‘Gritad concordia’. Combatiente en Rusia, Ridruejo se entrevista con Franco. Rafael Fraguas. fronterad

gritad concordia

«—Don Dionisio, soy Jacinto Esquivel y le telefoneaba porque don Luis Carrero quiere verlo esta tarde en su despacho, a las cinco en punto.

—De acuerdo, allí me tendrá a esa hora —respondió con un picor extraño dentro del pecho, el mismo que solía anunciarle acontecimientos de desenlace complejo.

Barruntó la causa posible por la cual el marino y confidente de Franco lo había mandado llamar. Tal vez el pretexto sería poner broche al asunto del marino de Santoña, se dijo, aunque, a ciencia cierta, Carrero no dejaría pasar la ocasión para averiguar más cosas. Pero ¿cuáles? ¿Se había informado quizá de la identidad de la persona que se hacía llamar Dionisio Ridruejo? Aquellas dudas martillearon su cerebro hasta la tarde, en que acudió con cierta antelación a la importante cita, en la plaza de la Marina Española, no lejos del Palacio Real.

—Pase, pase. —Carrero le hizo un gesto con la mano—. Acomódese, por favor. Verá, Ridruejo, he dispuesto que Frutos Vallina Santos figure en la estela mortuoria con nuestros héroes de la Cruzada que vamos a inaugurar el próximo otoño en Santoña. ¿Qué le parece?

—Me parece excelente, don Luis. Creo que merece figurar en el lugar de honor que le corresponde.

—¿Ha recibido buen trato de mi teniente Esquivel? —preguntó con una leve sonrisa.

—Bueno, a decir verdad, don Luis, las gentes del mar son especialmente rigurosas y severas, pero conmigo ha sido atento, seguro que por su indicación.

—Entendido, ya le diré que sea más cordial —sonrió de nuevo Carrero—. Verá, Dionisio, tengo una inquietud grande. Desde que ha regresado usted y algunos de sus compañeros heridos de Rusia, el punto de vista sobre el curso de esa guerra parece haber variado sustancialmente en Madrid. Usted es un hombre muy bien informado, también muy relacionado, y a mis oídos han llegado noticias de que ve las cosas allá muy mal —comentó con cierta, aunque medida, intimidad.

—Señor, nada más lejos para un hombre leal como yo que el dar versiones…, cómo diría…, pesimistas o derrotistas de una guerra en la que uno se halla concernido… combatiendo… —dijo Teobaldo tartamudeando.

—Claro que sí, Dionisio, tiene razón, una cosa es el derrotismo y otra bien distinta, el realismo: quiero que me diga exactamente cómo ve el curso de esa guerra en Rusia, con llaneza.

—Voy a darle mi interpretación de lo que allí sucede.

—Eso es, precisamente, lo que deseo, Dionisio, hable con toda franqueza, pero le ruego que eso que me va a contar se lo diga antes a nuestro Caudillo.

Con sorpresa, Teobaldo averiguó que era preciso ponerse en pie, cosa que hizo al punto. Esperó ver al general cruzar la acristalada puerta del despacho de Luis Carrero Blanco. Pero no fue así. Éste lo invitó a seguirle y a subir hasta un rellano de la escalera del palacio y allí tomó con él un montacargas metálico que descendió hasta un cuarto sótano. Pasillos alfombrados y decorados con esa disposición típicamente masculina de los cuarteles guiaron a Luis Carrero y al doble de Dionisio Ridruejo, Teobaldo Aparicio, hasta el corazón del que un día fuera residencia del valido de Carlos IV, Manuel de Godoy, luego residencia del gobernador de Madrid impuesto por Napoleón, Joachim Murat, con posterioridad Ministerio de Estado y Marina y, ya en el siglo XIX, palacio del Senado. Fue preciso cruzar por una ensenada de escaleras, desde cuyas barandillas se apreciaba la hondura hacia la que ambos descendían. La profundidad de la cámara donde ahora se hallaban le hizo pensar a Teobaldo en algunas de las dependencias más recónditas de la Lubianka de Moscú, donde en más de una ocasión él había conversado con la mano izquierda de Laurenti Beria, Anatoli Merkulov, y de su brazo ejecutor, Pavel Sudoplatov, del cual Jacinto Esquivel, dedujo, debería estar recibiendo por conductos en extremo reservados las instrucciones precisas para desplegar más aún aquella misión secreta, que Moscú consideraba crucial.

