Colombia: “Una novelita lumpen” (partes I y II). Yezid Arteta Davila. Semana

I

Lo que te voy a contar, amigo Bolaño (sin “S”) en esta novelita lumpen tiene que ver con la coca, los cocaleros, los narcotraficantes y la política. Lo hago en primera persona porque todo lo que te cuento lo viví. Nadie me lo ha contado. Comienzo:

A mediados de los ochenta, los líderes de las Farc Jacobo Arenas y Alfonso Cano sentados sobre una de las rocas del desfiladero del río Duda me dijeron: “Joaquín, te enviamos al Cauca”. Comenzaba entonces una frágil tregua y negociación con el Gobierno del conservador Belisario Betancur. Llegué con mi mochila, mi fierro y mi entusiasmo hasta el suroeste de Colombia. Observé pequeñas plantaciones de coca (variedad caucana) entre los límites del Cauca y Nariño (El Tambo, Argelia, Balboa, Leiva y Rosario) de las que los campesinos extraían exiguas cantidades de bazuco. La guerrilla, poca y mal armada, no pintaba nada en esa novelita lumpen, salvo en la estricta prohibición del consumo por razones morales, salud pública y seguridad en las comarcas.

Acabando los ochenta apenas había guerrilla más allá del río Patía. Con una veintena de hombres pasamos al otro lado del río por un puente colgante cercano a la Hoz de Minamá. Ascendimos hasta las cimas de la cordillera Occidental. Ante nuestros ojos se abrió un espectáculo soberbio: El nudo de Los Pastos, el cañón del Guáitara, la hacienda Bomboná en la que el Ejército de Bolívar salió despedazado en 1822, los volcanes Galeras, Azufral y Cumbal, el altiplano de Túquerres y más allá la llanura del Pacífico.

Nariño no era entonces tierra de coca, sino de agricultores, mineros, pescadores y aserradores. Era posible divisar a labriegos pobres arando con bueyes en sus pequeñas parcelas. Mineros enflaquecidos asomaban por los socavones llevando a sus espaldas sacos de piedra. Hacia la llanura, en los playones que dejaban los ríos, se veían mujeres afrodescendientes en cuclillas girando una batea con las manos para obtener una pizca de oro. Topamos también con caseríos deshabitados en los que se observaban algunos ancianos envueltos en sus ruanas, puesto que los jóvenes se habían marchado hacia el Putumayo a probar suerte con la coca. En lugares remotos de Samaniego, Guachavez y la costa Pacífica se encontraban algunas manchas de coca ahogadas por el rastrojo.

¿En qué momento se jodió Nariño, Bolañito? Cuando llegó a la Presidencia César Gaviria Trujillo. La “apertura económica” aplicada por Gaviria afectó a los pequeños y medianos agricultores. Los precios del café se vinieron al suelo y una larga sequía acabó con los hermosos maizales de Mercaderes (Cauca) y Taminango. Hogares arruinados. El Gobierno cagado de la risa en Bogotá. Hubo campesinos que se fueron a raspar coca en el sur del país, otros a cortar caña en los ingenios del Valle, algunos se organizaron en bandas de piratería terrestre que asolaban la vía panamericana y hubo quienes se entregaron al alcohol o vieron la posibilidad de sobrevivir mediante la siembra de amapola en las tierras altas.

La crisis, Bolaño, disparó la violencia en los campos de Nariño. El Estado no dio la cara. Todo parecía indicar que las cosas podían acabar en una novelita lumpen. Fue entonces en que aparecimos los guerrilleros echando nuestra carreta, buscando la manera de que ese mierdero no se desbordara. Tratamos de que las cosas, al menos, no empeoraran. Les explicamos a los empresarios de la leche y la papa en el altiplano que invirtieran, que nuestro frente guerrillero -contrariando a la jefatura- no estaba de acuerdo con el secuestro. Les dijimos a los amapoleros que se fueran con sus semillas a otra parte porque no íbamos a tolerar que la quema y siembra acabara con las escasas fuentes de agua. Hablamos con los curas para que le abrieran los ojos a los feligreses. Nos reunimos con los comités locales de cafeteros en busca de salidas. En resumidas cuentas, hicimos lo que el Estado no hizo. La vaina salió más o menos.

 Nuestra manera de hacer las cosas caló. Crecimos entre los raizales. Nos expandimos hasta los hielos del Cumbal. Nos veían en la carretera entre Pasto y Tumaco. Estábamos en todas partes y en ninguna. Nos rebuscábamos la vida sin joder a nadie. Lo único que ofrecíamos a los aldeanos era una utopía. A veces nos topábamos en los caminos de herradura con un puñado de melenudos que decían llamarse “Comuneros del Sur” y estaban empeñados en hacer una Revolución como la que proclamaba el cura Camilo Torres. Ah, bueno, les decíamos.

