Dos ciudades. Javier Aristu. en campo abierto

Por  Javier ARISTU

Como esta mañana del post-26M todos los medios de comunicación aportan sus análisis y valoraciones sobre las elecciones de ayer me evito repetir argumentos y puntos de vista. Tiempo habrá de valorar las consecuencias de fondo de estas importantes elecciones de ayer. Muchas cosas han cambiado. Y si se juntan los resultados del 28A con los del 26M el resultado es lo suficientemente novedoso como para poder afirmar que se ha abierto un nuevo ciclo cerrando el que a su vez abrió 2014. Seguimos mutándonos como sociedad política. Resumamos en algunos puntos esta rica y mudable realidad.

  1. Todo apunta a que el PSOE se consolida como eje de cualquier proyecto progresista en España. La duda que en algunos existió en el pasado acerca de posibles sorpassos o cambios de ejes estructurales en la izquierda ha desaparecido al confrontarse con la realidad de los votos. Estos tres últimos años ha modificado sustancialmente el panorama de enero de 2016. Y, además, ese eje lo protagoniza un modelo de partido socialista que, así lo entiendo, está mudando su piel respecto del clásico construido por Felipe González en los años 70 y 80 del siglo pasado. La dura confrontación entre el continuismo representado por Susana Díaz y el cambio cultural y generacional que expresa Pedro Sánchez se ha inclinado claramente a favor de este. Da la impresión de que una etapa de 45 años de historia del PSOE se cierra y comienza otra. Veremos.
  2. La derecha española es una roca bastante sólida aunque con menos terreno: Ciudadanos no ha podido derribar al Partido Popular como eje de la derecha conservadora. Es evidente que la derecha sociológica se está transformando por efectos de la revolución digital y tecnológica que afecta sobremanera a capas medias urbanas pero esa transformación no llega, todavía, a cambiar las referencias políticas. La gente de derecha sigue desconfiando materialmente de Ciudadanos como exponente de una derecha nacional integral y sigue depositando, aunque cada vez menos, su representación en el PP.
  3. Madrid es exponente de muchas contradicciones de la izquierda política, la vieja y la nueva. El PSOE sigue sin encontrar un proyecto cohesionador del pueblo madrileño. Tras aquellos “años encantadores” –dicho sin ironía– con Leguina de Presidente de la Comunidad, ese partido entró en un agujero negro y en un gran distanciamiento respecto de las clases populares madrileñas, las urbanas y las menos urbanas. La derecha española ha convertido a Madrid en el rompeolas de todos los capitalismos, es la punta de lanza de un modelo social depredador y expropiador de lo público y donde el urbanismo y las finanzas siguen constituyendo el vector fundamental de ese ideal. Y ese modelo sigue triunfando, a pesar del desgaste del PP. Frenar ese referente salvaje pero muy atractivo para ciertos sectores sociales no se consigue solo desde un discurso político de minorías urbanas intelectuales –como ha representado Podemos y sus aliados; o se reelabora un proyecto social cohesionador hecho desde las nuevas realidades del mundo del trabajo –el trabajo en toda su dimensión cultural e incluso filosófica, no solo desde la perspectiva del empleo-salario– y de las nuevas realidades culturales metropolitanas (realidades que van más allá de las sensibilidades de tribus urbanas de elite), o la izquierda nunca alcanzará la posición de respeto y de referente que pide una mayoría social.
  4. Barcelona se ha convertido en el otro rompeolas de las actuales contradicciones de esta ciudadanía mutante. La ciudad es exponente de una sociedad avanzada, progresista, al día de los acontecimientos tecnológicos más innovadores…pero que ha decidido optar mayoritariamente por un candidato (Ernest Maragall) que al día de hoy representa un proyecto conservador en lo social, reaccionario en lo cultural y voluble hasta la inconsistencia en lo político. Esquerra, como partido dominante hoy en el mapa municipal junto al descenso importante de Junts (antigua CiU-PDCat), es exponente de esas contradicciones que atraviesan al conjunto de la sociedad catalana. Contradicciones que tampoco la izquierda sabe leer y redirigir, a pesar del esfuerzo de Colau por encontrar la guía de esa lectura.

Dos breves conclusiones. Primera: El proceso político que se abrió en 2014 sigue su curso aunque ha venido a desmontar un espejismo que algunos tuvieron en aquel año: el espejismo de la sustitución ipso facto de la vieja dirección política del país. Una etapa de un ciclo mutante se ha cerrado. No, ni han desaparecido el PSOE ni el PP, la vieja casta. Hoy siguen siendo los partidos primeros de un mapa de correlaciones diferentes aunque bien es verdad que con una fuerte pérdida de sus apoyos de hace quince años. Un nuevo pluralismo político y partidario se está abriendo camino, curiosamente más en la derecha que en la izquierda, y habrá que gestionar el mismo con nuevas artes políticas. No estoy seguro de que los que tienen que ejercerlas sean consumados artistas.

Segunda: La llamada “nueva izquierda”, que a veces ha mostrado ser más antigua que la vieja, necesita un repensamiento profundo de sus paradigmas y referentes culturales. Las modificaciones in curso en nuestra sociedad exigen una honda reflexión principalmente por aquellos que nos iban a llevar a los cielos y al final nos han mostrado el purgatorio.

Mañana hablaremos de Europa.

Dos ciudades