Cambio de ritmo. Javier Aristu. en campo abierto

Por  Javier ARISTU

Resulta difícil seguir al día el frenético ritmo de la actualidad política española y, en este momento ya, europea. Llevamos un año loco. Desde la moción de censura a Rajoy se han celebrado elecciones andaluzas, generales, europeas y autonómicas. Solo queda por aclarar definitivamente el terreno de los próximos cuatro años unas previsibles elecciones catalanas, bien en este otoño próximo o bien recién comenzado 2020. Y, si echamos la vista hacia atrás solo cinco años, la mirada nos lleva a un ciclo dislocado y cambiante como pocos ha habido en la reciente historia de nuestro país y, repito, de Europa. Por un lado, todo ha saltado por los aires pero, por otro, hay cimientos y estructuras que se mantienen. Estamos, por tanto, en una situación compleja y contradictoria donde se mezclan elementos de cambio sustancial del país y otros de permanencia de viejas estabilidades.

Sí parece evidente  que los adivinos, agoreros, brujos, videntes y nigromantes que suelen habitar los medios de esta nueva sociedad en red no acertaron plenamente hace varios años cuando se dedicaron a “adivinar el futuro”, esa actividad tan inútil como estúpida. Casi nada de lo que estos magos preveían hace un quinquenio se ha cumplido: las realidades europea y española han ido por caminos impredecibles para una mentalidad esquemática y cerrada donde el tiempo por venir está ya predeterminado. Y donde todo el tiempo pasado, el histórico, era explicado de forma clarividente a partir de unas leyes y unos modelos teóricos inalterables. El escéptico y cínico –en el buen sentido– de don Isaiah Berlin define muy bien estas actitudes hiperracionalistas, de campos cerrados, de principios teóricos previos, en El sentido de la realidad, un ensayo complejo y difícil pero sugerente. Y recomendable para esquemáticos y mecanicistas.

Es también indudable que el sistema español de partidos políticos que funcionó durante el ciclo 1982-2011 ha saltado por los aires. Es más indiscutible que el modelo económico y social sobre el que se basó ese marco político de estos últimos cuarenta años ha modificado sus bases estratégicas y sus parámetros de crecimiento y crisis. Es obvio que la sociedad española en su conjunto es hoy un conjunto cultural y de comportamiento bastante alterado, con una consciencia de sí y de las demás sociedades que le rodean muy diferente a la de hace solo veinte años. Es la cara A de la gran transformación que estamos sufriendo como europeos y como parte de una zona geoestratégica concreta.

Sin embargo, hay una cara B. No se han destruido los dos componentes decisivos de aquel sistema de partidos de la democracia española, el PSOE y el PP: el primero sale reforzado y el segundo se debilita en muy buena medida, pero no es sobrepasado por su competidor. Por otra parte, Ciudadanos no consigue su gran objetivo (“sorpasso al PP”) y Podemos o sus “confluencias” salen capitidisminuidos de esta batalla político-electoral que ha durado cinco años. De un bipartidismo imperfecto hemos pasado a un multipartidismo con dos bloques políticos más o menos cohesionados y dirigidos respectivamente por un partido del “antiguo régimen”, PSOE y PP. Seguimos con estabilidades: la profunda modificación del modelo económico de crecimiento de los años 90 y primeros del siglo XXI ha hundido a un sector concreto, la construcción y derivados, pero no ha provocado el hundimiento de otros sectores y empresas decisivas del conglomerado español. El Ibex 35 –esa metáfora con la que algunos se obsesionan como si fuera “la fuerza del mal”– sigue teniendo el mismo tejido empresarial que hace diez años. Realmente, si nos fijamos en que solo cinco compañías, Telefónica, Banco Santander, BBVA, Iberdrola y Repsol, las más poderosas de ese referente, ocupan el 65 por ciento del índice bursátil podremos darnos cuenta de que tampoco la crisis ha modificado tanto el modelo empresarial español. En estos pocos años han cambiado sus grandes nombres en tres de ellas (César Alierta, Emilio Botín, Francisco González) pero las marcas continúan jugando un papel dominante en el mercado. Cambian, se adaptan sus modelos de gestión y de ganancias pero siguen presentes en el mercado global. Y, no deja de ser una señal alarmante, sus ejecutivos alcanzan sueldos y dividendos de escándalo: la media de los sueldos de los principales ejecutivos del Ibex fue de 4,32 millones de euros en 2018 aparte sus derechos de pensión. Los ejecutivos de las grandes empresas ganan casi 80 veces más que sus empleados.

Frente a ese panorama de reducidos grupos sociales y económicos que han multiplicado su riqueza y patrimonio durante esta crisis se opone otro, mayoritario y socialmente generalizado, de un mercado de trabajo –por llamarlo de alguna forma– sometido completamente a las reglas de la precariedad, la provisionalidad y los bajos salarios. Cada vez más numerosos y diversos colectivos laborales han entrado en el agujero negro de ese sistema de trabajo donde la estabilidad y la seguridad han desaparecido. Posiblemente es el mundo del trabajo el que más se ha visto afectado por este impacto tecnológico y organizativo.

Valgan estos pocos ejemplos que he puesto para expresar mi convencimiento de que estamos ante un proceso complejo y a la vez contradictorio de transformación de nuestra economía y de nuestra sociedad, donde se mantienen redes y complicidades de grupos dominantes, es decir, esas elites que han sido capaces de marcar la dirección y controlar los procesos en los momentos de grandes crisis y transformaciones. Y son precisamente estos clanes  los más interesados en que cambien los engranajes estructurales de la política y también de la economía para, cambiando ellos también y pactando si es necesario con los grupos subalternos otros aspectos menores, puedan recomponer la situación a su completo favor. Gramsci llamaba a esto revolución pasiva. A lo mejor nos encontramos ante eso.

Cambio de ritmo