De y con Julio Anguita. Textos de Eulalia Vintró, Agustin Moreno, Gumersindo Ruiz, Carlos Fernandez Liria y Benjamin Forcano.

Julio Anguita, despedida. Eulalia Vintró. Revista Treball. 19 de mayo 2020

La noticia de la muerte de Julio Anguita, el 16 de mayo, ha generado en las personas que lo conocimos y tratar a lo largo de años recuerdos de todo tipo y sentimientos a menudo confrontados. En efecto, Julio era una persona que no dejaba indiferente a nadie y sus ideas y propuestas políticas merecían adhesiones fieles y entusiastas, pero también rechazo y críticas argumentadas.

No es posible resumir en un artículo una trayectoria vital y política tan intensa como la suya. Casi cincuenta años de militancia comunista y más de veinte con cargos políticos e institucionales relevantes ejercidos con convicción, pasión, coherencia y honradez dan para mucho. Desde la alcaldía de Córdoba (1979-1986) y hasta diputado en Madrid (1989-2000), como cargos electos iniciales y finales, pasando por la contribución a crear Convocatoria por Andalucía, en 1986, que desembocaría en Izquierda Unida y de la que sería coordinador general (1989-2000) y por la secretaría general del PCE (1988-1998), cada función implica y exige un elevado grado de compromiso y dedicación.

Como alcalde de Córdoba, fue el único alcalde comunista de capital provincial, mediante un acuerdo con las otras formaciones políticas, ya que su candidatura fue la más votada y obtuvo la siguiente convocatoria la mayoría absoluta. Dimitió para presentarse a la presidencia de la Junta de Andalucía, en 1986, donde obtuvo el 18% de los votos y 19 diputados. También vale la pena recordar que IU, encabezada por él, superó los dos millones de votos en las elecciones generales de los años 1993 y 1996, con veintidós un diputados esta última vez, y recuperando el grupo parlamentario propio y dejando atrás la mínima representación comunista en el Congreso desde hacía once años.

Anguita hizo frente al proceso de decadencia del PCE con su apuesta firme para recuperar el espacio de la izquierda mediante un amplio mecanismo de participación y suma de todas las fuerzas que se movían a la izquierda de los socialistas y de personas independientes que no encontraban en los partidos existentes su propio referente. Asimismo, esta apuesta abierta e integradora defendía sus ideales anticapitalistas, de justicia social, anticorrupción, federalistas e igualitarios. Las dos palabras que mejor lo sintetizan serían participación y programa. De hecho, la reiteración, hasta tres veces, de esta última palabra se convirtió durante unos años el sinónimo del líder de IU.

Ahora bien, si gracias a su impulso, ideas y acción la izquierda española y catalana -no olvidemos que el PSUC de Rafael Ribó estudió y adaptó Convocatoria por Andalucía a la hora de crear Iniciativa por Cataluña- pudieron prosperar y recuperar espacio en el panorama político de todo el Estado, también es cierto que algunas de sus propuestas, a veces obsesivas, crearon dificultades e incomprensión no ya en la ciudadanía sino, y sobre todo, en la propia militancia. Me refiero a la teoría de «las dos orillas», donde una estaba representada por el PP y el PSOE y la otra por IU, teoría que generó la referencia a la «pinza» con el que el PSOE creía que IU y PP lo querían sacar del Gobierno del Estado. Para Anguita, la superación de esta dicotomía sólo sería posible si IU conseguía el sorpasso, sobre el PSOE, como querían los comunistas italianos respecto a la Democracia Cristiana. Este sorpasso, es evidente, no tuvo lugar y, lamentablemente, algunos de los críticos en el interior de IU, como los miembros de Nueva Izquierda (Nicolás Sartorius, Cristina Almeida, Diego López Garrido y otros) fueron expulsados de IU. Eran personas que, además, discrepaban de la posición de Anguita contraria a los acuerdos europeos de Maastricht.

