«Convertir el plomo en oro» de Manuel del Pozo, en «Expansión»

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«No utilizaban probetas ni sabían nada de aleaciones químicas, pero eran capaces de convertir en oro cualquier producto que se les pusiera por delante. Tenían -y tienen- un poder enorme para hacer temblar los cimientos de empresas y países. Estos alquimistas de Wall Street contribuyeron significativamente a inflar la burbuja financiera que ha provocado una crisis brutal.

Hasta ahora eran intocables y habían salido indemnes de todas las denuncias que muchos inversores presentaron en su contra por su vergonzosa actuación durante la crisis. Los tribunales han considerado siempre que los análisis de las agencias de ráting Moody’s, Standard & Poor’s (S&P) y Fitch estaban protegidos por la Primera Enmienda, que garantiza la libertad de expresión. Más que libertad, habría que calificar de libertinaje el hecho de que estas agencias otorgasen una de sus mejores notas a Enron, a AIG y a Lehman Brothers, o que Standard & Poor’s concediese la máxima calificación crediticia a Madoff. Fue tal el desmadre durante la burbuja financiera que Moody’s pasó de tomarse 2 meses para valorar un producto a poner 30 Triples A (la máxima calificación) cada día.

Pero parece que, por fin, se va a castigar el descaro y la falta de ética con la que han operado estas agencias. Los miles de correos electrónicos analizados por la Justicia norteamericana en su investigación contra S&P -denominada operación Alquimia- reflejan la prepotencia de unos señores que siempre se han creído por encima del bien y del mal. Ayudaban a diseñar complejos productos financieros para la banca que luego ellos mismos tenían que calificar.

“Este producto es una mierda, pero le voy a dar una Triple A”; “ponemos nota a cualquier activo… aunque estuviera estructurado por vacas, lo calificaríamos”; “espero que ya seamos ricos y estemos retirados cuando se caiga este castillo de naipes”. Este tipo de emails se enviaban entre analistas de S&P, e incluso uno -denominado en la investigación analista D- llegó a grabar un vídeo cantando la mítica canción de Talking Heads, Burning Down The House, para reflejar el derrumbe de las subprime y, de paso, hacer reír a sus compañeros.

Eric Holder, fiscal general de EEUU, acusa a S&P de “inflar deliberadamente la calificación de activos financieros de alto riesgo y de defraudar a los inversores emitiendo informes positivos a las empresas que contrataban sus servicios”. Holder dijo que el deseo de S&P de asegurarse ingresos, beneficios y cuota de mercado “le llevó a decirle al mundo, a través de sus rátings, que unos activos eran de oro cuando sabía que en realidad eran de plomo”.

“Ser favorable a las empresas es una parte esencial de nuestro modelo de negocio”, se dice en una presentación en Power Point de S&P para sus empleados. Esta agencia incentiva las evaluaciones favorables a los clientes y obliga a sus analistas a escribir un angustioso informe, denominado “trato perdido”, cada vez que uno de sus clientes busca los servicios de una agencia competidora tras no haber quedado satisfecho con su calificación.

Los conflictos de interés dentro de estas compañías son tan evidentes que, por ejemplo, Warren Buffett es el principal accionista de Moody’s, agencia donde también participa Blackrock, la mayor gestora mundial de fondos de inversión. ¿Cómo es posible que Moody’s califique a Berkshire -la compañía de Buffett- y a Blackrock?

La demanda presentada por EEUU contra S&P por un supuesto fraude de 3.700 millones supone un punto de inflexión en la lucha que muchos gobiernos -especialmente los europeos- mantienen desde hace años para frenar los manejos torticeros de las agencias de ráting, porque abre la vía a multitud de nuevas demandas por parte de millones de inversores que en su día se fiaron de los análisis -se suponía que independientes- que realizaban Moody’s, S&P y Fitch. El primer golpe judicial contra estas agencias se produjo en noviembre de 2012, cuando la Corte Federal de Australia condenó a S&P a pagar a 12 ayuntamientos por recomendar un producto financiero que les provocó pérdidas millonarias. Los consistorios invirtieron 13 millones de euros en los llamados Fondos Rembrandt, unos productos estructurados que incluían derivados y CDS, y que estaban calificados como Triple A. El dinero invertido, por supuesto, se evaporó.

Los directivos de las agencias de ráting se justifican en que ellos no hacen recomendaciones, sino simples “opiniones independientes”, pero lo que se ha demostrado es que no eran tan independientes.

Los inversores ya están castigando a las agencias de ráting, y desde el lunes las acciones de McGraw-Hill, propietaria de S&P, y de Moody’s han caído un 23% y un 15%, respectivamente. No está nada mal que prueben su propia medicina».

http://www.caffereggio.es/2013/02/07/convertir-el-plomo-en-oro-de-manuel-del-pozo-en-expansion/