«De lucha y de gobierno» y «Cuadrar el círculo» de Albert Recio. mientras tanto

De lucha y de gobierno

I

La llegada de Unidas Podemos al Gobierno de la nación vuelve a plantear un viejo dilema de todas las formaciones políticas con aspiraciones de transformación social, de aquellas que representan —o tratan de representar— a la gente común, la que no tiene poder, de las que plantean propuestas programáticas tradicionalmente excluidas de las agendas políticas dominantes. Hay tres respuestas posibles a esta cuestión: la que podríamos llamar “revolucionaria”, basada en tomar las instituciones meramente para utilizarlas como espacios de propaganda, para desestabilizarlas y generar una dinámica de transformación radical; la “seguidista”, orientada a convertir al partido en un mero altavoz propagandista de lo que se hace en el Gobierno, y una tercera vía, que ha sido predominante, por ejemplo, en los viejos partidos comunistas occidentales: concebirse como organizaciones binarias, con una pata en lo institucional y otra en los movimientos sociales, en un intento de dividir la actividad política entre un fomento de las reformas en las instituciones y una presión en la calle para que aquellas sean de mayor calado.

Las dos primeras opciones parecen vías muertas (al menos en las sociedades capitalistas desarrolladas, donde hasta hoy nunca se ha dado un proceso de revolución radical). La Revolución rusa tuvo lugar en un país semidesarrollado y desangrado por una sucesión de guerras cruentas y una administración totalmente ineficaz, y el resto se han producido en países subdesarrollados. La combinación de un aparato político e institucional poderoso con la complejidad de las propias sociedades desarrolladas hace difícil prever que las cosas vayan a cambiar en el futuro, lo cual no supone que debamos renunciar a cambios profundos; solo sugiero que la de la transformación continua suele ser una vía muerta en las sociedades capitalistas consolidadas. (Algunos pensaron que la movida independentista catalana era esa posibilidad y posiblemente aún son incapaces de entender de qué iba el procés, mientras que otros, como la CUP, han optado por vivir permanentemente en la ficción, lo que les ha llevado incluso a votar igual que Vox.) Y, por su parte, la opción “seguidista” solo conduce al desastre, la desmovilización y el descrédito.

Es por esto que vale la pena explorar la tercera opción. La formulación es atractiva, pero en la práctica resulta difícil de implementar, al menos en los términos en los que se ha tratado de hacer (a partir de una organización centralizada que debería ser capaz, a la vez, de llevar a cabo una intervención institucional eficiente y de organizar a la gente que va a intervenir en las organizaciones y movimientos de base). Hay muchas razones para que esto no funcione. Señalo las que me parecen más importantes. La primera tiene que ver con el propio diseño organizativo, pues el doble objetivo exige contar con maquinarias potentes en ambos espacios, algo particularmente complicado de conseguir y que se contradice con las dinámicas que cada espacio requiere. Uno de los éxitos organizativos de la empresa privada es que está diseñada con un solo objetivo, ganar dinero, y adopta una estructura adecuada para este fin. Por esto es tan inadecuada, en cambio, para promover otros objetivos, como el bienestar de sus empleados y el de la comunidad, la conservación del medio ambiente, etc. En segundo lugar, este planteamiento ignora que a menudo hay puntos de fricción importantes entre la acción institucional y los movimientos sociales. Estos últimos tienden a focalizarse en objetivos concretos, mientras que la acción institucional transcurre siempre como un complejo juego de pactos, movimientos contradictorios, estrategias complejas. Es bastante corriente que surjan tensiones entre las diferentes alas y, en una organización centralizada, que el conflicto trate de resolverse imponiendo las lógicas de una acción a las de otra. Suele ser la cara institucional la que se impone a la movimentista, lo que suele generar desafección y desmovilización. Y en tercer lugar, y no menos importante, no se puede descartar que en toda organización que se precie lo colectivo se combine con las aspiraciones personales de cada cual. Vivimos en un mundo donde la presión del triunfo y el reconocimiento es muy fuerte, y en el plano político ello suele traducirse en quién ocupa cargos y puestos en las listas. Dedicarse a los movimientos suele consistir en ocupar el lado marginal, y en la sociedad actual este problema está exacerbado por el hecho de que un gran número de activistas son personas con estudios, con aspiraciones a desarrollar una carrera profesional. La peor forma de enfrentarse a estos problemas es ignorándolos.

