“El pensamiento crítico de Rafael Sánchez Ferlosio” de Ernesto Baltar. fronterad

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“Por fin un libro se atreve a analizar las claves del pensamiento de uno de los mejores escritores españoles contemporáneos. Lo hace además con seriedad y finura, ofreciendo una excelente introducción –sencilla, rigurosa, ordenada– a un pensamiento en extremo complejo; complejo no tanto por la dificultad de sus conceptos o presupuestos filosóficos (coincidentes en gran parte con la Escuela de Fráncfort) sino sobre todo por las peculiaridades estilísticas del autor, entregado a una escritura concienzuda y laboriosa que podríamos caracterizar como “pasamanería de la sintaxis”.

Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) comenzó su andadura creativa como novelista de éxito con Alfanhuí y El Jarama, pero enseguida quiso huir del “grotesco papelón del literato” y decidió recluirse en su casa para dedicarse por entero al estudio de la gramática, centrando desde entonces su escritura en el género ensayístico y en los artículos de prensa. Precisamente este último año la editorial Debate ha reunido estos trabajos de no-ficción en dos gruesos volúmenes, bajo el título de Altos estudios eclesiásticos y Gastos, disgustos y tiempo perdido, respectivamente. La novela El testimonio de Yarzof, publicada en 1986, fue una milagrosa excepción a esa decisión tajante, categórica, de no escribir más ficción.

Una de las claves de esa ruptura temática, genérica y estilística protagonizada por la obra de Ferlosio se encuentra en su fascinación por la hipotaxis, esa capacidad del lenguaje de prolongarse casi indefinidamente en sucesivas subordinadas. Es una destreza para la que el idioma castellano parece estar especialmente dotado y que animó la prosa de nuestro autor como potente estimulante, casi en un uso subalterno de la anfetamina; como explicó el propio Ferlosio en su opúsculo autobiográfico La forja de un plumífero, durante años hacía ingesta de este agente adrenérgico sintético para sumergirse con más prolongada concentración en la Teoría del lenguaje, de Karl Bühler.

Lamentablemente, esta fiebre hipotáctica supone un lastre para la comprensión de algunos de sus textos, pues el lector se pierde a veces entre los hilos sucesivos de la argumentación, se agota por el esfuerzo sostenido que requiere y se ahoga ante la impracticable longitud de las frases, que sobrepasan con creces la capacidad pulmonar y respiratoria del ser humano. Por eso quizá se le sigue considerando más escritor que pensador, condición en la que no acaba de cuajar entre sus coetáneos. De ahí también la pertinencia y utilidad de un estudio como el que ahora nos ocupa.

Comienza identificando Juan Antonio Ruescas Juárez en la trayectoria ensayística de Ferlosio dos actitudes permanentes: la alerta autocrítica y el deseo de convencer. “Son rasgos de estilo –explica–, pero también reflejo de un carácter no muy distinto de aquel machadiano estar cerca de pensar algo justo cuando se acaba de decir lo contrario. No es impostura. Tampoco es frivolidad. Es la honestidad de quien desea ‘tener razón’ frente a otros pero también, y muy a menudo, frente a sí mismo”. De hecho, se diría que Ferlosio no busca soluciones a los problemas que aborda, y cuando parece proponer una solución, no tarda en sospechar de sí mismo. “Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere”, reza la frase que abreVendrán más años malos y nos harán más ciegos, excelente libro de aforismos o textos breves (“pecios” los llama él).

Ferlosio rechaza la actitud dogmática, el afán doctrinario y el vicio de sentirse “cargado de razón”. Recela en general de las ideologías, ya que “tener ideología es no tener ideas”, pero esta actitud también la sostiene con respecto a sí mismo; es decir, no solo carece de toda pretensión de sistema sino que, además, se muestra constantemente autocrítico.

