«El gran atraco» de Juan Laborda, en vozpopuli

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“La actual crisis sistémica ha dejado al descubierto muchas verdades desagradables sobre cómo se mueven las economías de los países más desarrollados, todas ellas dominadas por el mantra del pensamiento único. Quizás la más alarmante, según el otrora economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Simon Johnson, tal como explica en esta magnífica pieza de 2009, The Quiet Coup, fue “… que la industria financiera capturó con enorme eficacia a los gobiernos democráticamente elegidos, en lo que bien podría denominarse un golpe de estado de facto”. Pero dijo algo más, “la recuperación fallará a menos que se rompa el statu quo de la oligarquía financiera que está bloqueando la única reforma esencial y vital. Y si queremos evitar una verdadera depresión, nos estamos quedando sin tiempo». Ahora, en 2016, aflora de nuevo la crisis sistémica, desplegando una vez más la fragilidad financiera y las múltiples burbujas generadas por la connivencia entre la política monetaria de unos bancos centrales, cuyas bases teóricas se desmoronan, y una élite bancaria prácticamente insolvente.

La gente olvida con demasiada rapidez lo que ha sucedido, incluso cosas que sucedieron hace muy pocos años. Sin duda la razón detrás de este comportamiento es la existencia en los tiempos que corren de muy pocos contraejemplos de honestidad y decencia tanto en el gobierno como en los negocios privados. Hemos asumido como algo normal el olor pestilente que emana de las alcantarillas del poder. Nuestra querida España es un buen ejemplo. Sin embargo, no solo ocurre aquí. En pleno año electoral en los Estados Unidos, con elecciones presidenciales en noviembre, sería interesante recordar el papel que jugó en la generación de la crisis sistémica el establishment estadounidense, y muy especialmente los Clinton.

El gran atraco

Como detalla Robert Scheer en su libro The Great American Stickup, y cito textualmente, “los Clinton, junto con un grupo nutrido de congresistas republicanos y demócratas obedientes, pusieron un enorme cartel de “se vende”, no sólo en el dormitorio Lincoln, sino en el resto de la Casa Blanca y el Capitolio, y de hecho, en el estado del bienestar de los estadounidenses. Era en realidad un esfuerzo bipartidista para anular las protecciones establecidas por Franklin Delano Roosevelt en los días más oscuros de la Gran Depresión”.

En noviembre de 1999, el Congreso de los Estados Unidos derogó la ley Glass-Steagall, la culminación de un esfuerzo de lobby de alrededor de 300 millones de dólares de la banca y las industrias de servicios financieros, encabezado en el Congreso por el senador Phil Gramm. La ley Glass-Steagall, que separó durante mucho tiempo los bancos comerciales (que se prestan dinero) y los bancos de inversión (que organizan la venta de bonos y acciones), había sido promulgada a raíz de la Gran Depresión y estaba destinada a contener los excesos de la época, incluyendo los graves conflictos de intereses. Pero en nombre de la actividad creativa se eliminó de un plumazo el mejor antídoto contra las crisis sistémicas provocadas siempre por la fragilidad financiera inducida por un sistema bancario y financiero libre de ataduras. Pero no se engañen, la razón de fondo era la avaricia, la ingente cantidad de dinero con la que amenazar o recompensar por los servicios prestados.

Mientras que George Bush no hizo nada para remediar el problema, y su respuesta a la crisis sistémica fue simplemente beneficiar a los culpables, las raíces de este desastre se remontan mucho más allá, a la propaganda de libre mercado de los años de Reagan y a la desregulación de la industria bancaria que llevaron a cabo los dos partidos políticos dominantes del tablero estadounidense con el apoyo total del «liberal» Clinton.

Clinton no hizo uso de viejos argumentos ideológicos para acabar con las restricciones a las que el sistema bancario había sido sometido desde la Gran Depresión. Para ello utilizó los argumentos y las palabras retóricas –bla, bla, bla,…- de tecnócratas, argumentando que la tecnología moderna, la globalización y la creciente sofisticación del comercio hacían que tales restricciones fueran anticuadas. Había que liberar energías creativas potentes y crear nueva riqueza para un amplio espectro de estadounidenses. Y claro que funcionó su apuesta: los bancos tradicionales, liberados por la disolución de las principales regulaciones, crearon conglomerados gigantes, bancos demasiado grandes para quebrar. Apostaron por una expansión amplia e ilimitada de la economía, por una orgía de crédito fácil y una inflación en los mercados de valores y en bienes raíces jamás vistas…”

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