¿Hubo combates? Claro que los hubo, Bolañito. De vez en cuando el Estado hacía presencia en ese territorio ignorado. Lo hacía a través del Ejército. Algunos oficiales que tenían familias en la región eran conscientes de que el Estado no había puesto un solo ladrillo o realizado un metro de carretera en aquellos montes. Así estaban las cosas en Nariño, Bolañito, a principio de los noventa. Una región pobre, relativamente tranquila, fuera del mapa del narcotráfico a gran escala. En esos días me fui de allí y no volví más.

¿En qué momento se volvió a joder Nariño, Bolañito? Cuando el Gobierno de Álvaro Uribe creyó que los problemas en el sur de Colombia se resolvían con mero glifosato. Las fumigaciones de las plantaciones de coca en el departamento del Putumayo afectaron al eslabón más débil de la cadena del narcotráfico: los campesinos cocaleros. Centenares de cocaleros tomaron rumbo hacia Nariño, llevaban consigo sus haberes y semillas de coca. Lo que era un asunto residual en el sureño puerto de Tumaco se volvió un problema de gran magnitud que trajo consigo una brutal violencia extensiva e indefinida.

He estado siguiendo -amigo Bolaño- la entretenida serie Roma, un imperio sin limites, dirigida por Mary Beard, ganadora del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2016. Explica la catedrática de Cambridge que el prestigio de Roma se basaba en las relaciones permanentes con los pueblos vencidos. Roma, agrega la divertida Mary Beard, no solo conquistó sino que también integró a sus enemigos. Desde la aparición de la coca en Colombia, todos los gobiernos han tratado y combatido a los campesinos cocaleros como enemigos, nunca han sabido conquistarlos y reconocerlos como colombianos lanzados, por ineficacia del Estado, a una actividad ilícita que trae muchísimos dolores de cabeza.

Acaso, Bolañito, no te has dado cuenta que la violencia en Colombia no solo ha estado asociada a la coca. Recuerda el caucho (lo cuentan en La VorágineEl sueño del Celta y El abrazo de la serpiente de José Eustasio Rivera, Vargas Llosa y Ciro Guerra respectivamente). Recuerda las masacres del banano en Ciénaga y Urabá (Gabo las recrea en su obra y los jueces gringos en sus fallos). Recuerda la guerra de los esmeralderos (las mostró RTI en su serie Fuego Verde). Recuerda, recuerda Viejo Topo, no sigas cavando en círculos.

Bueno, amigo Bolaño, espero que cuando vuelvas de Washington pueda contarte la segunda parte de esta novelita lumpen.

 

II

Como te conté, Bolaño, me fui de Nariño. Un departamento lindísimo, cuyos campos eran habitados por labriegos levantados a golpe de hacha, azadón y machete. Gente que pesar de las penalidades propias de la pobreza no se dejaban tentar por la mata de coca. Los cultivos de coca y el negocio del narcotráfico a gran escala llegaron después. “Hace 25 años no teníamos ni coca, ni minería ilegal en Nariño”, se quejaba hace unos meses un funcionario de quinta. En 25 años nadie paró bolas. Ni Gaviria, ni Samper, ni Pastrana, ni Uribe I, ni Uribe II, Ni Santos I, ni Santos…

Véngase para acá, me dijeron. Escogí a un puñado de guerrilleros y puyamos el burro hacia el Sur. Teníamos que atravesar los tres ramales de la cordillera de Los Andes y llegar vivos hasta El Pato. Pasamos en canoa el río Patía y esperamos la noche para atravesar a pie la vía Panamericana. Durante tres días trepamos por la cordillera central, hasta que el Macizo Colombiano nos quedó a tiro de cañón. Mataron a Pablo, nos dijo un campesino en la Bota Caucana. Cuál Pablo, le preguntamos. El mafioso, nos contestó. Para los telenoveleros era el final. Para los que sabían de las andanzas de los Castaño y cía, era el comienzo. El comienzo de una sanguinaria alianza entre narcos, políticos y empresarios. Mientras, en los caseríos, la gente alistaba la ropa, la comida, los regalos, la música y el ron para la Navidad de 1993. Nosotros seguíamos errantes.

