¿Camino de la paz en Libia? Oscar Caballero. La Vanguardia

libia, petróleo y gas
ÓSCAR CABALLERO, París. Servicio especial

Una imagen vale por la palabra unión: a las seis y diez de la tarde de ayer, Fayez el Sarraj, primer ministro de Libia por acuerdo de la comunidad internacional, y el mariscal Jalifa Hafter, jefe del autoproclamado ejército nacional libio, encuadraban al presidente francés, Emmanuel Macron, mientras era leída una declaración común, que suma el cese de hostilidades entre ambos a la promesa de elecciones generales en Libia. Hafter y El Sarraj, sin embargo, no estamparon sus firmas en la declaración conjunta.

En la gran mesa oval que los reunió en el castillo de La Celle-Saint-Cloud, a veinte kilómetros de París, en el oeste residencial, se habían sentado también el ministro para Europa y Asuntos Exteriores francés, Jean-Yves Le Drian –en su vida anterior, ministro de Defensa de Hollande y mejor vendedor de armas francesas– y el nuevo representante de la ONU en Libia, Ghasan Salame.

Se trataba no sólo de pacificar Libia sino también, como diría más tarde Macron, “de yugular tres tráficos, el de armas destinadas al terrorismo, el financiero con idéntico fin y el de seres humanos, clave de la llegada de refugiados y emigrantes a las costas europeas”.

Porque 93.000 personas desembarcaron de pateras en Italia, desde principios de año. Macron subrayó que la víspera de la reunión el ministro Le Drian pasó la jornada en Italia, cuya intervención en el acuerdo agradeció ayer el presidente francés. A un centenar de kilómetros de la Europa del sur, Libia no es sólo un polvorín; también, una potencia petrolífera. Y el territorio sin ley que deja pasar a decenas de miles de refugiados.

El triunfo diplomático de ayer borra el fracaso del encuentro de El Sarraj y Hafter el 2 de mayo pasado en Abu Dabi. Y, en parte, la responsabilidad de su país en el embrollo libio. Un informe parlamentario británico de 50 páginas, en septiembre pasado, desmontaba la excusa de una intromisión con fines humanitarios, alegada por el ex primer ministro David Cameron y el expresidente Sarkozy, para intervenir en Libia en el 2011.

Fayez el Sarraj, Emmanuel Macron y Jalifa Hafter, de paisano, ayer tras la lectura de la declaración conjunta
Fayez el Sarraj, Emmanuel Macron y Jalifa Hafter, de paisano, ayer tras la lectura de la declaración conjunta (AFP)

Según el informe, “Francia tenía un objetivo puramente militar y pretendía quedarse con la mayor parte de la riqueza petrolífera de Libia”. ¿Y algo más? Una investigación, relanzada el 27 de mayo último con el interrogatorio al tesorero de la campaña presidencial de Sarkozy denunciaba un óbolo de cinco millones de euros, en efectivo, de Gadafi, entre el 2006 y el 2007. ¿Por eso Sarkozy dejó que el dictador libio instalara su jaima en los jardines del primer ministro francés, en su visita oficial de diciembre del 2007?

El caos que siguió a la oscura muerte de Gadafi en el 2011 convirtió Libia en refugio de terroristas. En diciembre del 2015, en Marruecos, la comunidad internacional designó a Fayez el Sarraj para presidir un gobierno de unidad. Las milicias no le dejaron aterrizar en Trípoli, adonde tuvo que llegar
en barco. Instalado por fin, gobierna el oeste del país pero su poder real se circunscribe a la capital, y no del todo.

En cambio, el patrón de la Cirenaica o Libia oriental, el mariscal Hafter, apoyado por Egipto y los Emiratos Árabes Unidos, y por el parlamento libio elegido en el 2014 y replegado en Tobruk, se apuntó dos tantos. Sus ataques continuos contra los bastiones yihadistas de Bengasi le dieron crédito entre la población. Y así controló de paso la media luna petrolífera en el golfo de Sirte y en la provincia de Fezan, en el sur.

Ambos éxitos le han vuelto guapo a ojos de Occidente, que desde entonces admitió la necesidad de un “diálogo inclusivo” y no sólo como hasta entonces limitado a El Sarraj. Difícil decisión porque Hafter fue un íntimo de Gadafi hasta el final de la década de 1980, cuando el caprichoso jefe del Estado lo marginó. Exilado, regresó para unirse a la insurrección en el 2011.

El primer objetivo es naturalmente el del cese de hostilidades entre Trípoli y Tobruk. Y elecciones generales en primavera para reunificar el país, como lo había pedido el mariscal sin obtener el acuerdo del actual presidente. Claro que aun si el acuerdo de paz es importante, será necesario continuar la lucha armada, conjunta en ese caso, para desarmar a las milicias y aniquilar a las fuerzas terroristas, que no siempre son dos ejércitos diferenciados. Para lograrlo será necesario también que el mariscal acepte subordinar su poder militar al civil, cuando su idea parece ser la de imponer un gobierno armado. Y cuando Libia, con Gadafi o sin él, carece de experiencia democrática. Y la mayor parte de sus habitantes tiene un arma a mano.

Técnicamente hay que enmendar el acuerdo de Marruecos, cuya validez fue reiterada en la declaración conjunta. Y redefinir el consejo presidencial, que podría contar con tres miembros en lugar de los nueve actuales, con Hafter y El Sarraj al frente.

Ayer, entre los periodistas reunidos en Saint-Cloud circulaba el rumor de un barco cargado de armas, hundido por “fuego occidental, presumiblemente francés”. Esas armas estaban destinadas a Hafter. Y hubieran alterado el equilibrio de fuerzas, sin el cual el acuerdo logrado ayer era imposible. La diplomacia es la guerra por otros medios.

http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20170726/4386572286/macron-busca-la-paz-en-libia.html