“Así es la vida normal en Damasco” de Ian Black. The Guardian y Rebelion

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Un ambiente de fatalismo y miedo se ha enseñoreado de Damasco, donde sus habitantes admiten que sus corazones se han endurecido ante la violencia. Por eso, ir de fiesta es una forma de que algunos olviden la realidad diaria.

Además de todo lo demás, la pasada semana Damasco sufrió su peor tormenta de arena en décadas. Envolvió la ciudad de una niebla amarillenta que ocultaba el pálido sol y la cima del monte Qasiun, desde donde la artillería del gobierno golpea las zonas rebeldes al otro lado de la ciudad. Sin embargo, tan pronto como cesa, el Z-Bar, el estridente y famoso club nocturno situado en la terraza del Hotel Omeya, empieza a hacer reservas para una fiesta en la que celebrar la mejoría del tiempo.

Menos excepcionales eran los enormes atascos de tráfico en los puntos de control que vigilan el acceso a las oficinas del gobierno, los grandes hoteles y el principal centro comercial: se había emitido una alerta sobre un coche-bomba o un ataque-suicida y todos los vehículos eran registrados por soldados o desaliñados milicianos en pantalones de camuflaje y camisetas. Y, con total normalidad, los morteros lanzados por aquellos a quienes el gobierno y los medios de comunicación llaman sencillamente “terroristas” continuaban cayendo y matando de forma azarosa a la gente normal y corriente.

A principios de año, la capital siria sufrió una nevada muy dura, que se sumó a la miseria de un conflicto que lleva desgarrando el país desde 2011.

“Tenemos guerra, y hemos tenido nieve y polvo, así pues, todo lo que nos hace falta ahora es un volcán”, bromeaba Nizar, un maestro de escuela. En Gran Bretaña y otros países europeos, hay un repentino interés por la crisis provocado por los refugiados que cada vez huyen en mayores cantidades. Pero en Damasco, hablar de una solución parece algo remoto, escasamente relevante en la lucha diaria por sobrevivir. La vida continúa, ciertamente, pero la muerte nunca está lejos.

“Todo va a peor, a nivel político, económico y desde luego en términos humanitarios”, decía Samir, comerciante perteneciente a una de las antiguas familias sunníes dela ciudad y crítico feroz, aunque discreto, del presidente Bashar al-Asad . “No veo forma de que esto pueda acabar pronto”.

Y Ziyad Hashim, que es doctor en Alepo y cree que el presidente es todavía el único hombre que puede salvar Siria, está completamente de acuerdo. Las informaciones acerca de la nueva ayuda militar aportada por Rusia e Irán, los aliados más firmes de Asad, sugieren que la escalada de los combates puede ser inminente.

El pasado miércoles por la tarde, un mortero mató a tres personas cerca de Bab Tuma, el barrio cristiano de la ciudad vieja. Uno de ellos era Maher al-Jizmati, de 47 años, un hombre rechoncho de aspecto bonachón y padre de cinco hijos. Su muerte fue recogida en los Diarios de los Disparos de Proyectiles de Mortero de Damasco, que tiene su propia página de Facebook y Twitter. En un incidente anterior, una familia de seis miembros, que ya se encontraban desplazados de su hogar –hay más de seis millones de desplazados a nivel interno y más cuatro millones de refugiados sirios en el extranjero-, murieron todos juntos cuando hacían picnic por la noche en el bullicioso centro de la ciudad.

Los damascenos admiten que sus corazones se han endurecido. “Iba caminando por la calle cuando un proyectil aterrizó cerca y un hombre se desplomó –no sé si muerto o herido- frente a mí”, recuerda Hala, una empresaria de mediana edad. “Así que salté por encima de él y seguí adelante. La violencia se ha convertido en algo normal”.

El sonido de las explosiones –seguidas por una columna de humo- es ahora algo completamente rutinario. Igual que el estruendo de los bombardeos desde el monte Qasiun y el rugido lejano de los aviones de la fuerza aérea.

El peligro está muy cerca de casa. La plaza de los Abasidas, al norte de Damasco, limita con Yobar, desde donde los rebeldes de Yabhat al-Nusra, los afiliados sirios de al-Qaida, disparan a menudo sus morteros. “Tres de mis vecinos más próximos murieron en su azotea y otro proyectil cayó en la esquina, junto al café”, dice un vecino. “Es cuestión de suerte”. La semana pasada, calle abajo, un coche bomba mató a un general de brigada de la inteligencia de la fuerza aérea, la más temida de las diversas y superpuestas ramas de la mujabarat, la seguridad. En una novedad escalofriante, el asesinato fue filmado por Ahrar al-Sham, un grupo islamista, y después lo publicaron en YouTube.