Más allá, sin embargo, de estos apuntes históricos e ideológicos, me complace destacar el perfil humano de Julio Anguita: su vertiente humanista, su dominio de la retórica y de la pedagogía, su capacidad comunicativa y la fascinación que producía en las personas que iban a escucharlo. Gran amigo de sus amigos era, también, un fantástico guía de la ciudad de Córdoba. Nunca olvidaré las horas de paseo nocturno por el casco antiguo de la ciudad, uno de los más grandes de Europa, después de una cena, donde acordamos no parar hasta que alguien de los dos lo pidiera. Al cabo de cuatro horas de recorrido, que nunca olvidaré, nos miramos y sin decir nada, porque ninguno de los dos quería ceder, volvimos a casa.

Julio, siempre recordaré aquel paseo y nuestra amistad.

Julio Anguita y sus combates por la Historia. Agustin Moreno, Cuarto Poder. 16 de mayo 2020

Anguita

Ha muerto Julio Anguita. Consternado por la noticia escribo estas notas. Julio Anguita lo ha sido todo. Alcalde de Córdoba, Secretario General del PCE, Coordinador de Izquierda Unida, diputado en Cortes… Y, no se nos olvide, sobre todo maestro, profesión a la que regresó después de dejar la política voluntariamente. Esa fue otra lección de modos que nos dio, así como la de renunciar a la pensión máxima del Congreso y cobrar sólo la de profesor. Le tenemos que agradecer muchas cosas, una de las primeras, aquella frase que nos hizo entender que estábamos en democracia: “Usted no es mi obispo, pero yo sí soy su alcalde”. Julio, te has ido, pero nos dejas tu ejemplo de dignidad y compromiso.

Julio era una máquina de pensar, analizar y proponer estrategias, alternativas, programas concretos, sin ninguna concesión a la galería. Le gustaba escribir y, sobre todo, tenía cosas que decir. Por eso, sus libros eran una especie de prontuario para los militantes de izquierdas. En ellos, abundaba con naturalidad en los principios esenciales, reivindicaba la lucidez, el conocimiento, la responsabilidad de formarse, de saber tanto como los poderosos para poder transformar el mundo en el que vivimos. Planteaba, siempre, la necesidad de la reflexión y del debate sereno y libre, el análisis de la realidad, y  la apuesta por los hechos (praxis marxista) más que por las palabras. Nos enseñaba cómo vacunarnos de los halagos y sus peligros, cómo atravesar el desierto sin sufrir el desaliento.

Cada carta que escribía era una batalla política, estuvieran dirigidas al obispo de Córdoba, a Felipe González o a José María Aznar. Cada discurso era un programa, sus intervenciones parlamentarias eran brillantes y contundentes. Conocía el valor de la propuesta, y que un pensamiento, cuando la gente lo hace suyo, se convierte en una fuerza irresistible de cambio. De ahí que insistiera tanto en el “programa-programa”. Tenía una visión positiva de la política porque, como él mismo venía a decir, ni la historia se acaba ni el mundo se para, ni los disparates permanecen mucho tiempo sin que nadie los cuestione y se enfrente a ellos.

Le gustaba mucho la Historia y lo mismo citaba a Teodorico, que a la Córdoba califal, a Galileo, a la Santa Alianza del Congreso de Viena, la crisis de 98 y, por supuesto, la Segunda República. Y tenía otra visión de la Historia, entendida como la historia de la gente común, de cuanta más gente mejor que decía Gramsci, de aquellos (la clase trabajadora) que hacen que funcione el mundo porque crean todo lo bello y útil como decía Marcelino Camacho, de los que sufren y son explotados, e intentan cambiar y se organizan para ello. No creía en la historia hecha por los prohombres, sino la que recoge el ruido de las lágrimas, los sudores y anhelos del pueblo. De ahí, que parafraseando a Lucien Febvre y sus Combates por la Historia, llamó a uno de sus libros (que tuve el honor de presentar en el Ateneo de Madrid): Combates de este tiempo (NOTA 1)

