” Gaziel, también en castellano” de Xavier Pericay, en Revista de Libros

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“Van a permitirme que empiece con algo particular, algo de lo que soy arte y parte. Me refiero a la edición en castellano de la obra de Josep Pla. Cuando la editorial Espasa, siguiendo los consejos de mi amigo Arcadi Espada, me propuso traducir los cuatro libros de notas del escritor ampurdanés –encargo que luego quedó en tres libros (Notas dispersas, Notas para Sílvia y Notas del crepúsculo), dado que Espasa, al final, optó por reeditar la versión que de El cuaderno gris hicieran en 1975 Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros–, me sorprendió que nadie hubiera tenido antes la idea. Y, por supuesto, me sorprendió que no la hubiera tenido Destino, poseedora de los derechos de edición de la obra del escritor y sello que edita en ambas lenguas desde hace un montón de años. Cualquiera que conozca esos cuatro dietarios convendrá conmigo en que no existe tal vez mejor modo de poner al alcance de un lector, en este caso el castellano, lo esencial del pensamiento de Pla y una muestra decisiva –como adjetivaría el propio escritor– de la grandeza de su escritura. Pero así funcionaba el mundo editorial catalán allá por los estertores del siglo XX, con esa racanería. O con ese error de enfoque. Porque, más allá de la endogamia o, si lo prefieren, de la concepción de la edición en catalán y de la edición en castellano como dos compartimentos estancos, entre los que casi nunca se abrían puertas y escotillas, estaba el embeleso del mercado europeo. Como si el (re)conocimiento de la literatura catalana sólo pudiera pasar por la traducción al inglés, al francés, al alemán, o a cualquiera de esas lenguas minoritarias con las que el catalán comparte destino y privaciones. Como si el castellano fuera, en definitiva, un idioma de otra galaxia.

Pero ese absurdo empezó a cambiar en el presente siglo, al menos en lo que a Pla se refiere. Y en ese cambio mucho tuvo que ver el éxito de esos dos volúmenes de sus dietarios, maravillosamente editados, que Espasa sacó a la calle en 2001 y 2002, respectivamente. Aunque no faltó quien denunciara la apropiación que el nacionalismo español (¿?) estaba haciendo de la figura de Pla, lo cierto es que la propia Destino, ayudada por un relevo en la dirección editorial, se percató del error cometido y se dispuso a enmendarlo. De ahí nació, por ejemplo, Cuatro historias de la República (2003), ese libro de libros que tuve la fortuna de editar y del que emergió una magnífica y me temo que irrepetible generación de periodistas españoles. El volumen incluía a cuatro de ellos, acaso –con Corpus Barga– los más grandes: el propio Pla, de quien se reeditó su Madrid. El advenimiento de la República, incluido en Notas para Sílvia; Julio Camba, de quien también reeditamos su olvidado Haciendo de República; Manuel Chaves Nogales, representado con una selección de su producción republicana, prácticamente ignorada en aquel entonces1, y otro catalán –y ampurdanés–, Agustí Calvet, Gaziel (Sant Feliu de Guíxols, 1987-Barcelona, 1964), de quien ofrecimos, como en el caso de Chaves, los artículos de los años treinta relacionados con la Segunda República española y publicados en castellano. Si Chaves, para el lector español, constituía casi un descubrimiento, más lo constituía Gaziel. Y, en lo relativo a este último, el descubrimiento se hacía extensivo al lector en catalán, al que tanto afectaban la dispersión y la fugacidad del periodismo como la dictadura de los compartimentos estancos…”

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