No es baladí que Ferlosio haya insistido siempre en que las cosas decisivas que le han ocurrido en la vida tuvieron un origen circunstancial, ocasional, fortuito: “Se ha dado así y ya está, no hay que darle mayor importancia”, “No obedece a ningún propósito… ha ocurrido así”. Esto, naturalmente, no es cierto del todo, pues su carácter influye de manera decisiva en el devenir de las cosas. Aunque no queremos psicologizar al personaje, parece ser simplemente su manera de alejarse del foco, de quitarse de en medio. Incluso, por si hubiera alguna duda, no deja de subrayar en todo momento su inconstancia, pereza, holgazanería y falta de profesionalidad. Para despistar, o por quitarse importancia. Como dijo en la presentación de su ensayo God & GunApuntes de polemología, le gusta escribir con inconsciencia y espontaneidad, “sin propósito de método ni autoanálisis, ni pretensión de que hubiese armazón teórica”.

Todo esto no impide que haya una coherencia, unas ideas-guía y unas constantes de pensamiento en alguien que se ha movido siempre en un terreno fronterizo entre lo filosófico, lo literario y lo periodístico. Y esas constantes son las que Ruescas se ha propuesto detectar y examinar en este libro.

El lenguaje y la narración

El primer capítulo, que sirve también de prolegómeno o introducción metodológica, se ocupa de la cuestión del lenguaje, tan central y decisiva en el pensamiento de Ferlosio, para quien el “don de la palabra” es el elemento nuclear de la condición humana. La palabra nos hace y no podemos percibirnos desde fuera: no existe un exterior de la lengua. Por eso, sumándose a su manera al giro lingüístico que efectuó la filosofía en el siglo XX, Ferlosio analiza el lenguaje (ordinario y literario) para detectar las huellas morales, ideológicas o “de mentalidad” que se esconden en determinados clichés o estereotipos establecidos en la sociedad. También puede iluminar así sus reflexiones sobre la historia, la religión, la moral y la política.

Para Ferlosio la narración tiene implicaciones ideológicas, pues conlleva un sentido(ya sólo por su ubicación en el orden expositivo, los elementos de la narración adquieren un sentido), antagonismo (es la polarización lo que da sentido a la narración) e identidad (lo narrado es una sola cosa y ha de tener una única verdad). Esta convención de la unidad de lo narrado es para Ferlosio un “fetiche de la identidad” de un sujeto que se convierte en centro de gravedad de los elementos del discurso. En cambio, la lírica es un fenómeno específicamente literario que consiste en el canto de lo perecedero (los bienes) frente a lo imperecedero (los valores).

Manifiesta Ferlosio en sus ensayos un aprecio constante por lo perecedero: por los elementos de la narración (independientemente del sentido que se pretenda dar el conjunto), por los hombres concretos que sufren y mueren (independientemente de la causa o el designio al que se pretenda subordinar su vida), por la belleza y el gozo absolutamente irrepetibles, en fin, por los bienes frente a los valores, como recapitula muy bien Ruescas. Defiende asimismo una forma de experiencia que sea movimientocentrífugo hacia las cosas, y no asimilación centrípeta de lo exterior, de lo no-igual a uno mismo, ya que “poner el mundo en casa es la manera de lograr que jamás se acceda a él”.

Una de las características más visibles del discurso ensayístico de Ferlosio es la presentación de múltiples binariedades (no en vano, considera que el pensamiento opera mediante discrepancias o términos contrapuestos): “bienes/valores”, “tiempo consuntivo/tiempo adquisitivo”, “placer funcional objetivo/placer funcional subjetivo”, “carácter/destino”, “felicidad/satisfacción”, “experiencia centrípeta/movimiento centrífugo hacia las cosas”, “remordimiento/arrepentimiento”, etcétera. Por centrarnos en una de estas oposiciones, que engloba a otras, podemos resumir diciendo que eltiempo adquisitivo es el tiempo con sentido, donde se cumplen los valores y se persigue una meta, buscándose la satisfacción (hay una totalidad que da sentido a los instantes), mientras que el tiempo consuntivo es un tiempo sin sentido, donde se gozan los bienes y no se persigue ningún fin, procurándose la felicidad (en la instancia pura del presente). El primero es el tiempo de la cultura predatoria, de la idea de progreso y de la dominación.

