Se ha ido Rossana Rossanda, testimonio curioso y nunca resignado del siglo XX, cuyas crónicas, alumbradas en el gran marasmo de la historia comunista, eran pensadas para hacer historia.

Se dice que durante mucho tiempo el estribillo a il manifesto, diario comunista histórico, era el siguiente: “¿Está Valentino? ¿Escribe Luigi? ¿Qué dice Rossana?”. Los tres eran Valentino Parlato, Luigi Pintor y Rossana Rossanda. La última del tríptico nos dejó ayer a los 96 años, tras una larga vida en el campo de la izquierda y de los ideales comunistas por los que ha combatido. Saliendo siempre, al final, derrotada.

Para tantas generaciones ha sido una buena maestra, alguien de quien siempre se aprendía, aun cuando no se estaba de acuerdo con ella, puesto que es evidente que siempre defendió sus ideas con seriedad, compostura, inteligencia y mirada larga. Esa mirada tan incisiva y severa, llena y densa por la vida transcurrida en el largo ascenso conocido por la sociedad italiana tras la Segunda Guerra Mundial y posteriormente magullada por la curva descendiente y la derrota personal y colectiva acumulada en las últimas décadas del siglo pasado.

La muchacha del siglo pasado [Ed. Foca, 2008] es el título del libro de memorias aparecido en 2005 y que se detiene en 1969, año en que nace il manifesto, su legado más precioso, y de la expulsión del PCI, largamente esperada pero identificada con la derrota personal.

Y la vida de Rossanda se mezcla de lleno con ese siglo vivido desde 1924, cuando nace en Pola, Croacia, antes Yugoeslavia, posteriormente Italia. Desde allí a Venecia tras el terremoto de 1929, y posteriormente a Milán, donde estudia letras, pero se encuentra con el marxismo de Antonio Banfi, un maestro muy importante para ella, quien ciertamente “no conoció el comunismo en casa”. Banfi “era lo contrario del determinismo al que se reduce a Marx, lo contrario de una teología”. Le transmite un pensamiento crítico y no osificado y es con este pensamiento que tras el aprendizaje de la Resistencia —pequeña estafeta entre Milán y Como donde es evacuada y desde donde en tren puede hacer circular paquetes y mensajes clandestinos— entra en el PCI, en cuyas secciones “a las que se descendía para diseñar la otra historia, esa salida victoriosa de la Resistencia que no venció”. El partido comunista que conoce Rossana es el partido “pesado” que se irá desgastando en los años setenta y ochenta, poblado de hombres y mujeres para quienes “sus propios asuntos dejaban de parecerles casuales o desesperantes, y adquirían un sentido propio en un marco mundial de avances y retrocesos”.

Luego estaban los grupos dirigentes, los cargos electos, de los que formará parte también ella, pero “los del sótano, los que pasaban de turno en turno o de casa en casa al final del trabajo a recoger los boletines de afiliación configuraban una sociedad otra dentro de esta”. “El país dentro del país” del que hablará en los años setenta Pier Paolo Pasolini, que marca una historia difícil de entender con los ojos de hoy, pero que deja la impronta en el imaginario y en las vivencias de quienes, como Rossana, se disponen a cumplir su intervención directa en el mundo. Confiada en el futuro, como toda su generación política, ya fuera comunista o socialista.

Desde allí, empezando en 1947 el “trabajo político”, primero haciéndose cargo de la Asociación por las relaciones culturales entre Italia y la Unión Soviética (destino sarcástico si tomamos en consideración lo que sucederá luego), posteriormente un poco de trabajo obrero a las puertas de la Autobianchi de Milán, finalmente el destino natural para quien se inscribió en la Universidad a los 17 años gracias a una media de ocho y a sus dotes intelectuales: “Debía sacar a la Casa de la cultura fuera de las ruinas de 1948”, escribe en sus memorias.

1948, con la derrota de las izquierdas y la victoria decisiva de la Democracia Cristiana, constituye un golpe durísimo para quien pensaba poder dirigir el país tras las debacle de la guerra y la necesidad de la reconstrucción. De esa derrota el PCI logra reponerse y en Milán, entre los sótanos de las secciones populares y el trabajo de fábrica, se va alimentando un camino ambicioso y sin duda decisivo. También porque el enfoque que elige el PCI con Rossanda es el de la unidad con toda la izquierda y los laicos.