Muchos de ellos son detectables en la historia de la izquierda tradicional, a menudo alimentados o camuflados por debates políticos bastante doctrinarios que no han hecho sino añadir un punto de acidez a la cuestión. No parece que la nueva izquierda de Unidas Podemos y Els Comuns esté vacunada contra estos males, sobre todo teniendo en cuenta su deficiente modelo organizativo y su elevada dependencia de líderes y lideresas carismáticos. Bastantes crisis ha padecido ya Podemos como para pensar que ahora no puedan reproducirse a otra escala y con otras trayectorias.

II

Contar con una base social que apoye, impulse y haga avanzar buenas políticas sociales es imprescindible para cualquier fuerza reformista. Los líderes actuales de Unidas Podemos no paran de repetirlo, y en esto tienen toda la razón. Pero una cosa es reconocer la importancia de la movilización social y otra, desarrollar una política adecuada en esta dirección.

Pensar que las propuestas de izquierdas avanzarán fruto de la mera movilización es bastante ingenuo. Fundamentalmente por una razón simple: es imposible aquilatar los plazos y los ritmos de los movimientos a los de la acción institucional. Nos guste o no, los movimientos sociales de la época neoliberal se desarrollan más como estallidos breves que como procesos de movilización constantes en el tiempo. Es algo que explicó bien Albert Hirschman en su imprescindible Salida, voz y lealtad, y que tiene que ver con la ruptura de la vida cotidiana que suponen las movilizaciones. En todos los movimientos en los que he participado se cumple una dinámica parecida: un pequeño grupo de militantes, convencidos de lo que hacen, que trabajan incesantemente en torno a un tema, y, en el mejor de los casos, unos momentos de gloria en que el tema se vuelve viral y se produce una respuesta social que a veces sorprende y supera al núcleo promotor. En la mayoría de los casos, pasado un tiempo más o menos largo, la movilización decae y el núcleo se vuelva a enfrentar a sus limitadas fuerzas. El que un tema se convierta en una gran movilización depende no solo de la calidad del trabajo realizado sino de otros muchos factores, como el tratamiento mediático, la existencia de un componente emocional, la reacción ante un hecho impactante, etc. En cambio, los tiempos de las instituciones suelen ser lentos y complejos, y explican por qué en muchos casos las élites consiguen imponer su voluntad o cuando menos pagar un peaje menor. Planear la acción institucional solo en función de la movilización exterior resulta erróneo porque en muchos casos esta última será insuficiente.

Para impulsar cambios importantes hay que trabajar de otra forma y a más largo plazo. En esto la derecha nos lleva miles de metros de ventaja, pues controla muchas de las entidades y actividades que organizan la vida cotidiana de la gente y a partir de las cuales construye su hegemonía. Son los movimientos más relacionados con esta cotidianeidad organizada los que consiguen desarrollar movilizaciones más persistentes (ahí radica la fuerza del independentismo catalán y vasco), pero esto no es posible construirlo como un proceso instrumental sino que fluye como resultado de un enjambre de prácticas sociales dispersas y conectadas entre sí. Se da, además, el hecho de que las entidades y movimientos sociales tienen sus propios proyectos y ritmos, que no siempre coinciden con las posibilidades de acción institucional, que en sí mismos generan desencuentros y críticas que a menudo son vistas como ofensivas por la gente que está interviniendo (a veces con mucho esfuerzo) en la esfera institucional.

