Cinco apuntes (y una reflexión inconclusa) para enseñar la Transición. Fernando Hernández Sánchez, Sociología crítica

Posted on 2018/09/09

 A las nuevas generaciones se les debe un relato veraz, no un cuento de hadas. Las libertades no se regalaron con un simbólico apretón de manos en la cumbre, se arrancaron con sacrificio y se pagaron con sangre y dolor

Los aniversarios redondos son propicios a la melancolía. El cuadragésimo de la celebración de las primeras elecciones tras idéntico tiempo de dictadura no se ha hurtado a este axioma. Estamos ante un ensayo general con todo de lo que el año próximo será el homenaje al mismo periodo de vigencia de la segunda constitución del siglo XX. Unos actos de perfil discreto, un desfile de viejas glorias –algunas con biografía cuestionable y carne de proceso judicial– y la polémica por determinadas ausencias emblemáticas han contribuido a evidenciar que el imaginario de la Transición, nacido de la necesidad de dotar de un referente identitario compartido a una comunidad nacional dividida por la guerra civil y la dictadura, va camino de fosilizarse como el relato biográfico de una generación en rampa de salida. El mito que se fundamentó en la apertura política, la consolidación de las libertades, la modernización social y económica y la definitiva inserción de España en el concierto internacional lleva un lustro experimentando una erosión que los analistas demoscópicos pretenden explicar por una desafección de las nuevas cohortes demográficas hacia las instituciones emanadas de aquel ya remoto proceso histórico. Conviene recordar que, tomando como base las cifras de población por edad del INE del año 2017, 46.557.008 habitantes, el 43,0% de la población nació después de la promulgación de la Constitución de 1978 y el 40,7% de los actualmente mayores de edad ni tuvo ocasión de refrendarla ni ha sido llamado a avalar reforma alguna con su voto. Si, a pesar de la ralentización que supone el envejecimiento, esta inercia paralizante persiste, podría llegar a cumplirse aquella paradoja que los demócratas radicales anglosajones denunciaron como rasgo indeseable del Antiguo Régimen: que se acabe encomendando a los muertos el gobierno de los vivos.

Una conmemoración reducida al autoaplauso de una minoría solipsista ha demostrado sus limitaciones para apelar a una ciudadanía digna de tal nombre.

Una conmemoración reducida al autoaplauso de una minoría solipsista ha demostrado sus limitaciones para apelar a una ciudadanía digna de tal nombre. En los alrededores del Congreso de los Diputados no había ciudadanos, sino curiosos.  El ritual tuvo bastante más de refuerzo de autoestima corporativo que de celebración colectiva. La propia selección de los denominados protagonistas de la Transición –padres constituyentes supervivientes, exministros, exdiputados de las Cortes fundacionales, ex de ambos regímenes, como Martín Villa– dejó fuera de cuadro a los otros protagonistas, los que ensancharon con su lucha cotidiana los espacios de libertad e hicieron inviable la perpetuación del franquismo –sindicalistas, presos políticos, torturados, represaliados–, lo que revela, al fin, los contornos de un relato hegemónico: el protagonizado por unas élites preclaras con una misión determinada –el de la Ley a la Ley de Torcuato Fernández Miranda; la pizarra de Suresnes; la Operación Promesa del SECED…-, estimuladas por la voluntad de superar el viejo trauma colectivo cainita, con la Corona como mediadora taumatúrgica al mando de una nave diestramente pilotada entre la Escila del golpismo inmovilista y el Caribdis del terrorismo etarra. Un relato plano y teleológico con el que no se pretenderá seducir a unas generaciones más acostumbradas a los protagonistas poliédricos a lo Blue Detective o Breaking Bad y a los duelos de ambición de Mad Men o House of Cards que a la simpleza binaria de Heidi o a la mediocridad middle class de Verano azul.

