“El retorno de la ‘kremlinología'” de Angel Ferrero, en eldiario.es

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“En una reciente entrevista con la radio pública alemana, la excorresponsal del Frankfurter Allgemeine Zeitung en Moscú, Elfie Siegl, se lamentaba por la escasez de especialistas en Rusia. Mientras Moscú cuenta con buenos especialistas “en los diferentes países de la Unión Europea”, la Unión Europea, en cambio, “cuenta con muy pocos especialistas que sepan realmente lo que ocurre en Rusia, cómo discurre la política y la mentalidad rusas y, sobre todo, cómo debe reaccionarse eventualmente a todo ello”. La afirmación sorprende cuanto menos, pues sólo entre Berlín y Bruselas se cuenta una plétora de departamentos universitarios, think tanks e institutos –muchísimos más, desde luego, de los que existen en Rusia–, cada uno de ellos con sus respectivos departamentos para Rusia y Asia Central, y ninguno de sus especialistas ha sido capaz de anticiparse a los movimientos del Kremlin. La situación recuerda a la fuerza a aquella pseudociencia, a falta de mejor nombre denominada kremlinología, que dominaba en los tiempos de Guerra fría y de la que la desintegración de la URSS reveló a las claras su carácter falsario. En la Guerra Fría 2.0 la kremlinología regresa pisando fuerte, y no a pesar de su tendencia a la distorsión, sino precisamente debido a ella. “Antes, a nivel de expertos, se diferenciaba entre la propaganda y el análisis, ahora se practica una mezcla de géneros preocupante”, asegura el politólogo ruso Andrei Kortunov, citado en un reciente artículo de Rafael Poch-de-Feliu.

Los kremlinólogos de nuestros días son aplicados operarios en lo que Noam Chomsky denominó “fabricación de consenso”. Los periodistas y académicos que tratan de desafiar este consenso se arriesgan a perder su prestigio, sus contactos o incluso su puesto de trabajo. Quienes lo abonan, por el contrario, se ven recompensados y consiguen, entre otras cosas, más proyección mediática, lo que conduce, en última instancia, a un sesgo informativo, si no a una espiral de empobrecimiento del discurso público: quien más constantemente golpea a Rusia y su gobierno, más puntos por así decir obtiene, más artículos y libros publicados, más entrevistas concedidas y desde luego más dinero. Como todos los kremlinólogos asisten a los mismos concilios, comen los mismos canapés y luego se citan en sus artículos entre sí, el círculo se cierra sobre sí mismo, atrapando al lector de prensa, mientras los cardenales grises en el Kremlin y en la Casa Blanca tiran cómodamente de los hilos.

Uno de los últimos ejemplos de la preocupante “mezcla de géneros” denunciada por Kortunov es un reciente artículo de Michael Emerson, miembro del think tank Centro de Estudios Políticos Europeos (CEPS, por sus siglas inglesas), con sede en Bruselas. Emerson califica en su artículo a Rusia de “régimen fascista”, compara la adhesión de Crimea con el Anschlüss y al Donbás con los sudetes. Todo esto es, evidentemente, una grosera exageración, pero contribuye a enturbiar los intentos por analizar la situación cabalmente. Otro de los lugares comunes de la nueva kremlinología es la figura del filósofo de Tercera Posición Aleksandr Dugin, cuya mención va invariablemente acompañada de la descripción “influyente teórico en el Kremlin”. En realidad, como ha explicado en varias ocasiones en este mismo medio Javier Morales, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Europea, el eurasianismo, tal y como lo entiende la corriente teórica de la nueva derecha apadrinada por Dugin, “tiene una escasa influencia real en el reducido círculo del Kremlin –mucho más pragmático que ideológico– donde se toman las decisiones, precisamente por vincularse a los delirios conspiranoicos de figuras marginales como Dugin”, quien, recuerda, “se ha quejado recientemente en público de no ser escuchado en los círculos de poder”. En efecto, en política internacional el Kremlin persigue una estrategia multipolar, y por ello mantiene buenas relaciones con países con sistemas políticos tan dispares como Venezuela, China o Irán…”

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