Julio era una especie de Casandra, por su gran capacidad de anticiparse a proyecciones del futuro político. Cuántas veces le hemos tenido que dar la razón sobre el modelo de Unión Europea diseñado en Maastricht, sobre los riesgos de fiarse de la socialdemocracia devenida en social liberalismo o la necesidad de la jornada de 35 horas para repartir el trabajo. Sorprendía el acierto y la vigencia de sus reflexiones y pensamientos. Un ejemplo, su famoso artículo “Son los nuestros”, cuando se posicionó ante el movimiento del 15-M. O la última entrevista que leí de él sobre la actualidad (NOTA 2). Cómo le vamos a echar de menos en estos tiempos.

En Julio Anguita todo estaba muy relacionado y es difícil distinguir entre el hombre, sus ideas y el mito.

1. La persona.  Muchos recordarán a Julio como ese político de mirada decidida y esa voz  rotunda que defendía sus ideas con argumentos sólidos. Ese era sólo el hombre político. Por dentro era una persona que amaba la vida con pasión. Es decir, que amaba la amistad, la familia, las comidas de charla larga, el sentido del humor, el arte, el baile y la literatura.  Aunque su compromiso lo marcaba todo y, para él, es lo que daba sentido a una vida que no se resigna ante el desorden y la injusticia del capitalismo. Ha sido una persona de una pieza, es decir, sólida, sin dobleces, con un discurso transformador, con mucha claridad sobre dónde está uno, cuáles son sus objetivos, cuáles su amigos y compañeros y quiénes los adversarios. Y un hombre de principios, porque  sabía que es lo que nos queda cuando todo se derrumba. Siempre intentó hacer bueno aquello de predicar y dar trigo, por pura repugnancia hacia la demagogia. Y defendía la ética porque tenía claro que, como decía Manuel Sacristán, la política sin ética no es más que puro politiqueo.

2. Las ideas. En Julio Anguita aparece con nitidez la apuesta por los trabajadores, por los de abajo, sin equivocarse nunca. Creía en la necesidad de la transformación social. Defendía la alternativa frente a la alternancia, y rechazaba el discurso político como espectáculo. Creía que el intelectual orgánico es el partido y en el trabajo en equipo. Pero desconfiaba de las burocracias, del apalancamiento en los cargos que conduce a que se corrompan los mejores proyectos;  de ahí su valiente planteamiento de renovación radical de los órganos de dirección y la limitación de mandatos, cuando se debatía la refundación de Izquierda Unida. Hacía bandera de la austeridad, y frente a la resignación apostaba por la rebeldía.

3. El mito. Anguita, a su pesar, se convirtió en un icono para la izquierda. Porque llevó a la izquierda real (anterior a Unidas Podemos) a los mayores niveles de presencia y representación política del período democrático, después de haberse hundido en 1982. Era brillante y didáctico en la defensa de sus posiciones, ello hacía que otros rivales políticos, como Felipe González se negara a participar en ningún en cara a cara con él (campaña de 1996). Cuando hablaba de mirar de igual a igual al PSOE y de dejarse de complejos, no era una posibilidad irreal si no se hubiera organizado una de las campañas políticas y mediáticas más sucias contra un representante político: “la pinza”, “el profeta iluminado”, etc. Pero, sobre todo, fue y sigue siendo un referente de honradez personal y honestidad intelectual, en un panorama político donde no abundan estos valores éticos. Con ello, destrozaba la interesada afirmación de que todos los políticos son iguales.

Julio pagó un alto tributo. Su grandeza política y moral era insoportable para el sistema y por ello sufrió sistemáticas operaciones de desprestigio por los poderes establecidos. Ahora, cuando llega la maldita hora de los halagos, algunos tendrían que pedir perdón. Perdió a su hijo Julio en aquella demencial guerra de Irak, sufriendo el dolor más tremendo que puede sufrir un padre: enterrar a un hijo, un periodista valiente que grababa el horror; “Malditas sean las guerras y los que las alientan” –volvió a recordarnos en aquella ocasión. Su generosa entrega a los demás más allá de lo prudente y razonable –en su afán por hacer la revolución-, le pasó factura en a su salud. El rayo que actúa sobre los corazones apasionados, cayó sobre Julio y sin llegar (afortunadamente) a lo de Berlinguer, nos dejó a la izquierda huérfanos de su presencia en la travesía de un azaroso tercer milenio.

