“Cartas desde el lodazal”. Gregorio Morán. La Vanguardia

de corazón y alma

“Si hay un género literario sencillo y sin demasiadas pretensiones, en general, es el epistolar. Ha fallecido. Sobrevive sólo en algunas personalidades excéntricas. Casi nadie escribe cartas, y no se trata que sean al estilo de Madame de Sévigné, o el diálogo entre Thomas Mann y Hermann Hesse, sino de algo más común y sin ambición de escribir para la historia. Hace años dediqué aquí mismo una serie de sabatinas sobre correspondencias literarias; ahora tendrían poco sentido. La gente se comunica con un tuit (máximo 140 caracteres), lleno de señales que reducen la gramática a un signo anterior a la escritura convencional, o envía un correo electrónico donde sería interesante analizar las fórmulas de diálogo, porque no tienen nada que ver con el género epistolar. Desconozco si existen epistolarios contemporáneos; gente que se escriba discretamente cartas, con cierta regularidad y amplias dosis de intimidad. Les felicito.

Las editoriales, ansiosas en la búsqueda del Santo Grial de la última patochada que pueda convertirse en best seller, no pueden invertir en algo tan minoritario, a menos que se trate de falsas cartas convertidas en novela. Sólo algunas fundaciones, a modo casi institucional, pueden editar documentos sin los que sería difícil reconstruir biografías de autores y procesos de creación literaria.

Esto ha ocurrido recién con Las cartas boca arriba. La correspondencia entre el dramaturgo Antonio Buero Vallejo y el novelista Vicente Soto, uno en el Madrid de un millón de muertos y el otro residiendo en Londres, que abarcan desde 1954 al 2000. Añado el conmovedor y complejísimo intercambio de cartas entre Carmen Laforet, la inolvidable autora de Nada, y Elena Fortún, autora de narraciones para niños (es un decir), que comprenden los años 1947-1952. Ambos libros, elegantemente editados por la Fundación Banco San­tander.

No hace falta ser un lince para garantizar que el eco mediático –como se dice ahora– será minúsculo, y pese al interés histórico que tienen ambos textos, yo no sería capaz de recomendar que alguien se metiera en el berenjenal de leerlos, porque ni su calidad literaria, no buscada, ni los temas que tratan, merecen el esfuerzo de dedicar muchas noches a adentrarse en ese mundo que denomino lodazal, y que corresponde a las empeños frustrados por la necesidad, la falta de dinero, la soledad, la grisura de aquellos años del franquismo, donde se buscaba un premio literario como fuera para sobrevivir a las necesidades de hijos y familia.

Buero Vallejo empieza a ser un autor dramático gracias al premio Lope de Vega que le conceden en 1949 con su Historia de una escalera. Había pasado casi siete años de cárcel, por comunista, recorrió buena parte de las prisiones de Españ,a que entonces eran muchas, y gracias a que nadie se tomó la molestia de investigar qué había detrás de la plica (sobre cerrado que esconde el nombre del autor). Se lo dieron. Es verdad que antes ya había escrito cosas pero buena parte de los premios del primer franquismo eran menos manipulados, sin comparación, con los actuales. Salió adelante. Con muchas dificultades, porque lo suyo era la pintura: el dibujo al carboncillo que le hizo al poeta Miguel Hernández en una de las prisiones que compartieron es una obra de tal sobriedad y talento que bien se puede decir que no hay otro retrato del poeta que le represente con tal sencillez y fuerza.

Algo similar le ocurrió a Vicente Soto. Novelista con una obra cuajada que no logra el reconocimiento hasta que consigue el premio Nadal en 1966 con La zancada, que lamentablemente he buscado en mi desvencijada biblioteca, para recordarla, pero sin ningún éxito. Vivía en el exilio mitad político mitad económico, en Londres, trabajando para la radio y lo que le echaran. Escapadas a una España triste que le impulsaba siempre a volver a Gran Bretaña. Ambos con hijos y familia, y un aislamiento que dependía de personajes hoy buenos y mañana perversos, dependían del humor y las maniobras de los Castillo-Puche o Francisco García Pavón, y tantos otros, hábiles trepadores, novelistas modestos, pero eficaces, que gozaban del privilegio de cuidarse para no meterse con nadie que les pudiera perjudicar.