Pero no se trata solo de un problema que pueda ser explicado por la demografía y la arterioesclerosis. Una vez más, hay que evaluar el déficit formativo derivado de una insuficiente transmisión de conocimiento histórico del pasado reciente en el ámbito del sistema educativo básico. La LOMCE prescribe para la materia de Historia en 4º de ESO –el último curso común para todos los futuros ciudadanos, trabajadores, contribuyentes y votantes– un bloque de contenidos, el relativo al mundo reciente entre los siglos XX y XXI, en cuyo apartado 3 se aborda “La transición política en España: de la dictadura a la democracia (1975-1982)” y la Constitución de 1978. La cronología queda estrictamente acotada entre la muerte del dictador y la victoria electoral del PSOE. Siete años que estremecieron al mundo. Los estándares de aprendizaje que todo estudiante deberá aprehender son: “3.2. Enumera y describe algunos de los principales hitos que dieron lugar al cambio en la sociedad española de la transición: coronación de Juan Carlos I, Ley para la reforma política de 1976, Ley de Amnistía de 1977, apertura de Cortes Constituyentes, aprobación de la Constitución de 1978, primeras elecciones generales, creación del estado de las autonomías, etc. 3.3. Analiza el problema del terrorismo en España durante esta etapa (ETA, GRAPO, Terra Lliure, etc.): génesis e historia de las organizaciones terroristas, aparición de los primeros movimientos asociativos en defensa de las víctimas, etc”.

Estos son los mimbres con los que, en caso de llegar al bloque de contenidos 8, sorteando las proverbiales excusas sobre lo apretado de los temarios y la escasez de horario semanal, los estudiantes del curso final de la ESO tendrán que construir su interpretación de la España en que nacieron sus padres y en la que fraguaron los fenómenos sociopolíticos, económicos y culturales de los ellos que serán protagonistas en breve plazo. Un proceso vertiginoso en el que toda una superestructura muta en su contraria como al conjuro de un abracadabra. Un proceso a ritmo de BOE solo acechado por violentos de un solo signo que ocasionan una sola clase de víctimas.  ¿Cabría una visión alternativa capaz de proporcionar los elementos para la elaboración de una narrativa sintética –en la propia lengua de palo lomciana— de carácter contrahegemónico? Aquí van cinco apuntes y una reflexión inconclusa.

1/ La cronología: si transición, según la primera acepción del DRAE, es la acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto, ¿entre qué dos fechas debe horquillarse el proceso de tránsito de la dictadura a la democracia? En un principio, se apostó por un tiempo corto, 1975-1978, el comprendido entre la muerte del dictador y la aprobación de la Constitución. El vértigo del cambio era su mejor autopropaganda legitimadora. Una vez consolidado el sistema, fueron proponiéndose secuencias temporales en las que se atrasaba el hito inicial hasta 1973 para incluir el inicio de la crisis del tardofranquismo y se prolongaba el final a 1982, culminando en la primera vez que la izquierda ganó de nuevo unas elecciones. Una propuesta de tiempo largo, que pretendiera explicar las contradicciones en el seno del bloque de poder de la dictadura en torno a la inserción de España en las estructuras internacionales del capitalismo fordista y la toma de posiciones de la desigualmente influyente oposición antifranquista debería situar el arranque del recorrido transicional en 1969, con la promulgación de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado (1969).  La meta sería 1986, fecha del referéndum para la permanencia de España en la OTAN tras la adhesión previa a la Unión Europea en un mundo que se sumía en la contrarrevolución conservadora, y de la primera ocasión en que un gobierno de centro-izquierda se sucedió a sí mismo sin sufrir la intromisión de una intervención militar o un golpe reaccionario. La Transición, el intervalo convulso entre dos estabilidades, es todo lo que quedó en medio.

A las nuevas generaciones de españoles se les debe un relato veraz, no un cuento de hadas.