Acabo diciendo que para mí ha sido un placer conocerle de cerca, con su sencillez, su presencia, su serena determinación de poner en pie un proyecto para la emancipación de los hombres y las mujeres en este planeta que debemos defender. Siempre tuvimos una relación de cariño mutuo y coincidencia política. Tanto que, aunque no me arrepiento, me costó mucho decirle no a una propuesta que me hizo en 2008 y que no acepté por no renunciar a mis clases en el instituto (NOTA 3).

Ahora, las callejuelas de la judería de Córdoba echarán de menos su sombra paseando a cualquier hora de la noche, solo y reflexivo, o acompañado por algún amigo o camarada que disfrutaba de su fuente inagotable de conocimientos y de su amable humanidad. Devolvía los saludos de gentes de todas las ideologías que le reconocían porque le querían y confiaban en él. Siempre sembrando honestidad y coherencia, siempre regalando magisterio.

NOTAS:

  1. Combates de estos tiempos, Julio Anguita, editorial Paramo 2012
  2. https://www.cuartopoder.es/ideas/2020/04/04/entrevista-julio-anguita-reedicion-pactos-moncloa-mal-pasar-trabajadores/
  3.  https://www.diariocritico.com/noticia/105357/exclusivo/Octubre/2008/

Julio Anguita y la política económica. Gumersindo Ruiz. Diario de Almeria, 19 de mayo.

Conocí a Julio Anguita en 1982, en un ciclo de conferencias que organicé en la Facultad de Económicas y Empresariales de Málaga, donde era decano, y en la que participaban políticos de distintos partidos, presentando sus programas de política económica. Conducía su propio coche y recuerdo que le comenté que llevaba demasiado trajín, y no estaría mal que alguien le acompañara y descansara un poco. Sus problemas con el corazón empezaron en 1993, y en 1999 se retiró de la política activa.

Hace un par de años estuvo en nuestra facultad; había nacido en Fuengirola, y nos decía que siempre se encontraba muy a gusto en Málaga. Me recuerda el profesor José Benítez Rochel que en esta última conferencia se mostró receloso hacia la renta mínima o básica que ahora se debate, porque entendía que nada puede sustituir la dignidad de un empleo. Este tema había tenido ocasión de hablarlo con él, considerando al Estado como empleador de último recurso, con trabajos temporales que faciliten la integración laboral. Julio Anguita puso por delante en todo momento su pensamiento de transformación socioeconómica radical, pero era tremendamente práctico y cuidadoso hacia las consecuencias de medidas y reformas. Quizás esta actitud le hizo ganar la confianza y cariño de los cordobeses, de los que fue alcalde con mayoría absoluta.

Su interés por entender los procesos de funcionamiento de la economía era extraordinario, y más que nuestro limitado conocimiento en el departamento de Política Económica, le interesaba una actitud hacia el análisis económico que cuestionaba leyes económicas establecidas, y daba importancia a cómo se aplicaba una política económica. Por ejemplo, ni la política de endeudamiento actual, ni una fiscalidad compensatoria son en sí económicamente perjudiciales, pero generan reacciones que hay que considerar.

Julio Anguita, pese a las presiones en las entrevistas, no criticó el actual Gobierno de coalición, pues él mismo intentó pactar con Felipe González, para que no dependiera de los nacionalistas. Pensaba que el PSOE había llevado a cabo avances en las libertades y derechos civiles, pero no en lo económico, que equiparaba en lo fundamental con los conservadores. Quizás, su análisis de la realidad tendría que haber ido más allá de la consideración del papel de la banca y de las grandes empresas, hacia las consecuencias de la tecnología en la desaparición de empleos, la precariedad de los que quedan y las diferencias salariales; un conflicto similar ocurre entre las propias empresas y sectores de la economía. Pero este es un tema pendiente para todos, igual que la nefasta obsesión con el crecimiento económico tal como se mide, aislado de la forma de distribución entre zonas, sectores y empresas, y pensar más bien en cómo añadir bienestar a las personas.

