“El estancamiento económico en la zona del euro” de Doménec Ruiz Devesa, en Fundación Sistema

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“En la página nueve del semanario económico de referencia en el mundo, The Economist, nada sospechoso por otro lado de tentaciones heterodoxas, y publicado el pasado día 30 de agosto de 2014, se puede leer el siguiente extracto que me permito traducir al castellano: “En las últimas semanas a los países de la eurozona les está entrando agua en el barco una vez más. Su Producto Interior Bruto (PIB) colectivo se estancó en el segundo trimestre: Italia recayó en la recesión, el PIB francés fue plano y hasta la poderosa Alemania sufrió una inesperada y sustancial caída en la producción (…) entretanto, la inflación ha disminuido hasta alcanzar niveles peligrosamente bajos, de alrededor del 0,4 por ciento, muy por debajo del objetivo de cerca del 2 por ciento del Banco Central Europeo, alimentando miedos entorno a que la zona en su conjunto caiga presa de una deflación persistente”.

En efecto, siete años después del estallido de la crisis de los títulos hipotecarios de alto riesgo en los Estados Unidos de América, la Unión Europea sigue siendo incapaz de superar definitivamente la crisis económica con un claro relanzamiento del crecimiento y del empleo, con lo que ello supone de desafección al gran proyecto europeo de paz y estabilidad continental y de auge de peligrosos populismos a derecha e izquierda, que amenazan con devolver a los europeos al período de Entreguerras. Es importante recordar que fue la Gran Depresión que se inicia en 1929 y el recurso a los proteccionismos frente a la cooperación internacional lo que sirvió de caldo de cultivo de los nacionalismos y los totalitarismos que llevarían a los europeos a la Segunda Guerra Mundial, el más destructor de los conflictos desarrollados en el Viejo Continente. El horror absoluto que representa Auschwitz llevó a aquella generación de la posguerra a poner en marcha la integración europea de una vez por todas, como la única garantía de una paz irreversible que hiciera imposible que se repitieran hechos semejantes. Así, el 9 de mayo de 1950 el ministro de asuntos exteriores francés, Robert Schuman, bajo inspiración de Jean Monnet, propuso a los países europeos la puesta común de la producción del carbón y del acero, los principales ingredientes de las maquinarias bélicas, como primer paso para el establecimiento de una federación europea. Desde entonces, los Estados miembros de la Unión Europea no han entrado en guerra entre sí, ni en general con otros Estados europeos. Desde este punto de vista, los casi 65 años de paz ininterrumpida en la Europa comunitaria es un logro que no puede ser subestimado.

Al mismo tiempo, la Unión Europea ha sido además de un factor de paz, un motor de prosperidad económica, al menos hasta la década de los setenta del siglo pasado. A partir de ese momento, coincidiendo con la quiebra del sistema monetario de Bretton Woods en 1973, el inicio de la globalización financiera facilitada por la revolución tecnológica, y el predominio de la ideología neoliberal, Europa ha experimentado un crecimiento económico inferior al del período precedente, al tiempo que han aumentado las desigualdades socioeconómicas y se ha instalado como elemento permanente del paisaje el paro estructural. Solamente la expansión que se ha desarrollado de finales de los noventa a finales de los dos mil ha supuesto un paréntesis en esta tendencia secular de estancamiento económico, demostrándose por otro lado su insostenibilidad al basarse en una colosal burbuja financiera.

Éste es por tanto el gran reto de la Europa unida, pues sin crecimiento y bienestar la paz social e internacional está amenazada. Y sin embargo se sigue sin estar a la altura del mismo, salvo por la actuación del Banco Central Europeo (BCE), quien el pasado 4 de septiembre de 2014 una vez más exprimió la política monetaria a su extremo, reduciendo el tipo de interés (el precio del dinero) a un inédito 0,05 por ciento además de anunciar nuevas compras de bonos públicos y privados para inyectar liquidez a empresas y familias. Esta nueva batería de medidas debe ser bienvenida, y su impacto será positivo. Pero el mensaje que el BCE está mandando a los líderes europeos y en concreto a la canciller de Alemania es más profundo aun. Le está diciendo que la política monetaria no da más de sí y de que es necesaria una nueva política fiscal que impulse el crecimiento. Mientras tanto, la señora Merkel sigue repitiendo el mantra del ajuste con fe religiosa, como si con ello se conjurara la tozuda realidad, línea política que parece compartir el presidente del Gobierno español a cambio de una presidencia del Eurogrupo, que en cualquier caso no estará vacante al menos hasta el verano de 2015…”

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