Incluso en la irónicamente denominada “zona verde”, áreas elegantes como Abu Rummaneh y Malki no son inmunes, como muestran los reveladores cráteres de los impactos de mortero y el efecto salpicador que dejan en el suelo tanto fuera de las instalaciones militares como en las zonas comerciales. Durante el verano, un proyectil aterrizó en la piscina del Hotel Sheraton, alojamiento de gran parte del personal de la ONU encargado de lidiar con el tema de la desintegración de Siria.

En el distrito sureño de Midan, testigo de las grandes manifestaciones contra el régimen en las primeras semanas del levantamiento, el decadente café Rozana sirve un pollo delicioso –bebida helada de limón a la menta- sólo a 400 yardas del campo de refugiados de Yarmouk, donde el ISIS y otros grupos se refugian tras un cordón controlado por el ejército sirio, las fuerzas de defensa nacional entrenadas por Irán y los palestinos que combaten junto al régimen.

Sin embargo, según todos los relatos, las cosas están mucho peor al otro lado. Duma, situada a veinte minutos del centro de Damasco, está en manos de Yaish al-Islam –el ejército del Islam-, que dirige un clérigo salafí apoyado por los saudíes llamado ZahranAlloush, que lleva tres años bajo asedio. Duma y otras partes de los alrededores de la zona oriental de Ghuta se vieron afectadas en 2013 por el tristemente célebre ataque con armas químicas .

El mes pasado, la zona sufrió otro ataque del gobierno –en esta ocasión utilizando armas convencionales- después de días de fuego de mortero sobre Damasco. Médicos Sin Fronteras informó de 377 muertos y 1.932 heridos, de los cuales han muerto 104 y 546 de los heridos eran menores de quince años.

“Fue uno de los puntos de inflexión de la guerra”, dijo Mudhar, un alauí leal al régimen de veintitantos años. “Fue una de las pocas veces en que la gente de este bando dijo que la gente del otro bando se lo merecía. No hubo compasión. El gobierno sintió que tenía que enviar un duro mensaje.”

La presión económica también está creciendo y muchos la citan como la principal razón de su marcha hacia Europa junto con la necesidad de evitar el servicio miliar. El valor de la libra siria ha caído de forma catastrófica frente al dólar, por lo que el poder adquisitivo se ha desplomado mientras los precios han aumentado seis o siete veces. La gente más pobre se enfrenta a la desnutrición y al hambre. Los prolongados cortes de electricidad son parte de la anormalidad ahora normal de la vida. Los alimentos se pudren en la nevera y hay que tirarlos. Los días de calor sofocante no hay aire acondicionado. Los generadores de diésel rugen en las aceras y la gente utiliza habitualmente las luces de sus teléfonos móviles para abrirse camino por las oscuras calles así como en sus hogares.

“Me levanto a las tres de la madrugada para hacer la colada cuando hay electricidad”, decía riendo una madre de dos adolescentes. “Y nos hemos olvidado ya de los helados. Pero estamos en guerra. Los funcionarios reciben sus salarios a tiempo. Teniendo en cuenta las circunstancias, el gobierno está funcionando bastante bien”.

Pero todavía es posible divertirse, especialmente cuando se hace de noche y hay menos disparos de mortero. El Z-Bar y otros populares lugares nocturnos funcionan hasta altas horas de la madrugada, con los clientes entonando a voz en cuello canciones de alabanza al presidente.

Los restaurantes y cafés bullen de vida. “La gente sale a divertirse porque no saben qué ocurrirá a continuación”, decía una funcionaria de 30 años. “Tratan de olvidar lo que está sucediendo. Se dicen: ‘Vive el presente y no te preocupes por el futuro’”. Los hoteles acogen ruidosas y fastuosas fiestas de boda, pero hay muchas que se celebran ahora en la seguridad de Beirut, a menudo porque el novio está trabajando en el Golfo.

“Lo que este país necesita es librarse de Bashar”, insiste un simpatizante de la oposición. “Esa es la solución”. Nadie se hace ilusiones sobre los riesgos del activismo: abundan las historias de arrestos y torturas en los centros de detención de la mujabarat, de jóvenes que desaparecen y, transcurridos varios meses, se dice a sus familias que pasen a recoger sus cuerpos.

Pero hay muchos que están más preocupados por el ISIS y Yabhat al-Nusra que por Asad, aunque hay quien sostiene que fue su represión de las protestas lo que allanó el camino para la aparición de los islamistas financiados por los saudíes, Qatar y Turquía. En cualquier caso, el espíritu de la Primavera Árabe está desaparecido. “Nadie en las zonas bajo control del gobierno cree ya en la revolución”, decía Nur, que dejó Alepo y se exilió en Beirut. “Ahora se considera una ingenua”. Otros que se esperanzaron entonces han optado por la relativa seguridad de Damasco. “Odio a Bashar”, decía Mais al-Kridi, un intelectual druso. “Pero quiero que acabe la matanza. Si el régimen sale derrotado, será catastrófico. Sí, queremos libertad. Pero queremos seguir con vida”…

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