Duramos unos días perdidos en el parque natural Cueva de los Guácharos. Para no morirnos de hambre cazamos un mono. Siguiendo el curso de una quebrada conseguimos salir al talón de la Bota Caucana, donde se forma la triple frontera de Cauca, Caquetá y Putumayo. Comenzaba la Amazonía. En adelante íbamos a toparnos con grandes extensiones de tierra plana cultivadas de coca. Podría decirse con toda seguridad que la economía del Caquetá y Putumayo dependía principalmente de la extracción del clorhidrato de coca. El 1º de enero de 1994 nos despertamos en un campamento del Bloque Sur de las FARC cerca a la Unión Peneya con la noticia de que en Chiapas, un movimiento indigenista y libertario se había rebelado contra el TLC firmado por el gobierno mexicano. El año, desde nuestra visión del mundo, comenzaba bien.

Luego de atravesar los ríos Caquetá, Orteguaza y Guayas arribamos a la región de El Pato. Habíamos caminado un poco más de tres meses para llegar hasta el lugar que el escritor Arturo Alape había mitificado a través de su opúsculo Las muertes de Tirofijo. Allí pasé días, meses. Mera vida campamentaria. Rutina, lluvia, trabajo, reuniones internas, más lluvia, lodo. Leía hasta la medianoche alumbrado con una vela, pensaba, tomaba notas. Cayeron en mis manos decenas de libros, entre ellos La Historia del Petróleo de Daniel Yergin (Premio Pulitzer 1992) un tratado de geopolítica de 1228 páginas que me hizo entender el mundo sin estrecheces ideológicas. Parecía, Bolañito, que no iba a volver a ver una mata de coca en mi vida. ¡Pero que va! El destino me llevó justo donde la coca era ama y señora: el Medio y Bajo Caguán.

Aquello, Bolañito, parecía una de esas películas que recrearon la fiebre del oro en California, un pasaje extraído de una novela de Steinbeck o un relato de Jack London. Nunca en mi vida había visto un submundo tan frenético y emprendedor como el que presencié en el Caguán. La pereza no tenía cabida en esa región y menos en una empresa condenamente capitalista cuyo producto final iba directo a las narices de millones de gringos. Habían colonos que llegaron a esa selva en los años en que los liberales y los conservadores se mataban en el centro del país; aventureros que eran llamados sólo por apodos; campesinas pobres que puteaban por temporadas; fugitivos de quién sabe qué deudas o entuertos y un largo etectera de personajes que podrían inspirar a cualquier escritor de novelitas lumpen.

Pero la base social, Viejo Topo, de ese maldito negocio estaba integrada por miles de colombianos y colombianas provenientes de todos los bolsones de miseria del país que se reciclaban como cocaleros y raspachines en la selva amazónica. Esa fue la razón, Bolañito, que llevó a la guerrilla del Sur a ponerse de parte de los campesinos cocaleros. Cuando el gobierno anunció una operación a gran escala para erradicar los cultivos por la fuerza. Fue entonces, Viejo Topo, cuando recorrí cada uno de los caseríos y veredas de los ríos Suncilla y Caguán, tramando luchas. Ni en el bachillerato, ni en la universidad, ni en la Juventud Comunista, aprendí tanto sobre la geografía humana, la cuestión campesina  y la lucha social, como lo aprendido durante esa campaña en el Sur.

Los únicos que estaban haciendo algo para sustituir la coca en el Caguán eran unos curitas italianos, que tenían los cojones y la mística de los cristianos que predicaban en la clandestinidad durante la era pagana del imperio romano. Jacinto y Rino, eran o son sus nombres. Impulsaron la siembra de cacao y caucho, crearon empresa, pero el gobierno de Bogotá no les brindó ayuda para que la cosa prosperara, en cambio enviaron al ejército para ocupar la región y las avionetas para que echaran glifosato. Así comenzó la operación “Conquista II”. Allí fue cuando me pegaron los tiros y me apresaron. Sabes una cosa, Bolaño. ¿Qué? Algunos líderes de las energéticas marchas de los cocaleros y el padrecito italiano me fueron a visitar a la cárcel en ese año de 1996 para ver cómo estaba. Esos “detallitos”, Viejo Topo, a veces se les olvidan a los “amigos” y “camaradas”. .

El destino, Bolaño, de nuevo el destino. Rodé por seis prisiones del país. Todas de alta seguridad. ¿Sabes a quién me encontré? ¿Con quién? Con la mayoría de los grandes capos del narcotráfico, con los sicarios de los “años de plomo”, con los políticos condenados por vínculos con los narcos, con los testaferros, en fin, con toda esa patota. Con las historias de todos ellos se podrían escribir montones de novelitas lumpen, en vez de las mentiritas de Netflix. Si me animo, Bolañito, escribo una tercera parte de esta novelita lumpen. Hasta pronto.

La parte 1 está en http://www.semana.com/opinion/articulo/una-novelita-lumpen-parte-1/544280

y la parte 2 en http://www.semana.com/opinion/articulo/una-novelita-lumpen-de-yezid-arteta/545110