Decir de alguien que es un político honesto y honrado no es ningún cumplido, pues debería presuponerse; Julio Anguita era honesto con sus propias ideas, con un compromiso por mejorar las cosas y una forma inteligente de plantearlo. Sí podría decirse, con Maiakovski, que su barca de ilusión política -nunca personal- se estrelló contra la vida cotidiana, pero de los restos de ese naufragio quedó viva, durante dos décadas, su figura y su palabra.

https://www.diariodealmeria.es/opinion/analisis/Julio-Anguita-politica-economica_0_1465953443.html

Anguita, entre Podemos y Marx. Carlos Fernandez Liria. sin permiso. 17 de mayo 2020.

Tras la muerte de Julio Anguita me siento, sobre todo, muy solo. Eso que decía Althusser de que «un comunista nunca esta solo», debería haber ido acompañado de un «mejor solo que mal acompañado», porque siempre ha habido y sigue habiendo comunistas nada recomendables, en primer lugar por sus actos políticos de los que el estalinismo y el maoísmo pueden dar una idea, y en segundo lugar, porque la interpretación escolástica que hicieron de su maestro Marx fue, muy a menudo, nefasta (tal y como he intentado explicar en mis dos últimos libros Marx desde cero y Marx 1857). Pero Anguita no, Anguita ha sido la mejor compañía que hemos tenido desde los años ochenta, los comunistas y, en realidad, este país por entero.

Ante todo, se puede decir que Anguita no sólo interpretó bien el legado de Marx, sino que, de alguna manera, inventó muy pronto la estrategia política que luego a Podemos le ha costado tanto abrazar. En lugar de pedir la luna inventando lo que ya estaba inventado, como tantos y tantos izquierdistas han intentado hacer desde mayo del 68, Anguita se limitó a levantar la Constitución y la Declaración de los derechos humanos y desafiar a los políticos y los poderes económicos a que tuvieran la decencia de hacerlas cumplir.  En lugar de abogar por una nueva sociedad de camaradas y exigir un «hombre nuevo» más allá de la idea de «ciudadanía», Anguita dejó muy claro que si los comunistas somos comunistas no es para ser comunistas, sino para ser ciudadanos. En tanto que comunista, vino siempre a decir, me conformo con que se cumpla la Constitución, con que la Constitución deje de ser un papel mojado. Para ello era preciso armar al aparato constitucional con las debidas instituciones de garantía, dotándola de las condiciones materiales para hacer posible el derecho a la vivienda, el derecho al trabajo, el derecho a la sanidad y la educación. El derecho también a una verdadera libertad de expresión, para lo que sería necesario acabar con el monopolio de la voz pública que tienen un puñado de oligopolios mediáticos. El derecho a la participación política, para lo que, nos dijo, había que acabar con ese «cáncer de la democracia» que es la propaganda electoral. Sobre todo, en fin, el derecho a la existencia, que proclamó Robespierre. La ciudadanía es un mero flatus voci si no viene acompañada de las condiciones materiales que permitan a la personas decidir sin «tener que pedir permiso a otro para existir». Lo que define al ciudadano es la «independencia civil», el no depender de otro, como un hijo depende de un padre, un siervo de un señor, un esclavo de un amo, o como (hasta no hace mucho tiempo) una esposa de un marido (no hace tanto que la esposa era nombrada como la «señora de fulano»).

