Iran: «El nuevo pacto» de Jessica T. Mathews, en Estudios de Política Exterior

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A la espera de lo que se firme el 30 de junio, el pacto con Irán alcanzado el 2 de abril no es solo histórico, sino la mejor opción para la seguridad mundial. Quienes lo critican –en Israel, en Arabia Saudí y en el propio Estados Unidos– no desean en realidad ningún acuerdo.

Durante los meses de negociaciones para alcanzar un acuerdo nuclear con Irán, los enemigos del pacto habían anticipado sonoramente un fracaso, ya fuese porque no se lograría, porque no sería lo bastante bueno, o porque no estaría respaldado por Teherán. Ante la inminencia de la finalización del plazo, el presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, John Boehner, declaró que su país estaba ansioso por conseguir un pacto, y aumentó inexplicable­mente la presión anunciando que, de no llegar pronto, el Congreso impondría de inmediato nuevas sanciones a Irán: una acción que destruiría de antemano cualquier esperanza de acuerdo final.

Entre los candidatos republicanos a la presidencia para las elecciones de 2016 se produjo una escalada en la contundencia con que expresaban su desaprobación hacia las negociaciones. Scott Walker prometió revocar el pacto en su “primer día” en la Casa Blanca. Ted Cruz dijo que todo el que no rechazara el acuerdo “no tenía madera de presidente”. El presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado, Bob Corker, promovió una primera votación de un proyecto de ley que aparentemente daría al Congreso la posibilidad de opinar sobre el pacto, pero que en realidad estaba envenenado, pues podía destruir la negociación. Así las cosas, mientras la mayoría de estadounidenses confiaba en que se alcanzase un acuerdo, el Congreso se preparaba para retomar un debate feroz de una cuestion primordial para la seguridad nacional sobre algo que aún no existía.

El pacto al que por fin se llegó el 2 de abril fue una sorpresa. Aunque el anuncio solo hacía referencia a “parámetros”, resumidos en comunicados de prensa individuales por parte de los países involucrados, en su conjunto los elementos que se han hecho públicos son más poderosos de lo que se esperaba en el exterior (y, al parecer, también entre algunos de los implicados). Irán acepta recortar el número de centrifugadoras de 19.000 a 6.100 (hay 5.060 operativas). En lugar de exportar sus reservas de 10.000 kilos de uranio enriquecido, Irán se compromete a reducir esa cantidad a 300 kilos. Como se esperaba, no se destruirá ninguna instalación, pero la planta subterránea de enriquecimiento de Fordo, particular fuente de inquietud dada su invulnerabilidad a la mayoría de bombardeos, se convertirá en un centro de investigación y no volverá a enriquecer uranio durante al menos 15 años. El reactor de producción de plutonio de Arak se reconfigurará para siempre, e Irán también se ha comprometido “de manera indefinida” a no volver a tratar el combustible gastado, proceso mediante el que se separa el plutonio puro necesario para fabricar una bomba. Varios de los compromisos suscritos van de los 10 a los 25 años.

Aunque todavía faltan muchos detalles, las inspecciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) cubrirán toda la cadena de suministro de material fisible, desde las minas de uranio hasta las trituradoras donde se procesa el mineral, pasando por las plantas donde se transforma químicamente antes de ser enriquecido y las instalaciones donde se fabrican los rotores de las centrifugadoras. Asimismo, se creará un nuevo mecanismo para controlar las importaciones delicadas. La relevancia de estas inspecciones minuciosas es que, si se llevan a la práctica por completo, harán harto difícil que Irán desarrolle un programa de armas nucleares en secreto.

A cambio, las sanciones impuestas por EE UU y sus aliados se “suspenderán” una vez que el OIEA certifique que Irán, en palabras del comunicado estadounidense, “haya tomado todas las medidas nucleares fundamentales”. Como eso llevaría mucho tiempo y el lenguaje es particularmente ambiguo, cabe sospechar que el plazo para el alivio de las sanciones –un escollo clave durante todo el proceso– sigue en el aire. Otras cuestiones importantes, como la inspección de las plantas donde podría haberse realizado el trabajo relacionado con las armas, no están contempladas o se describen de forma tan vaga que no quedan claras.

La emisión de comunicados paralelos por parte de los países negociadores, en lugar de publicar un documento conjunto, da pie a ulteriores discrepancias sobre las decisiones tomadas. Ya en las primeras horas surgió el debate de si Irán había aceptado o no el protocolo adicional del OIEA, que ofrece, entre otras cosas, más información al organismo y un mayor acceso a sus inspectores, elementos fundamentales para un acuerdo verificable. Podemos llegar a la conclusión de que en las negociaciones venideras, antes del plazo tope del 30 de junio, no solo se completarán los detalles técnicos y se buscará un lenguaje más conciso –tarea ingente de por sí–, sino que habrán de resolverse varias cuestiones, particularmente divisivas, sobre las que no hubo acuerdo en Lausana. Dicho esto, si recordamos el punto de partida de este proceso, hace casi dos años, y todos los años de intentos fallidos que lo precedieron, Barack Obama está en su derecho de describir lo que se ha logrado hasta ahora como un “entendimiento histórico”. Tres días después (el 5 de abril), en una larga conversación con The New York Times sobre los pros y los contras del pacto, Obama volvía a estar en lo cierto al afirmar que, aun cuando Irán fuese tan “implacablemente” maligno como dicen sus mayores detractores, este pacto “seguiría siendo la mejor opción” para la seguridad estadounidense e israelí…”

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