Tanto las ideas de Ferlosio como los temas que trata están interrelacionados y aparecen de manera más o menos recurrente en diferentes ensayos y artículos de distintas épocas, como si estuviesen conectados por tuberías. Lo que este libro propone es un posible recorrido por esas tuberías.


La historia y la mentalidad expiatoria

El problema de la historia aparece vinculado en Ferlosio a los conceptos de sacrificio y dominación. Ferlosio pone en cuestión el ideal del Progreso y critica la “mentalidad expiatoria”, idea religiosa que al secularizarse en la Modernidad y en las concepciones armonizantes de la Historia se convierte en un mecanismo justificador de la dominación, pues trata de dar sentido al dolor y al sufrimiento de las personas como si fuera una necesidad histórica y un precio a pagar por una determinada causa: la Nación, la Civilización, el Progreso, la Revolución, la marcha de la Historia, el Futuro, el Desarrollo o la Tecnología.

La filosofía de Hegel sería el mayor exponente de esa racionalización de la mentalidad sacrificial y de esta lectura armoniosa de la historia, donde los antiguos dioses siguen presentes bajo nuevos nombres. Ese pensamiento se erige así en legitimador de la dominación, dando sentido a las injusticias y tratando de purificar lo real al reconciliarlo con lo racional.

Frente a eso, para Ferlosio la cuestión ética por excelencia es la conciencia irreparable del dolor y el sufrimiento, a los que no puede redimir ningún sentido ulterior. Del empeño en no querer mirar cara a cara el dolor proceden para él todas las trampas, rebeliones, cinismos, hipocresías, neurosis, disimulos, supersticiones, dogmatismos y rencores.


La guerra y el furor de dominación

La guerra es uno de los temas más queridos y frecuentados por Ferlosio. Para él elagon, el antagonismo, está profundamente arraigado en la conciencia humana, y lo que revela la verdadera naturaleza de la guerra es la “tenebrosa y arcaica irracionalidad que se manifiesta en el amor a la victoria como fin en sí mismo”. La guerra es la madre de los pueblos o patrias o naciones, cuya identidad se construye desde sus victorias en el campo de batalla: “La verdad de la patria la cantan los himnos: todos son canciones de guerra”, dice uno de sus aforismos.

Ferlosio insiste en el carácter mítico, oscurantista, sangriento, opresor e inhumano de la identidad. Toda identidad vive y se nutre del antagonismo. No hay sujeto sin antagonismo, sobre todo en los sujetos colectivos, como las patrias y los imperios. Y el factor decisivo de la comprensión de la historia es el “furor de dominación”.

En este sentido, Ferlosio distingue entre la guerra entre partes, donde los contendientes se enfrentan por una querella concreta y se reconocen como partes en conflicto, de modo que existe un “ius in bello”, y la guerra escatológica, donde Dios es el garante de la victoria y el enemigo es el mal puro, el “in Dios”. Frente a la afirmación del personaje de Dostoyevski (“Si Dios no existe, todo está permitido”), dice Ferlosio que cuando hay Dios es cuando todo está permitido, pues “nadie tan ferozmente peligroso como el justo, cargado de razón”.

La lógica de la guerra contemporánea comporta la supresión del albedrío, de modo que la fatalidad (que antaño dependía de la voluntad de los dioses) pasa a manos de los hombres. La guerra es el dominio del Yo, del sujeto en cuanto identidad. Ya Jesús de Nazaret, al predicar el perdón, había dicho: “Niégate a ti mismo”.
 

El Estado y el principio de eficacia

Para Ferlosio el Estado es fruto y agente de la dominación; no hay Estado sin derecho, ni derecho sin violencia creadora. Aunque comparte en lo básico el análisis del Estado que hace Hegel, discrepa profundamente de su intención o valoración. El principio de eficacia guía la “dominación interna” del Estado, surgido de la violencia creadora.