En aquella Casa de la cultura se leía todo, Brecht con Enrico Rame, el hermano de Franca, pasaba Vittorio Gasman y “Strehler era de la casa”. Se dibuja por consiguiente el perfil político y cultural ya trazado por Banfi y por el crítico de arte Marangoni en la universidad. Inmersa en el caldo comunista marcado por el zdanovismo que soplaba desde Moscú y por el realismo socialista con una intervención directa del Partido en la cultura y en el arte, Rossana construía en cambio un pensamiento autónomo, libre, aunque siempre respetuoso para con la casa común en la que militaba y que respetaba. Un desdoblamiento que marcará su biografía y que constituye, en el fondo, el tejido de un alma inquieta en busca de una recomposición de la discrepancia interior.

El hilo se corta en 1956 con el Informe Kruschev, que da a conocer los crímenes de Stalin en un intento, ya tardío, del régimen soviético de recuperar un camino de innovaciones y reformas. Y posteriormente la ocupación soviética de Budapest y la represión sangrienta del levantamiento húngaro. En ese momento, escribe ella misma, “la edad de la inocencia había terminado”. “Franco Fortini me telegrafió: ‘espero que los obreros os rompan la cara’”. Fiel al partido, tiene la Casa de la cultura siempre abierta, no escapa a la confrontación, “pero en el partido nada volvió a ser como antes”: “los comunistas que se hacen odiar siempre se equivocan”. Fue en esos días, a la edad de 32 años, cuando llegaron sus primeras canas, rasgo distintivo de una existencia, señal de una sabiduría inmortalizada en un rostro hijo de un dolor agudo, personal y político.

Algo se rompe, pero la vida política sigue adelante, el trabajo cultural también. Son años en los que se discute con Sartre y Adorno, Feltrinelli lanza su Doctor Zivago, también para “hacérselo pagar a la URSS”. Está a punto de iniciarse la década más interesante, cambian las costumbres, las ideas, una nueva generación política irrumpe en escena con prepotencia. Rossana se da cuenta de ello, el PCI mucho menos, inmerso en sus rituales burocráticos y en los enfrentamientos sordos de su aparato. Pero es todavía el gran partido de los obreros y del pueblo, lo que da un gran salto a la política de 1963 y de nuevo en 1968. Es elegida diputada en la legislatura que asiste a la formación del gobierno de centroizquierda dirigido por Aldo Moro, se convierte en responsable nacional de cultura, se le confía la relación con los intelectuales. Se traslada a Roma, conoce al grupo dirigente, tiene una relación no banal con Palmiro Togliatti.

Se quitarán a la URSS “tácitamente de la espalda” y se afronta la década de las transformaciones con un debate rico, aunque en última instancia incapaz de marcar realmente ese tiempo: “en fin, en los años sesenta, a mí y a muchos de mis compañeros nos sucedió como a la lagartija a la que el gato le ha mordido la cola: vuelve a crecer”.

En el PCI es una dirigente, pero es considerada como tal a duras penas, la “más joven entre los hombres del PCI”. Pesa la condición de mujer en un lugar de varones, pero es nombrada miembro del mítico Comité Central. Trabaja con unos pocos jóvenes y sus nombres estarán destinados a ocupar un puesto de primer plano: Achille Occhetto, Sandro Curzi, Lucio Magri, “la resplandeciente Luciana Castellina”, pero también Alfredo Reichlin o Sergio Garavini. Algunos de ellos marcarán la historia política de los años ochenta y noventa, a menudo fustigados y criticados por Rossanda, quien se opondrá a la decisión de Occhetto de cambiar el nombre al PCI y no se entusiasmó nunca con la empresa de Rifondazione Comunista, inicialmente dirigida por Garavini.

El trabajo cultural le entusiasma, intenta recuperar relaciones con el partido, intentando cerrar la “estación del arte proletario”. Se mueve entre Cesare Luporini y Galvano della Volpe, entre Lucio Colletti cuando todavía era marxista y un Louis Althusser, “fornido deportista en tweed”, la única voz del PCF que resultaba interesante.

Pero que el PCI no era el de Rossanda lo confirmaban los frecuentes coloquios de Togliatti, quien tenía “una larga cola de pasado”. Incluso “Il Migliore” [sobrenombre referido a Palmiro Togliatti en esa época] le permitió publicar en Rinascita la famosa carta de Antonio Gramsci de 1926, esa en la que el secretario del PCI criticaba al PCUS por el modo en que había tratado a Trotsky, hasta con una respuesta de Togliatti: “también tengo la nota que Gramsci me dejó como respuesta. Publiquémoslo todo”. Y todo fue publicado, pero de aquel debate en la historia del PCI no quedó ni rastro, no sucedió nada.

