo más que un estricto cumplimiento de la ley. Que no hay sólo ingenuidad a lo Zapatero, sino visión estratégica. Datos que permiten asegurar que la prisión provisional tiene los días contados. Quiero pensar que todo el mundo es consciente de ello. En Catalunya, para actuar con cordura, es decir de acuerdo a la ley, más allá de las emociones comprensibles, y en el resto de España para rechazar las visiones tremendistas que presentan un gesto de buena voluntad como el principio del apocalipsis.

Prefiero imaginar que esta medida es algo más que justicia y compasión. Que es una decisión política capaz de abrir un nuevo escenario. Pronto lo sabremos. El lunes.

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Y Zarzalejos:

El 9-J o el definitivo fracaso del ‘procés’

El apoyo a la moción de censura por los independentistas fue una forma de buscar una alternativa a su fracaso

El encuentro en la Moncloa es el final del proceso que lanzó Mas en el 2012. Habrá otro pero este ha fracasado

Con una mano el diálogo (Sánchez) y con la otra la Constitución (Borrell). El Gobierno ha hecho fortuna con esa frase para afrontar la nueva etapa de la crisis catalana en una estrategia que trata de ocupar espacios. Es muy llamativo el serial gestual que soporta el Ejecutivo socialista. Aguanta todos los tirones del independentismo, todas las excentricidades de Joaquim Torra, se muestra dispuesto a pasar por algunas exigencias semánticas (“diálogo sin cortapisas”), se traga algunos sapos, encaja el recibimiento de los presos preventivos en las cárceles catalanas a las que han sido trasladados y consuma la inmensa chapuza de la provisión temporal de la dirección de RTVE con el apoyo secesionista.

Sánchez, bajo ningún concepto está dispuesto a que se frustre la conversación con el presidente de la Generalitat el próximo lunes. Por dos razones. La primera: porque de la corrección del rumbo de los acontecimientos en Catalunya depende el éxito de su gestión gubernamental. La segunda: porque en el PSOE –y mucho más allá del PSOE– el encuentro del 9 de julio en la Moncloa se considera como el acto funerario del ‘procés’ tal y como lo hemos venido conociendo y definiendo. Por más que el Parlament haya resucitado la declaración soberanista del 2015, lógicamente impugnada de nuevo por el Consejo de Ministros.

Todo este trágala al Gobierno es digerible en la medida en que se considera una ‘performance’ simuladora del fracaso del proceso soberanista que expresó en las sesiones parlamentarias del 6 y 7 de septiembre del año pasado y en el referéndum del 1 de octubre toda su potencia política y social. Insuficiente para obtener la república catalana. No había mayoría social, no había reconocimiento internacional, los independentistas violaron sus propias normas y ofrecieron un ejemplo de despotismo antidemocrático.

Fue un fracaso moral además de político y ahora se viven sus consecuencias. ¿Cuáles? La fundamental consiste en el propio desconcierto y la fractura del separatismo que ya no sabe cómo continuar por el camino insurreccional y que, para salir del ‘impasse’, se involucró en la operación parlamentaria de echar a Rajoy para poner a Sánchez. Y de paso, dejó al PP hecho unos zorros como se acaba de ver en el ‘casting’ del pasado jueves.

La sustitución en la Moncloa no garantizaba otra alternativa que la que estamos viviendo: un cambio desde el Gobierno central para mullir el impacto del fracaso procesista siempre más llevadero con un socialista como Sánchez que con un burócrata como Rajoy. De ahí que cuando los 17 votos independentistas en el Congreso convirtieron al secretario general del PSOE en presidente del Gobierno, el ‘procés’ interpretaba el canto del cisne. Y lo hacía porque regresaba a los mecanismos institucionales de participación en las decisiones políticas.

El voto en la moción de  censura –y luego en la provisión interina de la dirección de RTVE— son dos comportamientos autonomistas y lo es todavía más que Joaquim Torra acepte convertirse en el ‘carcelero’ administrativo de los dirigentes del ‘procés’. No hablemos de vencedores ni de vencidos. Pero el 9-J en Madrid no es un Tedeum, sino un funeral para el ‘procés’. Puede que haya otros –incluso: es seguro que los habrá– pero el que Artur Mas lanzó en las elecciones del 2012 se ha acabado.

En la Moncloa, pues, se hablará de todo –“sin cortapisas”– pero se acordará aquello que el Gobierno pueda soportar políticamente y nada que altere ni la Constitución ni las leyes. O sea, se podrá hablar del derecho de autodeterminación –para que Sánchez diga que no procede– y de los presos –para que Sánchez diga que su suerte procesal corresponde a los jueces–, y dependerá de Torra que de la reunión se salga con un balón de oxígeno para todos o con una agudización de la crisis. En el primer caso ya sabemos que se ‘desinflamará’ la situación aunque no habrá curación; en el segundo, el Estado volvería al repliegue y el independentismo al deambular peripatético y estéril. Pero en todo caso –y es la baza de Sánchez- la opinión pública catalana observará que en Madrid sí se dialoga.

Mientras, Josep Borrell, que es tanto ministro de Exteriores como de ‘Asuntos Catalanes’, ocupa otro espacio: el de la comunicación, el del relato. Su firmeza argumental es proverbial y sus decisiones políticas, inequívocas. Haber convertido en referencia de buena práctica diplomática el discurso de respuesta de Pedro Morenés a Joaquim Torra en la capital de EEUU es un gesto elocuente, así como las entrevistas en las que el responsable de la política exterior española planta cara a las “lindezas” de la siempre hábil comunicación del independentismo. Y acota el encuentro del próximo lunes: se tratará del “perímetro del problema”.

Distingamos, en vísperas de este 9-J funerario del ‘procés’, lo que aconsejaba Antonio Machado: las voces de los ecos. Las palabras, los gestos, las actitudes del procesismo chocan con una realidad: la de su fracaso. El independentismo tiene que gestionarlo y el Gobierno reducir el 47% que le apoya a un llevadero 25% de la ciudadanía. Ese es el objetivo de este episodio en el que casi nada es lo que parece. No se trata de diluir el independentismo, ni de convencer a Torra. Se trata de algo difícil pero posible: persuadir a los soberanistas volátiles de que el radicalismo está en el Palau de la Generalitat y no en la Moncloa.

https://www.elperiodico.com/es/politica/20180707/el-fracaso-definitivo-del-proces-jose-antonio-zarzalejos-articulo-6929353