2/ La diferenciación entre la transición en sí y la transición para sí: basta acudir a las hemerotecas digitales para comprobar la distancia entre los acontecimientos y la memoria oficial. La realidad fue mucho más compleja, inestable, indeterminada, dramática y abierta de lo que se desprende del relato canónico. A las nuevas generaciones de españoles se les debe un relato veraz, no un cuento de hadas. Las libertades no se regalaron ni se materializaron a partir de un simbólico apretón de manos en la cumbre: se arrancaron con sacrificio, se pagaron con sangre y dolor. Y para ello hay que resituar una de las premisas principales, aquella que se ha exaltado como el logro de un éxito colectivo y que viene a fundamentarse sobre la teoría de la evitación: por primera vez en nuestra Historia Contemporánea, logramos no matarnos los unos a los otros. Se trata de una premisa falsa, porque a las alturas de los años 70 del siglo XX no había posibilidad alguna de guerra civil. Lo que sí pesó sobre el proceso fueron dos condicionantes que limitaron enormemente su alcance: que, a imitación de lo que ocurría en aquella misma época en la Latinoamérica del Plan Cóndor, los unos nos matasen a los otros, y que en virtud de una estrategia deliberada de acción-reacción, unos terceros consiguieran empujar a los unos a ejecutarnos a todos los que pudieran. Como ha analizado Xavier Casals, el voto ignorado de las armas tuvo un peso nada desdeñable en el devenir de la transición española.

3/ Recordar a todas las víctimas: hablar de transacción pactada bajo la amenaza de la pistola de unos aparatos duros del Estado, crispados por un terrorismo al que identificaban como hijo bastardo de la democracia, es como denominar transferencia de numerario a lo que realiza el cajero de un banco al que un sujeto con una media en la cabeza apunta con un revólver. En el caso de la Transición, ni siquiera fue necesaria la media. Valorar lo que costó alcanzar un estadio superador de aquellos años de caqui y plomo supone rescatar la memoria de las víctimas, comenzando por reconocer la existencia de todas y de la violencia tous azimuts: la de los grupos de inspiración nacionalista o ultraizquierdista, pero también la de la extrema derecha y la del Estado. Paloma Aguilar e Ignacio Sánchez Cuenca elaboraron una base de datos con todas las víctimas mortales de la violencia política en el periodo 1975-1982. En ese periodo, 665 personas fueron víctimas mortales de la violencia política. De ellas, 162 (el 24%) corresponden a la actividad represiva del Estado. El resto, 503, cayeron víctimas de la violencia terrorista nacionalista y de ultraizquierda. Como concluyen los autores, “la transición española resultó mucho más sangrienta que la griega o la portuguesa, ambas iniciadas en 1974, unos meses antes de la española”. Habida cuenta de que, en cuarenta años de democracia, todavía está pendiente la reparación y la dignificación de las víctimas, doblemente perdedoras, que lo fueron por oponerse al derribo manu militari del anterior sistema democrático del siglo XX: la Segunda República española.

La Transición se ha abordado como eso que las escuelas de negocios han denominado modelo win-win, un juego donde dos partes contrarias diseñan una solución de la que ambas se beneficiarán mutuamente.

4/ Ganadores y perdedores: la Transición se ha abordado como eso que las escuelas de negocios han denominado modelo win-win, un juego donde dos partes contrarias diseñan una solución de la que ambas se beneficiarán mutuamente. Todos ganan. Sin embargo, al aplicar el análisis al tiempo largo y a la multiplicidad de transiciones, se aprecia que el resultado final se aproxima más a los juegos de suma cero, donde lo que gana uno lo pierde el otro. Cierto es, qué duda cabe, que el diseño del espacio político resultante fue incomparablemente más respirable de lo que había sido el opresivo corsé de hierro de la dictadura. Sin embargo, los condicionantes a los que se ha hecho referencia anteriormente limitaron en su momento la consecución de horizontes más amplios –forma republicana del Estado, federalismo territorial, fortaleza del sector público, laicismo–, sin que se haya avanzado hacia ellos ni siquiera desde que la doble argolla forjada por el golpismo y el terrorismo desapareciera. Visto desde la perspectiva del tiempo largo, la Transición tuvo unos ganadores efectivos, empezando por los agentes que intervinieron en su diseño, el personal político de la dictadura que se autoamnistió y los sectores financieros cuyo poder permaneció intacto. Los menos afortunados o los claramente perdedores fueron diversos, pero quizás la más destacada entre ellos fue una clase obrera industrial que pasó de ser vanguardia de la lucha contra la dictadura a sector residual por efecto combinado del desarbolado de sus herramientas de presión sindical y la implantación del posfordismo, la atomización de los centros de producción y la deslocalización. Unas heridas que la posterior gestión económica del consenso en torno al mercado –mucho más sólido y desprovisto de facetas que el político, desde los Pactos de la Moncloa a la reconversión industrial– contribuyeron a profundizar, desagregándola y desactivándola como sujeto político influyente.

