“¿Diseñar el futuro? A propósito de un artículo de Antón Costas” de Javier Velasco Mancebo, en campo abierto

robot fabrica

“Nos encontramos en medio de un cambio de civilización, y la crisis es la manifestación de la civilización que muere: la de un capitalismo nacido en la fase de crecimiento de los decenios de posguerra europea[1] en los países más desarrollados de Occidente, a los que se incorporó España en fase posterior. Ese fin de civilización hace insuficientes o estériles las medidas de política macroeconómica y microeconómica que  la izquierda presenta frente al pensamiento liberal o  neoclásico. La derecha acepta la desigualdad más orden público, mientras quiere pensar que el crecimiento volverá. Vana esperanza. La izquierda, si no quiere frustrarse, tiene que cambiar su universo mental y empezar a trabajar.

Aunque el término civilización está sometido a múltiples interpretaciones, podemos, acogiéndonos a Norbert Elías[2], definirlo como  “ tanto el grado alcanzado por la técnica como al tipo de modales reinantes, el desarrollo del conocimiento científico,  las ideas religiosas y  las costumbres”. Es decir, el concepto de civilización se identifica con las pautas de comportamiento del ser humano, pautas que pueden ser inconscientes, conscientes u obligadas.

Antón Costas, en su artículo sobre el divorcio entre economía y política publicado en La Vanguardia [leer artículo], nos habla de que “Estamos en el umbral de una de esas etapas históricas en que cambian las bases de la economía y las fuentes de la competitividad y el bienestar de los países”, excluye el espacio que ocupa la civilización y restringe su análisis al estrecho mundo de la economía. Y, sin embargo, residimos en un momento de cambio de civilización porque estamos contemplado el fin del proceso  que corresponde a la sociedad de consumo de masas surgida de la II Revolución Industrial. Civilización que recorre más o menos un periodo de 40 años  en los países desarrollados.

No cabe describir  aquí los cambios descomunales de hábitos  que supuso para las sociedades la incorporación de los trabajadores y sus familias al consumo de utensilios y servicios que  fabricaban u ofrecían las empresas o instituciones que operaban en la economía de mercado. Lo que no sabemos es qué cambios estructurales, antropológicos y sociales nos traerá la actual revolución tecnológica. Lo que es vital es orientarlos, no dejarlos a las decisiones de la “competitividad”. No debemos dudar que la tecnología existente es producto de la crisis. Si no hubiera empezado el agotamiento económico a finales de los sesenta la tecnología sería otra y la sociedad también.

Para Costas, los dos motores que mueven esa transformación histórica son la gran revolución basada en la digitalización y la robotización de la industria y la nueva revolución de la energía. Ambas, según él, “cambian las fuentes de la competitividad”,  y esta característica las eleva a la categoría de elemento mayor. Más adelante nos dice que “las ganancias de productividad serán enormes. La cuestión es cómo se distribuirán. De cómo se haga dependerá el que la desigualdad social hoy existente aumente o se reduzca en los próximos años. La respuesta está en quién será el dueño de los robots”…

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