“Evangelios fascistas y culturas políticas franquistas” de Enrique Moradiellos. Reseña del libro “El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950)” de Ferran Gallego. Revista de Libros

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“Vaya por delante una declaración de homenaje admirativo sin matices ni dobleces. Ferran Gallego, barcelonés de la quinta de 1953 y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha escrito sobre los orígenes y conformación de la llamada «cultura política del franquismo» una obra que marcará un hito en el estudio de su temática y que asombra tanto por su extensión física (casi mil páginas de letra apretada y certero aparato crítico) como por su densidad interpretativa (denotativa de un bagaje de formación filosófico-política depurado y nada habitual entre sus colegas de gremio). En cierta medida, cabe leer su último y notorio trabajo como el colofón casi lógico y obligado de una trayectoria de dedicación profesional que empezó con muy consistentes trabajos sobre el nacionalsocialismo alemán (De Múnich a Auschwitz. Una historia del nazismo, 1919-1945, Barcelona, Plaza y Janés, 2001; Todos los hombres del Führer. La élite del nacionalsocialismo, 1919-1945, Barcelona, De Bolsillo, 2008) y transitó con igual sutileza por la historia del fascismo español de entreguerras (Fascismo en España, Barcelona, El Viejo Topo, 2005; Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español, Madrid, Síntesis, 2005).

El evangelio fascista se plantea como objetivo (y consigue en gran medida como resultado) la búsqueda de las raíces intelectuales e ideológicas de «una cultura política» configurada definitivamente a partir de varias vetas al calor de la sublevación militar del 18 de julio de 1936 y de su conversión en una guerra civil que tiene todos los caracteres de una «guerra total» en el contexto de la convulsa década europea de los años treinta. Y lo hace abordando tres grandes asuntos básicos y codeterminantes a través de una tríada de apartados compactos y sólidamente construidos en su despliegue consecutivo: 1) La cristalización del fascismo español en el contexto del quinquenio democrático republicano (1931-1936) y de la intensa radicalización inducida por la movilización de masas de la coyuntura bélica (1936-1939); 2) La configuración de la cultura política de impronta fascista de un régimen franquista articulado por tres pilares (Caudillo, Estado y Partido) y que logra vencer en el campo de batalla interno y se apresta a alinearse con sus congéneres en el campo de batalla internacional (1939-1943); y 3) El proceso de «desfascistización» de esa cultura política y de ese régimen institucional entre 1943 y 1950, al compás del cambio adverso de los horizontes internacionales y de la paralela promoción de la idea de un «Estado católico» legitimado casi exclusivamente por la propia y singular historia nacional de España.

La empresa es, así pues, de verdadera envergadura y se apoya, como debe ser, en un triple frente de fuentes informativas bien consultadas y despiezadas con finura analítica y, a veces, con intimidante precisión: 1) Un amplio elenco de literatura bibliográfica disponible y pertinente: desde los clásicos trabajos genéricos sobre el fascismo español y el primer franquismo de Ricardo Chueca, Raúl Morodo, Paul Preston, Ismael Saz, Eduardo González Calleja, Joan Maria Thomàs o Pedro Carlos González Cuevas, hasta las menos conocidas aportaciones más sectoriales de jóvenes investigadores como Francisco Morente, Javier Rodrigo, Benjamín Rivaya, Francisco Javier Bernal García o Nicolás Sesma Landrín, entre otros muchos citados y, lo que es más justo y gratificante, leídos y considerados; 2) Un atinado registro de fuentes primarias casi exclusivamente hemerográficas: desde la muy conocidas e influyentes revistas  tituladas Acción Española o Revista de Estudios Políticos, hasta las menos conocidas y casi inutilizadas hasta el presente que responden a cabeceras como El Fascio, Cisneros, Alférez o Escorial; 3) Una completa nómina de testimonios de protagonistas en diversos soportes (artículos, libros, reseñas, noticias, diarios, epistolarios) que incluye la flor y nata del pensamiento político y jurídico de las derechas españolas durante los tres lustros acotados: desde José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos, Onésimo Redondo, Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo, Raimundo Fernández-Cuesta y José Luis de Arrese (entre los propiamente falangistas y fascistas), hasta Aniceto de Castro Albarrán, Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera, José Calvo Sotelo, José María Pemán, Antonio Goicoechea, José María Gil Robles y Rafael Calvo Serer (entre las variadas plumas de la derecha monárquica y católica), sin olvidar a tratadistas y juristas de la talla de Francisco Javier Conde, Luis Legaz Lacambra, Francisco Elías de Tejada o José Antonio Maravall.

Pertrechado de esos mimbres y piezas, Ferran Gallego teje y construye su relato sobre la emergencia de una cultura política plenamente «fascista» que singularizaría al régimen franquista durante casi un decenio y lo insertaría sin complejos en la corriente general de los fascismos europeos de su época y hasta su inminente derrota en 1945. En atención a esa perspectiva interpretativa, su análisis del proceso de conformación de dicha cultura encadena una serie de tesis (casi también condensadas en varias ideas-fuerza, al modo de Alfred Fouillée) en un discurso explicativo que va a la contra de la opinión habitual de la mayor parte de la historiografía especializada. Así, el fascismo español no sería un movimiento «tardío» en su llegada a la escena política española en la crítica era de entreguerras, pese a que hasta octubre de 1931 no estarán constituidas las JONS de Onésimo Redondo y hasta octubre de 1933 no se produce la fundación de la Falange por parte de José Antonio (y sólo en marzo de 1934 se fusionan ambos grupos para dar origen a Falange Española de las JONS). Tampoco esa tardía aparición y crecimiento estaría en la base de la escasa influencia del fascismo falangista o sus analogados (Ledesma, sobre todo), que no habrían visto bloqueados sus desarrollos orgánicos e implantación de masas por la existencia de otras opciones políticas que ya «ocupan» provechosamente el espacio público cívico potencial (el tradicionalismo carlista, el monarquismo autoritario y, sobre todo, el catolicismo político posibilista). Y tampoco esa relativa marginalidad habría tenido que esperar a romperse con el desencadenamiento de la Guerra Civil, a pesar de que entonces la conversión del falangismo en movimiento de masas fue satelizada por el dominio efectivo de los mandos militares, que truncaron sus expectativas de hegemonía política mediante una unificación decretada por el Cuartel General del Generalísimo, que hizo del falangismo un pilar clave del partido unificado, pero controlado manu militari en sus ambiciones más extremas (defenestración de Hedilla en abril de 1937 y derrota del órdago presentado por Serrano Suñer en mayo de 1941). Y, en esa misma línea interpretativa, también cabe dudar de que la «desfascistización» iniciada entre 1943-1945 hubiera sido un mero abandono de «un espacio al que se renunciaba por motivos diplomáticos», oportunismo pragmático o conveniencias políticas internas, con un reajuste consecuente de los principios básicos del régimen y un reacomodo de las esferas de influencia de sus grupos integrantes fundacionales…”

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