Guinea Ecuatorial: «Chicas suicidas» relato de Melibea Obono Ntutumu.

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«A las cuatro de la mañana tenía los ojos hinchados. La cama, acostumbrada a retenerme por las mañanas, tenía sabor agrio. En el barrio las gallinas y los gallos anunciaban el amanecer. La música, encendida las veinticuatro horas del día, no dejaba descansar a nadie. Mis cuatro amigas me esperaban para desayunar en el restaurante más cercano del barrio.

-¿Qué tienes en los ojos?, preguntó Andeme en cuanto llegué. Tenía la mirada adormecida y llevaba, como todo el grupo, un traje de popó.

Andeme se comía el mundo en cada esquina. Su adicción a la competencia le había llevado a acostarse con los hombres más ricos de la ciudad a cambio de seis abortos practicados en clínicas suicidas chinas. Las cuatro chicas dejaron de observarme tras descubrir que estaba enferma de apolo. En Guinea Ecuatorial el apolo se transmite intercambiando las miradas. Andeme se adelantó.

-La enfermedad que tienes se cura con una buena borrachera.

La camarera nos sirvió cinco cervezas. Hacía mucho que había renunciado a la elección, porque me quedaban dos opciones: consumir alcohol o la soledad. A mis amigas y a mi, fracasadas por ser mujeres en todo lo que nos habíamos propuesto, sólo la bebida prestaba algún sentido a nuestras deprimentes vidas.

Mis ojos estaban más irritados cada vez. Parpadear se convirtió en un imposible.

-Mezcla sal con agua tibia y lávate los ojos.

Así me aconsejó Casilda. Casilda, madre soltera de cinco descendientes, trabajaba en una empresa de limpieza y de paso, fermentaba la entrepierna de su jefe cada vez que se lo demandaba si no quería perder el empleo. Nuestro grupo de chicas controlaba sus movimientos para que no se suicidara. Sin embargo, poco a poco, se estaba muriendo. Competía cada día en vaciar al menos dos cajas de cervezas. “Bebo más que todas vosotras”. Pronunciando esta frase la conocí en el mismo bar en el que, entre una cerveza y otra, nos sirvieron caldo de pescado.

-Pon la mirada en el plato si te quieres curar, me aconsejó Ciriaca. El vapor del caldo te vendrá bien, pondrá fin a tu dolencia.

Ciriaca estaba sentada al otro lado de la mesa de plástico. Convencida de que su madre la maldijo echándole una brujería, vivía, sencillamente, de la mendicidad sexual. Bailaba de tristeza en cualquier sitio y después de beber, arrancaba su carrera mendiga convencida de que su rostro, maldito en el mundo del más allá, le otorgaba pocas posibilidades de conseguir pareja estable.

“Si te pones en los párpados cebolla molida, te curarás en seguida”. Así habló Cecilia, enamorada de mí. No hizo falta que nadie se lo recordara: o sobrevivía socialmente ocultando su orientación sexual, o todas la expulsábamos del club de chicas suicidas. Durante nuestras salidas y encuentros sobrevivía contando alguna ficticia y agotadora historia de amor heterosexual. Esta vez también tuve paciencia. Sólo yo la escuchaba, con los ojos hinchados,  mientras las demás  recordaban sus aventuras sexuales nocturnas: los robos a los ministros puteros, las miserias de sus descendencias, el desprestigio social adquirido tras manchar su dignidad en una sociedad que promovía la prostitución femenina, y exigía, a la vez, santidad sexual a las mujeres. A las doce de la mañana todavía tenía los ojos hinchados y todo el grupo, con vidas suicidas, relataba sus vidas miserables por ser mujeres».