Pensar una acción de gobierno y de lucha exige reconocer estos problemas y plantear bien las cosas: la dificultad de sincronizar los tiempos y las acciones de los movimientos con los de la vida institucional; la aparición de disonancias entre las dos esferas que exigen mediaciones, empatía y sentido del humor; la necesidad de generar procesos sociales que vayan más allá de la mera lucha reivindicativa, y la necesidad de generar apoyo material y social a unas entidades y movimientos, sin el cual toda la dinámica resulta imposible.

III

La propuesta de una acción dual es buena pero insuficiente. El modelo de un partido del que partía todo, con una dirección omnipresente, ha demostrado ser un fracaso. Si de verdad se quiere generar una experiencia en que la batalla se dé en lo institucional y en lo social hay que adecuar las formas organizativas. Hay que pensar más en una constelación de organizaciones que en un modelo centralizado. En esto la derecha nos lleva la delantera. Se requiere una buena maquinaria política institucional que forme cuadros y prepare las batallas políticas, pero que tenga a su alrededor centros de reflexión, activistas en movimientos sociales, redes de especialistas con su propia autonomía y dinámica y con los cuales hay que desarrollar buenos mecanismos de interrelación y conexión, todo ello para saber manejar los inevitables conflictos y sacar de cada espacio todo su potencial transformador.

Si Unidas Podemos sabe hacer algo de esto es posible que exista una posibilidad de respuesta social. Si fracasa, si los hiperliderazgos y las inercias adquiridas convierten lo de “lucha y gobierno” en un mero eslogan, corre el riesgo de convertirse en la enésima experiencia fallida de una fuerza de izquierdas. Ahora que ya se está en el Gobierno sería un buen momento para que otra unidad pensara cómo empezar a articular un modelo organizativo serio y viable.

30/1/2020

http://www.mientrastanto.org/boletin-187/notas/de-lucha-y-de-gobierno

 

Cuadrar el círculo

I

Un programa es casi siempre una lista de buenas intenciones. Cualquiera que haya participado alguna vez en un proceso programático lo sabe. Cuanto más grande es la organización, cuanta más diversidad tiene, más probabilidades hay de que se engorde la lista de propuestas para que quepan todas las sensibilidades. Nunca se hace el ejercicio de evaluar la coherencia y la viabilidad financiera de los programas. Esto llevaría tiempo y abriría debates que posiblemente acabarían por poner en riesgo la unidad de acción necesaria para llevar a cabo la movilización que se persigue con el programa (campaña electoral, plan de trabajo, etc.). Si se analizan con lupa, los programas suelen estar llenos de incoherencias y definiciones ambiguas, y lo que ocurre en cada organización vale sin duda para la constitución de un proyecto de Gobierno de coalición, donde se deben conjugar culturas políticas diferentes y donde el tiempo apremia el cierre de un acuerdo.

Para los puristas de cualquier bando esta realidad es intolerable. El programa debería ser un acuerdo rígido, un compromiso inalterable y bien articulado que redujera la acción de gobierno a la aplicación estricta de lo que se ha acordado. Pero un mínimo de realismo muestra que un programa es casi siempre una elaboración en el vacío, ideológica, voluntarista. Y la realidad en la que se actúa —sea un partido en el Gobierno o cualquier organización que impulsa un movimiento— impone restricciones, obliga a adecuar propuestas, hace inevitables los rodeos. Más que a la aplicación estricta de un programa, a lo que debe aspirarse es a evitar las iniciativas que violen principios esenciales de una formación política, a explicar y analizar las razones que conducen a introducir cambios respecto del programa inicial, y a revisar el propio programa en función de las dificultades de su aplicación. Más que un contrato cerrado, un programa debe ser un proyecto sometido a una revisión y reflexión continuas, un mapa orientador, sobre todo cuando se trata de un programa que pretende intervenir en una realidad compleja y difícil de aprehender con sencillez. Entre las líneas rojas que no hay que cruzar y la acción práctica hay muchos niveles. La fidelidad a líneas éticas y principios esenciales es fundamental, y la adaptación del proyecto a la realidad, inevitable. Una buena organización es la que sabe mantener lo primero y reflexionar colectivamente sobre el resto.