Debemos atar cabos. Tras la muerte de Togliatti, en 1964, se abre una guerra interna, no tanto por la sucesión, que, aparte de la transición de Luigi Longo, todos imaginan que debe ser confiada a Enrico Berlinguer, sino por la línea política. Por un lado, la propuesta de Gianfranco Amendola y Giorgio Napolitano de unificación con el PSI, modo de decir que había que colocarse en el marco político del centro-izquierda; por otro, la idea del nuevo modelo de desarrollo defendida por Pietro Ingrao, más atenta a los nuevos movimientos y a la conflictividad obrera. Rossana, junto a Magri, Pintor, Aldo Natoli y otros, escoge a Ingrao, quien no obstante “no se movió nunca como un jefe corriente, no calculó sus movimientos, no movió a sus peones, ni tan siquiera los defendió cuando se los comían”. Y perdió, junto a todos los suyos que fueron puestos al margen, sin perspectiva alguna en el partido, “fuera de cualquier encargo en el aparato central o periférico”.

El PCI parece un elefante atontado, no aprovecha la estación del 1967-69, está quieto y cuando llega la segunda invasión, la de Checoeslovaquia, aun condenando a la URSS, se limita a hablar de “trágico error”. En el congreso de 1968 Rossanda interviene entre los poquísimos delegados que se oponen a la mayoría del partido: “Estamos aquí reunidos mientras el ejército de un país que se dice socialista está ocupando otro país socialista”. La delegación soviética abandona la sala junto a las demás, entre ellas la vietnamita. Berlinguer le dice detrás del palco: “Has hecho mal, no sabes cómo son estos. Son bandidos”. Y estos eran los soviéticos.

Pero la ruptura está trazada y, cuando junto a Pintor, Castellina, Magri, Parlato, Eliseo Milani y otros deciden relanzar, hacer lo que todo intelectual desea hacer, esto es, crear una revista… el partido decide que se ha cruzado la línea roja. Se vota la expulsión, se decide que ningún debate interno puede ser tolerado, los disidentes deben buscarse otro hogar. Incluso Pietro Ingrao vota a favor de la expulsión, mientras que les apoyan Beppe Chiarante, Cesare Luporini, Achile Occhetto o Sergio Gavarini. “Ya no éramos de los suyos, de los nuestros”. Nace il manifesto con el título “Praga está sola” el primer número de la revista. También Rossanda estaba sola, pero en ese momento animada por una fuerte confianza en un futuro que siempre estará marcado por lo que había ocurrido antes.

La vida en il manifesto se entiende con más claridad mirando hacia esta vida precedente. “¿Qué dice Rossanda?” es la pregunta que se remite al valor intelectual de la mujer, a la claridad de las coordenadas, al respeto a una ideología que, precisamente, reside en la historia mainstream, pero la corrige, la retoca, le pide una salida distinta, capaz de renovarse y reverdecerse.

La historia de il manifesto dirigido por Rossana y la de los de su generación es, en efecto, esta historia. Será la tentativa del partido político, il manifesto, como grupo entre los varios grupos de la nueva izquierda. Será posteriormente la alianza con el PDUP [Partito de Unità Proletaria per il Comunismo], partido del que será líder el propio Lucio Magri. Pero todo sucede siempre con la mirada vuelta hacia la casa común, a la historia de lo que fue, atendiendo a cualquier mínimo movimiento que pudiera señalar un cambio de trayectoria, una rectificación.
Precisamente por esta intensidad en relación con ese mundo y ese pensamiento, Rossana elabora su otra gran contribución para la comprensión de la historia contemporánea, cuando inserta los avatares de las Brigadas Rojas en el álbum de familia de la izquierda comunista.

Las BBRR no se parecerán a ETA o al IRA, tampoco a la RAF alemana o a las guerrillas latinoamericanas. Son, en cambio, —escribe en el prólogo a la entrevista a Mario Moretti [principal dirigente de la organización armada] realizada junto a Carla Mosca— “un producto de culturas y estados de ánimo de un país industrialmente avanzado y marcadamente de izquierdas”. Son expresión del Norte industrial, convencidas de que el Partido Comunista era “el agregado de un ‘pueblo comunista’ que es algo distinto de la línea de la secretaría, de la dirección, de su comité central”.

No será así, si bien durante una fase las fuerzas se tocan y se adulan. En esta idea de que el PCI sería algo distinto dependiendo de si se miraba desde la cúpula o desde la base, en el fondo también fracasan los experimentos de la nueva izquierda. Para que suceda algo nuevo hay que esperar al movimiento de Occhetto, al que Il Manifesto, y Rossanda en particular, se opone con fuerza, pero sin casarse con la aventura de Rifondazione Comunista. Como Ingrao, por lo demás, cuya intención de mantenerse “en el torbellino” [expresión que utilizará para justificar su adhesión al PDS de Occhetto tras la liquidación por éste del viejo PCI] se hará célebre.