Todo derecho apareja una coacción y establece alguna prohibición, lo que pertenece al ámbito del derecho positivo. Aunque recele de las apelaciones a la naturaleza cuando se trata de determinar la conducta humana (la idea de un derecho natural no deja de estar vinculada para él a la idea de razón y ambas, a su vez, a la de dominación) y no presuponga la existencia del derecho natural y nuestra capacidad de conocerlo, Ferlosio considera necesaria la idea de un derecho no escrito, al menos como supuesto contrafáctico, a la hora de pensar el derecho como realidad positiva.

Ferlosio sospecha de la legitimidad del Estado (“esa bestia engendrada por las armas”), cuestiona la distinción entre violencia legítima y violencia ilegítima, y sugiere que los abusos no son algo accidental sino que se relacionan con la esencia del “Estado en sí”.

Para él la verdadera ética está en la renuncia o la crítica al principio de eficacia. Hay que denunciar la tortura y el uso de la fuerza, así como la necesaria autoconservación del poder.


La religión y el principio de realidad

Por un lado, para Ferlosio la mera idea de Dios resulta ya nociva, pues es causa y consecuencia del absolutismo moral y sirve para legitimar el furor de la dominación. Ferlosio protesta contra el Dios del Antiguo Testamento, al que identifica con la ira, la soberbia y el furor guerrero y nacionalista. Los dioses son la voz de la victoria, de la realidad, de la fatalidad, de la necesidad y, en fin, de la facticidad.

Por otro lado, para Ferlosio lo más específico de la actitud religiosa no es la creencia en Dios ni la idea de una vida ultraterrena, sino precisamente la obstinación contra la facticidad, es decir, la negación del principio de realidad como criterio válido para juzgar sobre el bien y el mal. La facticidad es la realidad tal como nos es dada, al margen de nuestros deseos y de cualquier idea de justicia. Es lo que es, no lo que deseamos que sea ni lo que creemos que debe ser.

Ferlosio se rebela contra la facticidad: nada está justificado por el hecho de ser lo dado, o lo posible. No importa “la legitimación por un ayer efectivamente habido o un mañana posible, sino la indiscutible e inalterable obstinación con que la idea del bien se resiste a toda experiencia de lo dado. La religiosidad es esa obstinación”. El desacato al principio de realidad se convierte, pues, en lo específico de la actitud religiosa.

La actitud religiosa es la que rechaza el principio de realidad, asume la universalidad y tiene una representación positiva del bien. Frente a ella, distingue Ferlosio otras tres actitudes típicas: la del pragmático, que es el impío por excelencia, pues hace de la necesidad una ley; la del cínico, que, aunque no ofrece resistencia, niega “credenciales de legitimidad” a la realidad; y la del anacoreta, que se retira del mundo porque rechaza su realidad como perversa (busca su salvación personal y falta a la universalidad religiosa).

Ferlosio reivindica la llamada del espíritu, que supone un impulso para liberarse de las determinaciones de la realidad y una apelación a pensar y actuar como seres dotados de albedrío, enfrentándonos a la naturaleza, a la historia y a la moral de identidad. Con respecto al cristianismo, Ferlosio critica todos aquellos aspectos históricos que le parecen nocivos (su papel legitimador del poder, de la guerra y de la dominación, su concepto de Verdad única y unívoca, el sacrificio de los bienes), pero elogia el mensaje evangélico y el ideal de vida que propone.

El liberalismo y la identidad individual

El sexto capítulo del libro se dedica a la actitud de Ferlosio ante la sociedad contemporánea, a la que caracteriza como “sociedad de producción”. No es que los consumidores necesiten que se produzcan bienes, sino que es la necesidad de producción la que requiere que los ciudadanos se conviertan en consumidores insaciables, para autoperpetuarse; de ahí la importancia, por ejemplo, de la publicidad. Esta lógica de producción y consumo influye de manera decisiva en las formas de vida y en los hábitos de pensamiento.