De un salón circular con cortinajes de raso rojo acordonados con cingulillos trenzados de hebras doradas surgió Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España “por la gracia de Dios”, según rezaban las últimas monedas españolas recién troqueladas. Teobaldo Aparicio, alias Dionisio Ridruejo, no lo había visto más que en dibujos de mala calidad, años atrás, cuando era combatiente en la Guerra Civil y ojeaba en algunas pausas del combate la Prensa comunista. Franco era en verdad de muy baja estatura aunque sin llegar a ser enano, claro, como la propaganda rusa lo definía; el cabello negro, con entradas; voz aflautada, pecho alzado y el trasero ligeramente respingón; de andar resuelto y movimientos precisos, mostraba sus manos enfundadas en guantes marrones, en piel de cabritilla, que no se quitó ni antes ni después de estrechar las suyas. Había un perenne ademán altanero en sus modales que confundía sobre su verdadera actitud: a Teobaldo le resultaba difícil distinguir si la mediocridad buscaba en él a ciegas el talento o el talento se ocultaba siempre, y sin remontarla nunca, bajo la sombra de la mediocridad.

La proximidad del general Franco provocaba en Teobaldo una especie de zozobrante dentera, muy acentuada todavía por la agudeza de su voz y el recorte, seco, de sus frases, que buscaban con denuedo plegar toda la realidad sobre sus palabras, a modo de un rollo embutido y átono: no parecían perseguir la confrontación, ni el debate con el interlocutor, ni su enriquecimiento mediante el concepto allegado a las suyas por palabras otras, sino más bien trataba de conseguir a toda costa la nuda aceptación sin rechistar de aquel hacia el que las enviaba.

Teobaldo lo miró detenidamente, con oculta perplejidad: se decía que allí mismo, ante él, estaba el flagelo de la España trabajadora; la marioneta perfecta de los ganaderos, terratenientes y oligarcas de Salamanca, de Extremadura y de Andalucía; de los empresarios-pistoleros de Cataluña; de los industriales lameculos de Asturias y de Bilbao; la expresión más burda del yugo del latifundismo y del retrógrado capital agrario sobre la historia española desde que los Trastámara, en pleno siglo XIV, para colocarse la corona de Castilla sobre sus sienes y hacerse perdonar su bastardía, comenzaran a entregar privilegios sin cuento, las mercedes de Enrique II, tierras, predios, armas y blasones a aquella recua maldita de señores de la sangre, cuya avidez tanto los había desde entonces encumbrado gracias a la destreza en blandir el puñal, en enunciar distraídamente las más viles amenazas. Ah —Teobaldo se decía—, recua infecta, señorío pelón, crueles, fatuos, ignorantes, carne de escuela…

—Caramba, Dionisio, parece usted otro —le dijo Franco.

—Usted sigue siendo nuestro Caudillo invicto, señor —replicó azorado Teobaldo.

—Dejémonos de cortesías, Dionisio. Ya sé que ha visto a Ramón y a Zita; mi esposa, Carmen, me lo contó hace días. También sé que se ha entrevistado en Palma con Hedilla Larrey y yo me pregunto: ¿qué juego es éste?

Duro le entraba su anfitrión. El territorio comenzaba a definirlo él. Pero Teobaldo no vaciló más que un instante. Un segundo pensó cómo replicaría Ridruejo al lance recién planteado por el general…»

Texto completo en  http://www.fronterad.com/?q=gritad-concordia-combatiente-en-rusia-ridruejo-se-entrevista-con-franco