Pero esta historia será la historia de un torbellino que les envolverá a todos, a los ortodoxos y a los críticos, un movimiento de disolución de conjunto que se nutrirá de errores, ilusiones, errores de juicio, arrogancias, inadecuaciones… Acerca de todo ello escribirá siempre Rossana en el curso de los años en artículos, reflexiones e intervenciones. Pero siempre con la mirada de quien ya ha sufrido la derrota y sabe que no se puede hacer nada al respecto, por tanto con un plus de desencanto incluso cuando, junto a los compañeros de siempre y a la Rivista del manifesto, dirigida por Lucio Magri, intenta dar vida, volviéndose hacia Rifondazione Comunista y a otras almas de la izquierda, a una izquierda alternativa más amplia y unitaria al lado de los Demócratas de izquierda1/, que ya navegaban entonces a toda vela hacia el blairismo. Estamos a principios de los años 2000 y esta nueva tentativa también fracasa.

Vista desde el final parece una historia tristísima, como la muerte por suicidio asistido de Lucio Magri, a quien ella acompaña a Suiza, amiga y solidaria hasta el final. Cuando presenta el libro, El sastre de Ulm [El Viejo Topo, 2009], en un debate de 2010 que tiene lugar en la Cámara de Diputados, una suerte de reunión con Alfredo Reichlin y Mario Tronti entre otros, reconocerá un mérito a Magri: haber reafirmado la importancia de 1917 como divisoria de aguas decisivo no reductible a un desastre. Pero le reprochará haber hecho demasiadas concesiones en su libro a la URSS y muchas al togliattismo, incluso a la línea berlingueriana del compromiso histórico. Algo a lo que se opuso siempre: “Fue un grave error” afirmaba Rossanda, puesto que en aquella época en Europa no sólo no existía el riesgo de una dictadura sino que se verificaban fenómenos de agrietamiento de las dictaduras existentes como en el caso de Portugal y España.

En esa sede vuelve a proponer lo que hemos intentado resumir en las líneas precedentes: el declive del PCI no empieza con el compromiso histórico o con la fase subsiguiente, entre el secuestro de Moro y la derrota en al FIAT; se inicia a mediados de los años sesenta —“los años decisivos de la historia italiana de postguerra”— cuando ante el descongelamiento de la sociedad el PCI “se muestra indeciso”, no sabe ayudar a los estudiantes en el 68, se acomoda a su declive obrero hasta la derrota de los años setenta.

Desde 1971, fecha del nacimiento del diario il manifesto, hasta la ruptura con dicho periódico —nunca realmente explícita o contada de un modo comprensible— Rossanda buscó recuperarse de la derrota, volver a alinear un recorrido cultural y humano que se había consumado. il manifesto fue un compañero decisivo para la politización y la participación política de generaciones enteras, incluso en los errores y las incomprensiones. De ese periódico, más allá de mantener un punto de vista riguroso sobre cuestiones dirimentes referidas a la clase obrera, el papel de la izquierda, los avatares del comunismo y el socialismo o el debate internacional —la edición extraordinaria de il manifesto publicada tras el golpe de Estado polaco contra Solidarnosc fue memorable—, siempre mantuvo también una visión consistente del garantismo constitucional, comprometiéndose en primera línea contra el montaje del proceso del 7 de abril, defendiendo a Toni Negri y quedándose desilusionada ante su fuga (como recuerda el propio Negri en su autobiografía). Y comprometiéndose a fondo en la defensa de Enzo Tortora [condenado injustamente por la justicia italiana sin garantías jurídicas], llegando a declarar, en 1984, su voto por el ex presentador de televisión, candidato en la lista de los radicales [se refiere al Partito Radicale, defensor de muchas causas ignoradas por la izquierda tradicional y muy especialmente los derechos civiles] para las elecciones europeas de aquel año.

Es imposible reconstruir la cantidad de intervenciones y tomas de posición que protagonizó. Queda tan solo el recuerdo de un pedazo del siglo XX que nos deja tras haber vivido una elección de campo exclusiva y decisiva. “Una elección de razón. Puede ser que el hecho de haber sufrido en mi propia infancia el ser arrancada de mis padres por el terremoto de 1929 haya determinado una intolerancia a llevar una vida dirigida por otros que no me ha abandonado. No es una teoría, es parte de mí. Cómo soportar que la mayoría de los que nacen no tengan ni tan siquiera la posibilidad de pensar quiénes son, qué harán consigo mismos, la aventura humana ardiendo abandonada”.

La echaremos muchísimo de menos.

Salvatore Cannavò es subdirector de Il Fatto quotidiano y director editorial de Edizioni Alegre, es autor, entre otros títulos, de Mutualismo, ritorno al futuro per la sinistra (Alegre) y  Da Rousseau alla piattaforma Rousseau (PaperFirst).