(Meseguer)

Esa copiosa correspondencia entre Buero Vallejo y su amigo Vicente Soto saca a flote la grisura de la época, las miserias del gremio literario, muy tamizadas por el ­temor a la censura y a alguna inoportuna carta abierta por mano delatora. Son cartas siempre tristes. Hasta cuando festejan ­algo, hay como un poso de angustia y desazón. El franquismo no perdonaba, sólo ­hacía la vista gorda mientras no te entrometieras.

No hay que olvidar que si bien Buero era un rojo nunca redimido por sus años de cárcel, su padre, militar, había sido fusilado por los republicanos, por los mismos rojos a los que él siempre sintió como los suyos. Sus actitudes frente a la CIA y sus Cuadernos para la Libertad de la Cultura, supusieron la ruptura con los Laín, Julián Marías y demás contemporizadores. Otro tanto, su negativa a la adhesión española a la OTAN. No eran lo que hoy cualquier frívolo interpretaría como gestos, sino riesgos.

Tuvo un final difícil. Castigado por la crítica y el mortal accidente de automóvil de su hijo. Su soledad, más que buscada, obligada, lo que no es óbice a que se protegiera entrando en la Real Academia y otras menudencias. Vivir bajo aquel régimen era un sinvivir lleno de trampas y de inquietudes. La amenaza de muerte de 1976, recién desaparecido Franco, y sin nada a donde agarrarse, le hizo temer con tino que seguía siendo un rojo, uno de los otros. Aquel 1976 fue su año nefasto. Las cartas finales que intercambian Buero Vallejo y Vicente Soto son estremecedoras. “Monologamos”, dirá uno de ellos.

Nada que ver con De corazón y alma (1947-1952), el diálogo místico entre Carmen Laforet y Elena Fortún. Su huida es la religión, el rezo, el abandono de aquel mundo insoportable. Baste el relato que le hace Elena a su amiga desde el hospital donde está recluida, en Centelles (Barcelona), tan íntima que a veces uno tiende a pensar que, en otras condiciones y otra sociedad, hubieran llegado a una intimidad de cuerpo, igual que lo era de espíritus. Nada que reprochar.

Elena Fortún, hospitalizada y con una enfermedad, probablemente en mi ignorancia diría que tuberculosis en su último grado, cuenta así su experiencia: “El primero que llegó fue el sacerdote. Le pregunté si creía que iba a morir enseguida y me dijo que sí. Luego le pedí que rezara para que Dios me diera una muerte fácil porque estaba sufriendo mucho, y a eso me dijo que no lo haría porque los sufrimientos de la muerte me evitarían algunos en el Purgatorio. Si es verdad me parece horrible, y si no es verdad me parece horrible también. Luego me dio la comunión”.

Una correspondencia de cartas breves, llenas de rezos, besos y abrazos –Carmen Laforet era madre de tres hijos, casada con el periodista Cerezales, del que preferiría no escribir porque sin él el hundimiento, no digo ya humano, sino literario de Laforet no hubiera sido, intuyo, el que fue–.

Pero en el fondo, esta interesantísima ­correspondencia, incluso vista por un no creyente como yo, conforma unas cartas
de amor de dos escritoras, de muy distantes edades, que se unen exclusivamente en
su fe religiosa porque no les queda quizá nada donde agarrarse. Todo empañado por una tristeza que ningún convento pudiera emular. Ahí se acabaron dos mujeres ­brillantes, sensibles, excepcionales es­critoras efímeras que llegaron a odiar la ­literatura que las separaba de lo único que ansiaban. Morir acogidas por la más ra­dical fe en Dios”.