Ferlosio rechaza de plano algunos valores encumbrados por el individualismo liberal, como el afán de superación, la aspiración a la excelencia, el ardor competitivo, el amor por el trabajo y el espíritu de sacrificio. El liberalismo, como sistema económico e ideológico, impone ciertas ideas sobre la productividad, el trabajo, la ascética y el espíritu emprendedor, que en realidad “son puras y simples perversiones funcionales”. Ferlosio impugna la apología del trabajo como virtud santificante, actividad creadora, contribución al bien común o servicio a la sociedad, más aún cuando en nuestra época ha quedado reducido a mera relación contractual.

Moralista a su pesar, “irrecuperablemente anclado el Ancien Régime”, Ferlosio reconoce que cuando relee sus ensayos se descubre pedante, cargante, y siente aversión por esa figura petulante del hombre lleno de convicción. El Ferlosio más sermoneador odia muchas cosas, sobre todo las contemporáneas. Odia la televisión, los fastos culturales y el deporte. Odia las fiestas populares y las manifestaciones folclóricas. Odia a España, pero añade que jamás se iría a vivir al extranjero. Considera que Walt Disney es la mayor catástrofe de la cultura del siglo XX, un corruptor de menores que ha destrozado el misterio de la naturaleza mediante la antropomorfización de los animales. También detesta la prosa anoréxica y telegráfica de Azorín. Y un larguísimo etcétera de odios.

Al conjunto de opiniones de Ferlosio sobre la historia, sobre la moral, sobre el individuo, sobre la guerra y sobre el Estado subyace una personal actitud crítica ante la Modernidad y cierto aprecio por algunos aspectos de las costumbres y el pensamiento antiguo y medieval. Pero no cabe calificar a Ferlosio de “premoderno”, pues “no alberga ninguna pretensión restauracionista”, concluye Ruescas.

Sus artículos de opinión son un alarde de precisión lingüística, contundencia polémica y desatada iracundia (se lo imagina uno con las cejas erizadas y la mirada colérica, como un anarquista de púlpito), aunque suele sazonarlos con una buena dosis de ironía. La pasión por la controversia y el repliegue reflexivo sobre el propio contenido –informativo y opinativo– de los periódicos lo convirtieron, de manera involuntaria, en el inspirador teórico y práctico del metaperiodismo arcadiano, tan de moda en nuestros días.

Max Weber, T. W. Adorno, Walter Benjamin, Max Horkheimer, Agustín García Calvo y Fernando Savater son, junto con el Juan de Mairena de Machado, los referentes filosóficos que más asoman la cabeza por sus ensayos.

 

 Carácter y destino: la forja de un plumífero

Una de las contraposiciones de Ferlosio que más fortuna ha tenido es la distinción entre carácter y destino, inspirada en Walter Benjamin y que expuso en su discurso en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes.

Explicaba allí Ferlosio que siempre ha habido personajes –como Charlot– cuyo carácter se cumplía plenamente en sus ademanes visibles, pero que en la escritura no basta la descripción del gesto y se necesita la palabra dicha por el personaje como “componente más completo y más específicamente humano de la manifestación del carácter”. Esto se suele dar en el género de la comedia. En cambio, en el drama es la acción lo que constituye un “argumento” en el sentido fuerte: “la acción con sentido, la proyección de intenciones y designios, los trabajos racionalmente dirigidos al logro de los fines”. Y esto no pertenece por tanto al orden del carácter, sino al orden del destino.

Atrapado, como don Quijote, en la encrucijada conflictiva entre el orden del carácter y el orden del destino, cabe cuestionarse si resulta aplicable en el caso de Ferlosio lo que él mismo decía del personaje de Cervantes: a saber, que es “un personaje de carácter cuyo carácter consistía en querer ser un personaje de destino. (…) El ser personaje de destino es la obra de su carácter; por eso, lejos de disminuir su condición de personaje de carácter, la confirma y reduplica”.

Mientras leemos alguna de sus indignadas homilías de ratón o revisamos su texto autobiográfico La forja de un plumífero, no podemos dejar de preguntarnos: ¿hasta qué punto no quiere convertirse Ferlosio a sí mismo –personaje de carácter donde los haya– en un personaje de destino?