No era una fórmula tan difícil. Los comunistas no luchamos por un mundo de atletas morales edificados por la ideología proletaria del Partido, sino por un mundo en que de una vez por todas, se haga posible el programa político que la Ilustración propuso a la Humanidad: una república de ciudadanos, una sociedad en la que, los que obedecen la ley sean al mismo tiempo colegisladores, de tal manera que al obedecer la ley no se obedezcan más que a sí mismos. Pero para que se haga posible semejante programa es necesario que las personas participen en la vida política en tanto que ciudadanos de pleno derecho, y eso no es compatible con que al mismo tiempo sean siervos, siervos de un señor, de un amo, de un marido, o como hoy en día ocurre hasta el delirio, siervos de eso que solemos llamar «los mercados», esos nuevos dioses caprichosos, locos y tiránicos que día a día chantajean la voz de nuestros poderes legislativos. Probablemente, nunca en la historia, había ocurrido que la población en general fuera tan «dependiente de otro» como lo es ahora, cuando ni siquiera los Parlamentos se atreven a llevar la contraria al metabolismo económico de los negocios. Los poderes económicos toleran la democracia mientras esta no ose llevarles la contraria, es decir, mientras esta sea económicamente superflua o impotente. El siglo XX fue suficientemente explicativo al respecto: todos los intentos de intervenir parlamentariamente en la esfera económica que tuvo la izquierda, fueron seguidos de un golpe de Estado, de una invasión o un bloqueo (lo hemos documentado bastante en nuestro libro Educación para la Ciudadanía).

De modo que los comunistas no teníamos por qué inventar la pólvora. Bastaba con mostrar que el capitalismo convierte en imposible un orden constitucional coherente. Y eso es lo que, mejor que nadie, proclamó Julio Anguita. Nosotros teníamos que aparecer como los verdaderos defensores de la Constitución. No paré de repetirlo cuando se fundó Podemos. Ahora, Pablo Iglesias ha adoptado esta fórmula y lo está haciendo muy bien. Pero el primero que la practicó sin tregua ni descanso en este país, fue Julio Anguita. «Afortunadamente» (se decía desde el PSOE sarcásticamente por aquél entonces) «nosotros no pensamos que la Constitución diga lo que dice el señor Anguita, porque si fuera así, creemos que habría que cambiarla». Y así lo hicieron; llegado el momento, la cambiaron, con la firma (con nocturnidad y alevosía) del artículo 135, que dejaba de una vez por todas bien claro que todo el texto constitucional estaba supeditado a la voluntad de los poderes económicos. Es impresionante leer el libro de Jose Luís Rodriguez Zapatero, El dilema, en el que explica con toda sinceridad (y no poca honradez) hasta qué punto un Parlamento y un Gobierno no son nada cuando tienen en contra al poder económico.

Todo ello, y sobre todo a partir del 15M, brindaba a la izquierda anticapitalista una oportunidad. La de presentarse en sociedad como la verdadera defensora del orden constitucional contra los extremistas y radicales revolucionarios del liberalismo económico, que, por el contrario, están dispuestos a no dejar institución republicana en pie con tal de abrir el paso a los dementes y ciegos mercados que nos llevan no se sabe a dónde a toda prisa, quizás quién sabe si a la destrucción misma del equilibrio ecológico y social más elemental. Ellos son los revolucionarios, los radicales, los extremistas, que carguen con ese legado. Por primera vez, los comunistas podíamos aparecer, al contrario como los defensores del orden, la democracia y el imperio de la ley. Ellos son los anarquistas que no respetan ningún marco legal, puesto que operan y trabajan desde los paraísos fiscales. Ellos son los antipatriotas. Y, en efecto, como no pararon de repetir Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, nosotros, en realidad, somos los verdaderos defensores de la patria.

