Apuntes para una discusión sobre “El orden de El Capital”. Luis Alegre, Carlos Fernandez Liria, Eduardo Maura y Jacobo Muñoz

 

 

“Empezando por el final, hay un modo muy elemental de responder a la pregunta por el “sujeto del cambio” pero que, por eso mismo, no aporta más que una respuesta superficial y enteramente insatisfactoria. En efecto, no corremos mucho riesgo de equivocarnos señalando a “los de abajo”, los oprimidos, los explotados, los grandes damnificados del actual estado de cosas como los únicos agentes que, en un momento dado, podrían protagonizar algún cambio. Ciertamente, cualquier sujeto de cambio habrá de componerse a partir de ese 99% de víctimas del capitalismo (por utilizar la expresión genial, precisamente por lo que tiene de vacía, de la que han hecho bandera los recientes y novedosos movimientos de protesta e indignación: “somos el 99%”). Hasta aquí, creo que podemos estar todos de acuerdo: toda la tradición republicana y democrática ha puesto de manifiesto el necesario carácter plebeyo de los movimientos reales de emancipación.

Sin embargo, hay que reconocer con esto no hemos dicho nada. Los “plebeyos”, “los de abajo”, “el 99%” no podemos ser así, sin más, un sujeto de cambio, en primer lugar porque no somos un sujeto y, en segundo lugar porque, al no serlo, no podemos articular una propuesta de cambio (es decir, no podemos dotarnos precisamente como sujeto de un proyecto político concreto).

Esto, desde luego, nos deja ante un escenario político inquietante. Estamos en un momento de incertidumbre política completa en el que, incluso la gente más inteligente y con mayor experiencia, se encuentra bastante desorientada; y no tanto porque se haya perdido la brújula (en el sentido de la capacidad de distinguir con precisión lo tolerable de lo intolerable) sino más bien porque se ha perdido el mapa. Ya no es fácil saber en cada conflicto dónde están las distintas posiciones, quién es cada uno y, por lo tanto, “quiénes somos nosotros”. El otro día un amigo, con una extensa e impecable trayectoria política, nos decía (medio en serio y medio en broma, pero en cualquier caso con un poso de amargura): “la verdad es que yo ya no sé si soy de los nuestros”.

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