Desde luego, su figura no parece adecuarse al “principio de ejemplaridad” postulado por Javier Gomá Lanzón, según el cual la vida es la lenta gestación de un ejemplo póstumo. De hecho, convertirlo en un ejemplo sería transfigurar al huidizo personaje de carácter que indudablemente es en un mero personaje de destino aprés la lettre,imponiéndole un sentido, una causa, un argumento, que lo haga racional, comprensible y susceptible de imitación. Después de todo, como dice en su prólogo al Pinocho de Collodi, “para servir a la ejemplaridad siempre se manipulan, quiérase o no, de un modo u otro, los acontecimientos”.

Irrepetible, inclasificable, libérrimo (aunque niegue la existencia de libertad, pues “somos sólo un cruce de muchas influencias”), quizá Ferlosio –que rechazaría la idea misma de ejemplaridad al considerarla cargada de fariseísmo y narcisismo: “Aquí estoy yo, que no soy como los otros; seguid mi ejemplo”– sea sólo un prototipo genial de sí mismo. Un modelo intransferible, un no-ejemplo.

Subraya Ruescas el talante obstinado de Ferlosio. No se refiere con esto a un rasgo psicológico sino a una forma de mirar al mundo y de reflejar esa mirada en la escritura. La obstinación de Ferlosio es la negativa a dar por buena la realidad solo por ser la realidad, así como la voluntad de hacer uso del albedrío.


Conclusión

En sus ensayos y artículos Rafael Sánchez Ferlosio se muestra como un filósofo moral que reflexiona sobre los avatares del mundo, hurga en los presupuestos del discurso establecido y trata de hacer explícito todo aquello que suele permanecer innombrado porque se da por supuesto. Esta labor de aguijoneador o excitador de la opinión pública es una de sus características más destacadas.

Juan Antonio Ruescas, que realizó su tesis doctoral sobre el mismo tema, ha sabido extraer y compendiar en este libro las principales obsesiones que han nutrido el pensamiento de Ferlosio a lo largo de su vida (la idea de progreso, el sentido de la historia, la realidad de la guerra, la mentalidad expiatoria, la concepción del Estado, la función de la religión, el problema de la identidad personal, el individualismo, el liberalismo, etcétera), ha aclarado sus conceptos fundamentales y ha elaborado una síntesis iluminadora que puede resultar muy útil no sólo a los lectores especializados sino también a un público más general.

Este esfuerzo por convertir lo académico en “alta divulgación”, que no resulta tan sencillo como pudiera parecer, es el que tanto se echa de menos en nuestra academia (quizá no es casualidad que el autor sea profesor de instituto, no de universidad). Lástima, todo hay que decirlo, que la editorial Biblioteca Nueva no haya sabido coronar tan formidable logro con un diseño de portada más decoroso.

Terminada la lectura de este libro, puede uno enfrentarse a los ensayos de Ferlosio con actitud más relajada y entusiasta, pues conociendo ya las coordenadas de su pensamiento resulta mucho más fácil entregarse al disfrute de su magnífica prosa, que no deja de tener un poderoso componente adictivo.

De ahora en adelante, será más difícil seguir negándole a Ferlosio un lugar destacado en la nómina de los pensadores españoles contemporáneos.

 

Juan Antonio Ruescas Juárez, El pensamiento crítico de Rafael Sánchez Ferlosio: sobre lingüística, historia, política, religión y sociedad. Biblioteca Nueva, Madrid, 2016. Prólogo de Victoria Camps.

 

Ernesto Baltar (1977) es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Licenciado en Filosofía y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, ha trabajado como profesor de filosofía, editor y traductor freelance. Actualmente dirige la editorial de la Universidad Internacional de La Rioja. Ha participado en el volumen colectivo El pensador vagabundo. Estudios sobre Walter Benjamin y ha publicado Ciudades en fragmento, VII Premio Internacional de Literatura de Viajes Ciudad de Benicàssim. Colabora en revistas como Clarín, El Estado Mental, Nueva Revista o Jot Down.

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