Era una inesperada vuelta de tuerca que nos brindaba el destino. Pero hay que decir que ya estaba inventada. En primer lugar, por Julio Anguita, en los años ochenta. Esta estrategia de Anguita dio tanto miedo al PSOE como en su momento tuvo por el nacimiento de Podemos. Hasta el punto de que decidieron matarle a disgustos y no pararon hasta que le provocaron dos infartos, utilizando al grupo PRISA de una forma tan canalla que rebajó a El País a los niveles de Okdiario o El Español. No había día en que no se vertieran calumnias y sarcasmos sobre el califa rojo, al que llegaron a acusar de ¡tener un chalet! Como Anguita se negaba a recurrir a la propaganda y se empeñaba en explicar las cosas despacio, le acusaron de ser ¡un maestro de escuela! Pese a todo, la figura de Anguita era tan intachable que no había forma de arruinar del todo su reputación. Joaquín Sabina lo resumió bien en una de sus canciones: «¿Y qué vas a hacer? ¿Votar al Califa? Será mu honrao, no digo que no, ¡pero desfasao! ¡pero desfasao!». En resumen, eso de tener razón estaba ya muy pasado de moda: era el auge de la postmodernidad y la lobotomizada «movida madrileña».

Acabo de decir que fue un invento de Anguita en primer lugar. Es falso, fue en segundo lugar, porque en primero, como mínimo, esa estrategia política ya la había inventado en su momento Marx. Suelo citar un texto que merece reflexión:

«El reino de la libertad sólo comienza allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la adecuación a finalidades exteriores; con arreglo a la naturaleza de las cosas, por consiguiente, está más allá de la esfera de la producción material propiamente dicha. Así como el salvaje debe bregar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar y reproducir su vida, también debe hacerlo el civilizado, y lo debe hacer en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de la necesidad natural, porque se amplían sus necesidades; pero al propio tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este terreno sólo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego, que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. Pero éste siempre sigue siendo un reino de la necesidad. Allende el mismo empieza el desarrollo de las fuerzas humanas, considerado como un fin en sí mismo, el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer sobre aquel reino de la necesidad como su base. La reducción de la jornada laboral es la condición básica».

Lo que este texto tiene de más interesante es el «pero» en cuestión. Eso de que «el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente ese metabolismo suyo con la naturaleza poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como por un poder ciego» es en realidad lo que siempre hemos entendido por socialismo o por comunismo. Y sin embargo, Marx añade: «pero» eso forma parte «todavía» del reino de la necesidad. Hay un «allende el mismo», un «más allá» que es lo interesante: el «reino de la libertad», donde por primera vez aparecerán fines que merece la pena perseguir «por sí mismos». He intentado demostrar en otros sitios que no hay otra manera de interpretar este giro de Marx que comprendiendo que el comunismo no es un fin, sino un medio para conseguir otra cosa: una sociedad de ciudadanos libres, iguales y fraternos, un orden republicano, un orden de fines en sí. Hasta el momento, «supervivir nos ha impedido vivir», como recordaba en los años setenta Raoul Veneigem. El «comunismo» no es una receta vital, sino un medio imprescindible para comenzar un nuevo tipo de vida, más allá de la mera lucha por la supervivencia. Y no hay que inventar la pólvora a este respecto, ya está inventado cómo sería la cosa: es el orden republicano de una sociedad de ciudadanos. Así es que Anguita tenía, como marxista, toda la razón: si somos comunistas es porque estamos convencidos de que nuestros órdenes constitucionales no son factibles bajo el capitalismo. Pero no es que queramos ser «comunistas». Es que queremos ser republicanos.

Carlos Fernández Liria  Profesor de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y escritor

https://blogs.publico.es/otrasmiradas/33143/anguita-entre-podemos-y-marx/

Julio Anguita: «El régimen de Franco se vistió un poco de lagarterana y pasó a la orilla democrática en la transición». Entrevista de Benjamin Forcano para la revista Exodo

Julio Anguita
Julio Anguita

Ha pasado más de un año, desde que logramos que Julio Anguita pudiera expresar para la revista EXODO, la que fue probablemente una de sus más amplias e importantes entrevistas

«Es curioso que a los más de 50 años desde que desaparecieron Hitler y Mussolini un dictador de ideología fascista siga estando en un lugar público. La transición sirvió para claudicar en ese aspecto»