5/ Transición o transiciones: la Transición no fue solamente la transformación de la superestructura política de una dictadura originaria del fascismo residual en una democracia parlamentaria homologable a las europeas. Fue una constelación de procesos de transformación económica, social y cultural de la sociedad española. Como ha puesto de relieve Germán Labrador, el periodo fue escenario de un conflicto intergeneracional que “reconfiguró profundamente el sistema de valores morales del país en ámbitos como la religión, la política y la moral, en lo que constituyen las mayores transformaciones de la transición democrática”. El autor destaca cuatro metamorfosis estructurales esenciales que marcaron una ruptura con los significantes culturales del régimen franquista: el radical proceso de secularización que ha llevado a España a ser una de las sociedades menos religiosas de Europa; una acelerada revolución sexual que modificó roles de género, marcos jurídicos, costumbres arraigadas e instituciones sociales como el matrimonio y la maternidad; una profunda crisis del nacionalismo de Estado, artefacto con el que la dictadura impuso su concepción patrimonial, excluyente y castiza de patriotismo, que quebró con el proceso de descentralización y la eclosión de fidelidades identitarias alternativas; y un extendido pacifismo de tipo humanista y antimilitarista cuya expresión fueron el movimiento de objeción de conciencia y las movilizaciones contra la OTAN y las guerras del Golfo. Quizás han sido estos los únicos terrenos donde se produjo una verdadera ruptura con lo precedente. Una auténtica ruptura que se logró a pesar de y, en la mayor parte de las veces, en contra del famoso espíritu de la Transición. ¿O hay que recordar la persecución judicial de la objeción, las campañas de la derecha, gobernante u opositora, contra la autonomía andaluza –con represión policial y muertes incluidas–, contra el divorcio, el aborto o el matrimonio homosexual?

La reflexión última queda inconclusa, a expensas de que el lector la complete. Una sociedad civil madura recurre de manera periódica a la conmemoración de su pasado para recordar de dónde viene y rendir homenaje a los que hicieron posible un presente mejor. Un sistema democrático sano educa a sus jóvenes en el conocimiento de su historia reciente para dotarles de las claves con las que interpretar el mundo actual. Eso supone mirar al pasado, aunque una jaculatoria muy querida por determinados sectores políticos lo juzguen inoportuno e incluso peligroso. ¿No será que en algunos anide la intención de proceder ahora a reescribir los capítulos en los que resultaron desbordados durante aquella Transición que, por otra parte, erigen en tótem? ¿Será casualidad que, en los últimos tiempos, se esté ejerciendo una presión disciplinaria sobre la libertad de expresión, las manifestaciones de laicismo o las tendencias políticas no acomodaticias? ¿Habrá algo más que retórica tras el aliento de un discurso renacionalizador en el que subyace la amenaza de la coerción dura contra las tentaciones centrífugas? ¿Se estará buscando revertir aquella parte incómoda de la publicitada fiesta de la libertad en la que se fue mucho más allá de la zona de confort de la ideología conservadora?

Como se decía en los años 70 y 80: “Al loro…” .

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Fernando Hernández Sánchez. Profesor de Didáctica de las CCSS, Facultad de Educación UAM.

Cinco apuntes (y una reflexión inconclusa) para enseñar la Transición / Fernando Hernández Sánchez