II

El que el programa no sea un plan de acción rígido no impide que no pueda ser objeto de análisis, que se le exija un mínimo de coherencia y que permita detectar su grado de viabilidad y sus aspiraciones.

Cuando se aplica este ejercicio al programa de Gobierno firmado por el Partido Socialista Obrero Español y la coalición Unidas Podemos, se advierten dos cuestiones básicas: un voluntarismo reformista, especialmente orientado a desmontar todo el cúmulo de políticas reaccionarias que introdujo el Partido Popular, y una dificultad enorme para cuadrar las diferentes líneas de acción; una incoherencia que es apreciable no solo en este en concreto, sino que viene siendo habitual en la mayoría de los programas de las dos formaciones ahora coaligadas.

Fundamentalmente se trata de un programa macroeconómico expansivo que intenta revertir los recortes económicos y ampliar las políticas de bienestar, y que al mismo tiempo incorpora de forma destacada la cuestión de la transición energética. Podríamos decir que hay un cierto hálito poskeynesiano en el modelo, por cuanto por un lado promueve un crecimiento económico orientado a ampliar las prestaciones públicas y la transformación energética y, por otro, trata de financiarse mediante un aumento de los impuestos, una mayor justicia fiscal y el cambio tecnológico. Es sin duda un enfoque que se aparta del marco mental de las políticas de austeridad, pero que tiene muchos puntos que hacen difícil su cumplimiento. Cuando un periodista me pidió que comentara qué pienso del plan, mi respuesta fue que me parece bienintencionado pero que más o menos pretende “la cuadratura del círculo”.

El programa incluye varias cuestiones que justifican esta afirmación y que obedecen a las distintas miradas con que puede evaluarse la política económica. La primera es la convencional, la que tiene que ver con los equilibrios macroeconómicos, ya que se plantean al mismo tiempo una política expansiva y el mantenimiento del equilibrio presupuestario. La única posibilidad de conseguirlo es que el aumento de los impuestos permita cubrir el de los gastos, y hay dos vías para que ello pueda ocurrir: o que la actividad económica crezca con tal ímpetu que ello provoque un alza sustancial de los ingresos públicos (la vía del crecimiento), o que la introducción de nuevos impuestos —o de cambios en los actuales— proporcione un incremento del porcentaje del PIB controlado por el sector público (la vía de la mayor carga fiscal). La mejor opción es seguramente que se produzca una combinación de ambas alternativas. Puede darse, pero hay muchas dificultades para que suceda: las perspectivas de crecimiento son limitadas y están llenas de incertidumbres, los agujeros fiscales por donde escapan los impuestos son numerosos o cambiantes (como se ha apresurado a recordarlo la presidenta de Bankinter al ofrecer los servicios del banco para trasladar patrimonios a Luxemburgo, algo, por lo demás, que los gestores de patrimonio llevan tiempo haciendo), y la aprobación de nuevos impuestos puede demorarse, sujeta a los vaivenes del complicado equilibrio parlamentario. Si al final el crecimiento de los ingresos públicos es insuficiente, la única forma de aumentar el gasto es el déficit.

Para un poskeynesiano esto puede no ser un grave problema, en especial ahora que los tipos de interés son tan bajos y que la financiación de la deuda es barata (de esto saben mucho las grandes empresas; algunas no dudan en endeudarse incluso para repartir dividendos, como acaba de hacer la de aparcamientos Empark para beneficiar a su propietario, el fondo australiano Macquarie). Sin embargo, no puede perderse de vista que el Estado español ya tiene un endeudamiento cercano al 100% del PIB (en buena medida fruto de haber asumido parte de la deuda de los bancos en crisis y del impacto macroeconómico de las políticas de ajuste). En la situación actual es una deuda sostenible, pero hay que contar no solo con su coste financiero sino también con el control externo a que está sujeto el presupuesto español por parte de la Unión Europea y los grandes grupos financieros internacionales. El problema es en este caso básicamente “político”: en qué medida estos poderes externos tolerarían un aumento del déficit o en qué medida ello puede constituir una coartada para imponer a España un cambio de rumbo económico.

