«Historias de frontera. Los años de la pobreza en Barcelona. Memoria del Big Crap (2008-2014)» de Jesús Martínez Fernández, en fronterad

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“China eyes UK nuclear influence”. Lees la portada del Financial Times en el pub irlandés Dunne’s (Via Laietana, 19), con recuerdos del Titanic, de la naviera White Star Line (“The World’s largest liner”). Te tomas un cortado (1,50 euros), debajo de un cuadro sobre los Martyres of the 1916 Rissing, con los nombres de los nacionalistas irlandeses de la Insurrección de Pascua: James Connolly, Thomas Kent, Roger Casement…

Y lees La jungla, de Upton Sinclair, que ayuda a abrir los ojos. Novela de 1905 sobre los mataderos de carne de Chicago (killing floor), y las condiciones laborales de la inmigración: “Los vientos helados del norte soplan con furia. Muchas veces, durante la noche, el termómetro desciende a diez, quince o veinte grados bajo cero…”.

En realidad, haces tiempo. A las nueve menos cuarto de la noche, a veinte metros del Dunne’s, se forma una cola para cenar gratis en un comedor social. A las nueve, en el Café Just (Sots-tinent Navarro, 18), voluntarios y educadores sociales de la Fundació Futur (“cuinem un futur millor”), con la colaboración de Cáritas Diocesana de Barcelona, abren las puertas a los “sin techo”, a los expatriados del alma. La cola hierve con las historias de frontera. La frontera de la “exclusión social”.

De los primeros en la cola, Abderrahman Tallis (Nador, Marruecos, 1962), albañil chupado de cara, delgado como un palillo, con orzuelos en la barbilla. Apoyado en la pared, se ufana por no llegar tarde, y su amor propio (“no me gusta hurgar en la basura”) y su concepto de la dignidad humana, alto y valioso, le hace ser sarcástico y recatado.

“Llegué a Girona en 1993, y allí he trabajado  en la obra, haciendo cualquier remedo: paredes, revestimientos, lavabos…, incluso para particulares. Pero todo se fue al carajo con el BC. Desde el 2009 estoy en el paro, y no encuentro nada. Dudo ya que alguien me quiera contratar, quizá sea viejo para ellos. Hace un año, me vine a Barcelona, y aquí estoy”, desmenuza su relato Abderrahman, que ha encontrado un refugio relativamente estable en el cajero automático de la oficina 211 del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA, “100% tranquilidad”), en la calle Aragó 52, esquina con Rocafort, sito entre los locales Sixt (“rent a car”) y L’Escarpí (“calçats per a tots”).

El cajero del BBVA, abierto las 24 horas, está decorado con frases inverosímiles propias del sector: “Hipoteca fácil”. Abderrahman ha dejado preparados sus cartones, para que nadie le quite el sitio.

“De allí vengo ahora, y allí volveré esta noche. Duermo en la oficina. A veces, viene algún indigente, pero mientras no me moleste le dejo que entre. Siempre dejo la puerta del cajero abierta, no me gusta que esté cerrada, no me gusta”, repite, y describe su banco como si fuera el salón de estar de un ajardinado chalé en las afueras. Sarcástico. “Se está bien, mejor que en la calle”.

Ayer, de madrugada, entró un chico de unos treinta años del que no recuerda su aspecto, sacó la tarjeta de crédito, la insertó en la ranura y retiró una cantidad de dinero suficiente para correrse una juerga. Ese chico le dejó junto a su almohada de cartones un billete de 20 euros.

A veces, los servicios públicos actúan como deben: “De vez en cuando vienen los Mossos d’Esquadra y me preguntan si estoy bien y si alguien me ha molestado”.

Se conoce la ruta barcelonesa de los desposeídos: Por la mañana se toma un café en un bar de Horta-Guinardó donde no le cobran nada. Y al mediodía, come en el equipamiento municipal del Paral·lel, 97. Las tardes las pasa en la Barceloneta.

“Busco trabajo, sí, pero es que no hay nada. Si pudiera, me volvería a mi tierra”, masculla Abderrahman, que nunca ha querido formar una familia sin una sólida situación laboral.

En la cola, delante del excluido Abderrahman Tallis, un anciano de ochenta y pico años.

“Aquí, en el Café Just, me dan un plato de judías verdes y una naranja”, se relame, cargado con sus pertenencias.

“Este hombre no tiene donde caerse muerto”, admite con recrudecimiento Fouad, fornido y afectuoso, trabajador de la Fundació Futur, con las funciones de un amable portero de discoteca. En cada tanda, cada diez minutos, deja pasar a unas diez personas al Café Just. Pero a medida que entran y salen, otros llegan, por lo cual la cola no se termina nunca. “Normalmente vienen a cenar más de cien personas, de barrios diferentes. Muchos vienen del Raval, donde hay unas historias que lo flipas”.

Algunas de esas historias de frontera: un argentino casado con una chica que enfermó de cáncer y a quien estafaron en la empresa en la que se empleaba; un joven de Tanzania con antecedentes penales a quien ya nadie quiere; una madre holandesa con su hija…

“Aquí hay historias que te hunden, demoledoras, y yo les escucho, no puedo hacer otra cosa”, se interesa Fouad.

Cuando alguien pretende colarse, sin la tarjeta de los servicios municipales que sirve de vale de entrada, Fouad lo pasa peor que el vagabundo: “Lo siento, hermano, de verdad, pero no puedes pasar”.

Si delante de Abderrahman espera Ivan, detrás aguarda su turno Abdel Idrissi (Alhucemas, 1978), su paisano.

Al ver a este reportero tomar notas, Abdel pregunta, sin miedo: “¿Tú podrías conseguirme trabajo?”.

Y fuera de la cola, Salvador Morante (Manila, Filipinas, 1973), con una mochila y con mucha hambre: “¿Qué hay que hacer para poder comer?”.

Salvador duerme al raso, en la plaza Catalunya. Ha limpiado escaleras, pero ahora no encuentra colocación. Y no tiene nada que enviarle a su hija Isabel, que vive en Filipinas. “Quiero que tenga una buena educación”, desea.

Salvador, el excluido de entre los excluidos…”

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