«¿Es el capitalismo inmoral? La mirada de Marx» de José Ovejero, en fronterad

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“En memoria de los incontables hombres y mujeres de todos los credos, naciones y razas que cayeron víctimas de la creencia fascista y comunista en las Leyes Inexorables del Destino Histórico”. Con esa dedicatoria se abría La miseria del historicismo, el magnífico panfleto antimarxista de Karl Popper. Por poco que se piense, no se tarda en reparar en que la dedicatoria contiene una dificultad que a Popper no se le debió escapar y con la que, no siempre con fortuna, parece lidiar a lo largo del libro, una paradoja de la acción: si alguien está realmente convencido de que existen leyes inflexibles de la historia y que avanzan a favor suyo, no se lanza a actuar en contra o a favor de nada. Si la historia sigue un curso inexorable, hasta desembocar en la sociedad comunista, lo único que tenían que hacer los revolucionarios era sentarse y esperar. Dando la vuelta al verso de Machado, se diría que todo el que sabe que la victoria es suya, aguarda. 

No es éste el único problema que, queriéndolo o no, mostraba el famoso ensayo de Popper. También había otra paradoja de la condena: ¿cómo podían los socialistas descalificar al capitalismo, una obligada estación de tránsito en el inexorable curso de la historia? ¿Cómo era posible creer en el inflexible funcionamiento de los procesos históricos y, al mismo tiempo, afirmar la superioridad desde el punto de vista ético, valorativo de la futura sociedad? Creer de verdad que la naturaleza sigue un curso regular e inevitable no concuerda con la condena moral de las sociedades existentes: nadie condena la trayectoria de los planetas ni califica de injustas las leyes de la genética. 

Los problemas de Popper, como acostumbra a pasar con las inteligencias limpias y poderosas, apuntan a un asunto importante: la complicada relación entre la ética y el socialismo moderno de raíz ilustrada, que busca basar racionalmente los procesos emancipadores. La reflexión de Marx, que unas veces parece descalificar la moral y en otras ejercerla, es la cristalización más cuajada de esa tensión. En sus escritos conviven el desprecio por las argumentaciones normativas e, incluso, por la idea de justicia, con el uso de esas argumentaciones normativas, como sucede con sus condenas de la sociedad capitalista, por explotadora e injusta. Esa crítica moral que no acaba de serlo se puede reconocer en tres aspectos: la interpretación de la justicia, la idea de explotación y la condena del capitalismo. En el primer caso, Marx parece despreciar la idea de justicia, por constituir “basura ideológica” al servicio de la burguesía, pero también sostiene, entre otras cosas, que, a su manera, el capitalismo es justo. En el segundo, condena la explotación a la vez que parece admitir que la sociedad justa tendrá que ser “explotadora”. En el último, se solapan diversos criterios de condena del capitalismo…”

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