Cuentame: “Mi final de la guerra” (Recuerdos de la Guerra Civil) de Juan Antonio Gaya Nuño. fronterad

 

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“El 27 de marzo no hubo gasolina en el sector y los transportes quedaron paralizados. Jamás se había dado tan alarmante anomalía, y todos comprendimos que las horas del Ejército Popular estaban contadas. La envilecida prensa de Besteiro, Casado, Wenceslao Carrillo y demás traidores nos lo estaba diciendo desde que había sustituido la tradicional expresión de “el traidor Franco” por la mucho más respetuosa de “el general Franco”. Se multiplicaban las deserciones hacia la retaguardia, mientras que aparecían sospechosos cantores de la paz, presentada como iluminada de concordia, amor y olvido de todo lo pasado. Escuché conversaciones de jefes y oficiales de mi brigada que hablaban del estado de sus uniformes para participar en el gran desfile de la paz. Asombrosa e increíblemente, estos jefes y oficiales de las antiguas milicias socialistas y anarquistas estaban persuadidos de que Franco les reconocería sus grados, en recompensa por haber destruido a los comunistas. Hasta aquí llegaba el espíritu de traición y de entrega.

El 28 de marzo, por la mañana, se supo que la guerra había terminado. ¿Cómo? ¿Mediante un pacto, con un nuevo convenio de Vergara? Un cabo, sospechoso de siempre como fascista, aseguró que sí, que se trataba de un convenio perfectamente aceptable y equitativo. Otros soldados me aseguraron que en las trincheras fascistas había banderas blancas, pero lo único que vi fue un trapo de ese color, quizá ropa lavada y puesta a secar. Transcurrió toda la mañana nerviosamente, sin comunicación con la jefatura de la brigada. Liberino González y Rafael Calzada –jefes respectivos de la división y de la brigada– habían huido ya con rumbo a Valencia o Alicante.

A falta de ellos, un coche de menor jerarquía, ocupado por un comandante de Estado Mayor, se acercó a mis dominios y me dio la última y risible orden. Que trasladara mi compañía de ingenieros a Brihuega, donde tendría lugar el acto solemnísimo de abrazos y paces. Naturalmente, por nuestros propios medios, es decir, andando. Formé la compañía, di la orden de marcha, y nos pusimos en camino. El día era hermosísimo. Llevábamos con nosotros el carro de mulas que servía al furriel y al cocinero para el suministro.

Iba yo vigilando el buen orden de la marcha, adelantándome o rezagándome, con mis tenientes, para que todo marchase como debía. Los más de los soldados mostraban su pena por el que comprendían injusto final de una lucha gloriosa. Un cabo había abandonado la formación y se comportaba como un tonto o un payaso. Le llame la atención, y el cabo se insubordinó:..”

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