La segunda cuestión es la de la coherencia del crecimiento económico y el necesario ajuste ambiental. Este es un tema que el conocimiento económico convencional ha solido marginar y que aún no ha sido comprendido de manera adecuada. El programa se inscribe tímidamente en la idea del “New Green Deal”, consistente en centrar la expansión en inversiones en nuevas tecnologías energéticas, nuevos productos no contaminantes (el coche eléctrico) y una genérica referencia a la economía circular. Ni una sola reflexión sobre la posible contradicción entre crecimiento y ajuste ecológico. Se mantiene la vieja ciega confianza en el cambio tecnológico y se adopta una acrítica apuesta por la digitalización de la economía. De estas tecnologías se ignoran tanto las limitaciones (recursos) como los impactos fisiológicos (por ejemplo, la contaminación electromagnética) y sociales (visibles en la economía pseudocolaborativa). Es evidente que las preocupaciones ecológicas están ganando terreno a la luz de los informes científicos y de las catástrofes ambientales, que tienen lugar cada vez con mayor frecuencia. Pero siguen desempeñando un papel menor a la hora de pensar las políticas.

A nadie le extraña que un giro ecológico de nuestra organización económica requiera transformaciones fundamentales en muchos campos: inversiones, estructura del empleo, urbanismo, etc., algo que posiblemente supera las capacidades intelectuales y políticas del Gobierno actual. Por ello todo apunta a que la segunda gran contradicción se encuentra en el engarce de la política ambiental y la voluntad de crecimiento económico. Sería precisa una carambola impensable, mayor aún que la del ajuste macroeconómico, para que al final tuviéramos algún tipo de expansión en el empleo y el gasto público y, al mismo tiempo, entráramos en una senda de ajuste ambiental serio.

III

Detectar las incoherencias y problemas no implica despreciar la propuesta. La respuesta de la gente de izquierda ha sido la habitual. Unos la rechazan por completo —porque no rompe con el marco neoliberal— o se entretienen en detectar sus defectos parciales, mientras que otros están promoviendo un manifiesto de apoyo al programa.

La posición más radical es la más fácil de mantener, aunque quienes la defienden nunca han presentado un programa coherente de transformación social y tiendan a olvidar tanto la correlación de fuerzas como los condicionantes estructurales del cambio. Es una posición intelectualmente cómoda pero socialmente inútil. Si uno mantiene una posición radical cuando menos debería tratar de desarrollar propuestas sólidas de cambio social. Renunciar a hacerlo es mero postureo. La posición propia de un club de fans es también poco sólida, pues, en cuanto el programa encalla o es víctima de sus contradicciones, uno se queda sin respuestas.

Al fin y al cabo, este programa es un resultado no solo de la correlación de fuerzas en el Congreso, sino también de las ideas dominantes entre gran parte de los agentes sociales y las élites de izquierda del país. Y muchas de las propuestas que plantea conducen a un cambio social innegable. Por ello considero que una posición crítica debe orientarse en una doble dirección: apoyar la materialización de todas las propuestas positivas que contiene el programa y centrarse en elaborar propuestas más coherentes y serias que permitan superar los escollos. Una actividad esta última que no es solo de elaboración teórica, sino también una labor política de reflexión social y de propagación de alternativas.

Casi nunca los avances sociales se han producido por el despliegue de programas detallados de una enorme coherencia. Hay siempre muchas incertidumbres y bastantes desconocimientos en la aventura de transformar el mundo. Lo mejor de este programa es que inaugura un nuevo ciclo. Por esto hay que trabajar en que la dinámica no decaiga y en buscar salidas que permitan superar las incoherencias y los cuellos de botella que inevitablemente se van a presentar.

30/1/2020

http://www.mientrastanto.org/boletin-187/notas/cuadrar-el-circulo