«Nuestros dirigentes, hablo los del Partido Comunista, hicieron de la necesidad virtud, a lo mejor no se podía hacer otra cosa entonces, pero una vez legalizados, cuando no se cumplieron los acuerdos y los pactos de la Moncloa, teníamos que haber estado en la calle, pero no, nos llenamos de solemnidad, de instituciones y empezó la grave decadencia»

«Pleno empleo, protección social, pleno derecho a la educación, horas extraordinarias pagadas, que la mujer cobre igual que el hombre al trabajar en el mismo sitio. Es una asignatura pendiente en España y en otras partes, donde se cuidan más los derechos humanos en el aspecto de las libertades pero en los aspectos sociales no»

«Creo que nos perdemos mucho en declaraciones, en gestos, y claro, esto facilita que venga la extrema derecha. Creo que hay demasiada política palaciega»

«Vivo de mi pensión de profesor, no he llegado a coger dinero que no fuera el correcto, el que cobraba de más se lo dejaba al Partido. La política se hace a base de ejemplo con tu vida y sobre todo decir la verdad»

19.05.2020 | Benjamín Forcano

Ha pasado más de un año, desde que logramos que Julio Anguita pudiera expresar para la revista EXODO, la que fue probablemente una de sus más amplias e importantes entrevistas. Está registrada en familiar espontaneidad y, dado su enorme interés, merece –en memoria de su excepcional talla ético-política- que se la publique íntegramente.

Hacer una entrevista a Julio Anguita es tocar algo nuevo. Si no hay mejor manera de contar la historia que hacerlo a través de las personas, creo que su intensa trayectoria política es camino para llegar a ese objetivo. Por tres claves: por su proyecto de sociedad, por su manera de explicarlo y hacerlo emerger en cada ciudadano, y por la necesaria participación de todos, individual y colectiva.

Julio puede decirnos algo de todo eso. Por más de 40 años, como maestro, alcalde y político en primera línea de nuestra reciente historia ha sabido combinar enseñanza y práctica, principios y actuación concreta.

Comienzo con un hecho que hace semanas ocupa la intervención de los políticos y anima la discusión de la calle: la exhumación de los restos de Franco. ¿Qué significado tiene para ti este fenómeno? ¿Ves acertado el tratamiento que se le está dando o se mueven razones e intereses que obstaculizan y levantan  desconfianza y hostilidad?

Cruz del Valle de los Caídos
Cruz del Valle de los Caídos

Creo que esto hay que ponerse a pensar un poquito, es curioso como a los más de 50 años desde que desaparecieron Hitler y Mussolini, se está pensando en la apología del nazismo y el fascismo, han sido castigados sus crímenes, es curioso cómo un régimen de ideología fascista, pues el dictador sigue estando en un lugar público, y además cómo una apología esté en un medio de comunicación, por tanto, no es sorprendente del todo, puesto que la transición sirvió para claudicar en este aspecto.

La dictadura se hizo perdonar entre comillas sus crímenes, a cambio de una democracia de tono menor, dicho esto, una vez que debían haber hecho con impunidad y lógica, hace décadas, sorprende la poca preparación del gobierno con estos asuntos.

El problema del gobierno del Partido Socialista y de todos los demás, es que se toman las medidas ante los medios de comunicación, cuando todavía están sin haber decidido, sin haber estado perfectamente desarrolladas, es decir estamos en lo que se llama la política ficción de medios de imagen, y es un inmenso error, porque a la política le quita seriedad.

Lo que demuestra de cómo está este país, primero es, que el dictador a los 43 años siga estando ahí y no haya pasado nada, segundo que haya apología del franquismo y tercero que un gobierno que toma una decisión tardía, se lo da primero a los medios de comunicación y después al primer revés que si la familia dice que no da permiso o si hay que llevarlo a la Catedral de la Almudena, el gobierno tiene que volverse otra vez a reunir, me parece una falta de seriedad tremenda.

El texto completo de la entrevista está en https://www.religiondigital.org/opinion/Anguita-pueblo-espanol-corrupcion-tremendo-regimen-franco-transicion-politica-europa-entrevista-benjamin-forcano_0_2232976687.html