«Genes de raza» de Carlos López Fanjul, reseña de «Una herencia incómoda. Genes, raza e historia humana» de Nicholas Wade. Revista de Libros

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“La convicción de que el grupo propio es a toda luz superior al ajeno debe de ser casi tan antigua como el hombre, pero los intentos de justificar esta pretensión revistiéndola de un cierto barniz científico son relativamente recientes. Así, en la décima edición del Systema Naturæ (1758), Linneo añadía a los distintivos físicos de las cuatro variedades en que clasificó a la especie Homo sapiens los pertinentes a su condición moral, gobernada por las leyes en el caso de los críticos e inventivos Europaeus, regida por la reputación en los adustos y melancólicos Asiaticus, tiranizada por el capricho en los flemáticos y perezosos Afer, o dominada por la rutina en los coléricos e inconstantes Americanus. El argumento central de la obra aquí reseñada bien pudiera considerarse como una actualización de los prejuicios del padre de la taxonomía biológica aderezada con ingredientes tomados de la moderna genómica.

Su autor, Nicholas Wade, es un periodista especializado en la divulgación de temas científicos, cuya larga carrera se inició en las revistas técnicas Nature y Science para continuar durante los últimos treinta años en el diario The New York Times. Fruto de esa dedicación fueron dos libros de inspiración evolucionista: Before the Dawn. Recovering the Lost History of Our Ancestors (2006) y The Faith Instinct. How Religion Evolved and Why It Endures (2009), cuyos contenidos anticipaban en buena medida la tesis mantenida en el que ahora se comenta. La salida al mercado de Una herencia incómoda ha sido objeto de duras críticas en las tres publicaciones en que Wade ha ejercido su oficio1, a las que se ha unido una severa carta firmada por ciento cuarenta y tres prestigiosos investigadores en la que se muestran ofendidos por el uso partidista de su trabajo en lo que consideran una muestra más del periodismo sensacionalista que se sirve de la ciencia para pregonar sus productos2. Tampoco han faltado opiniones favorables, entre ellas las dos exhibidas como reclamos publicitarios en la portada del libro en cuestión. La que con total descaro pronostica que «de una forma u otra, este libro pasará a la historia»3se debe a Charles Murray, coautor del controvertido ensayo The Bell Curve, una decidida defensa del determinismo biológico como causante de las diferencias en inteligencia entre razas y clases sociales4; mientras que Edward. O. Wilson, fundador de la moderna Sociobiología, da la bienvenida al nuevo correligionario proclamando que «sin miedo a la verdad, Nicholas Wade celebra la diversidad genética»5.

Los cinco primeros capítulos, que abarcan casi exactamente la mitad del texto, están dedicados a establecer las bases de una hipótesis cuyas consecuencias se elaboran con mayor detalle en la segunda parte del volumen. En esencia, dichos fundamentos se han tomado de una propuesta de Francis Fukuyama6, quien considera las distintas estructuras sociales como diferentes estados de organización que han ido surgiendo unos de otros a lo largo de una secuencia progresiva ascendente, partiendo de los grupos anárquicos de cazadores-recolectores, pasando por los sistemas jerarquizados que la invención de la agricultura hizo posible, desde las primitivas facciones tribales a los grandes Estados autocráticos, continuando con las sociedades democráticas propiciadas por la Revolución Industrial, y culminando en el capitalismo de libre mercado. En este orden de cosas, las instituciones que caracterizan a las diversas sociedades humanas actuales corresponderían a la etapa alcanzada por cada una de ellas en esa perseverante carrera hacia la modernización. La aportación de Wade consiste en atribuir la aparición y el mantenimiento de las antedichas instituciones a unas pautas de comportamiento subyacentes determinadas por un sustrato genético variable. Este dispositivo impulsaría un proceso regido por la evolución biológica y moldeado por influjos culturales que, a lo largo de los últimos cincuenta mil años, habría actuado de manera independiente en cada continente, produciendo las diferencias contemporáneas en riqueza y ordenación social.

Para sustentar su tesis, Wade debe enfrentarse a dos nociones muy arraigadas: la que mantiene la inexistencia de diferencias hereditarias entre las razas humanas por ser políticamente incorrecta, y la que afirma que el comportamiento cultural es un producto en el que los genes no intervienen y puede, al menos en su versión más optimista, modificarse con relativa facilidad. Aunque no cabe aceptar ninguna de ellas en su totalidad, esto no implica que lo contrario sea cierto, como intentaré razonar a continuación.

En el estudio de las diferencias hereditarias entre individuos y grupos de individuos, suele recurrirse a una idealización que concibe la especie como una entidad dividida en un cierto número de poblaciones situadas en distintos puntos del espacio, y percibe a cada una de éstas como un conjunto de seres que se perpetúa esencialmente mediante apareamientos endógamos, aunque se admite la existencia de un cierto flujo migratorio entre agrupaciones cuya magnitud estaría en relación inversa a la distancia geográfica que las separa. Los individuos se representan por sus respectivas constituciones gen a gen y las poblaciones por sus acervos genéticos, descritos por las frecuencias de las distintas variantes que portan sus miembros en cada uno de los genes. Estas variantes han ido surgiendo a lo largo del tiempo por acción de la mutación, y la composición de cada acervo en un determinado momento es producto de la acción conjunta de tres fuerzas. Una de ellas –la selección natural– sólo actúa sobre una parte del genoma, la compuesta exclusivamente por los genes que tienen efecto al mismo tiempo sobre la eficacia biológica, o número de descendientes que contribuye cada individuo a la generación siguiente, y sobre los atributos que facilitan su adaptación al medio, y tiende a diferenciar genéticamente a las poblaciones como respuesta a la pluralidad de los desafíos ambientales experimentados por ellas. Los dos agentes restantes son la migración, antes mencionada, y el azar, denominado deriva genética. Ambos actúan sobre la totalidad del genoma, que incluye la porción seleccionada y otra neutra, no sometida a selección a efectos prácticos, cuya importancia relativa en nuestra especie podría llegar hasta el 90%, pero los resultados de su intervención son antagónicos, tendiendo el primer factor a uniformizar los acervos de las distintas poblaciones y el segundo a diversificarlos aleatoriamente…”

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