“Italia 1 – España 0”. Javier Aristu. en campo abierto

Por  Javier ARISTU

Si la política italiana merece algún epíteto, el de imaginativa le encaja perfectamente. Se trata de una metodología social y política que, a pesar de sus deficiencias y limitaciones, le ha dado considerables réditos como sociedad civil y como Estado político: viene funcionando en una permanente y aparente inestabilidad institucional y partidaria desde los años cincuenta del pasado siglo pero, salvo contadísimas excepciones, es una democracia parlamentaria consolidada. Sus problemas económicos no le impiden seguir marchando como una economía relativamente avanzada y sus perennes crisis de gobierno no han sido motivo como para que el país deje de moverse de forma relativamente razonable. En los años 70 y 80 del siglo XX Resolvieron la crisis simultánea del terrorismo rojo –bien es verdad que con el pasivo de asesinatos de Estado como el de Moro– y del terrorismo negro, con asesinatos de sindicalistas y masacres ignominiosas; han logrado contener la ofensiva mafiosa (recuerden los asesinatos de los magistrados Falcone y Borselino); en los 90 entró en liza un tiburón depredador como Berlusconi que hoy es un pececillo engullido en una red diferente a la que él diseñó. La última crisis de este verano ha mostrado esa capacidad imaginativa del sistema político italiano para darle la vuelta al calcetín: hace un año Italia estaba en manos de una “coalición de locos”, la formada por el M5S –los populistas antistema– y la Liga –los populistas parafascistas. Italia iba camino de una solución autoritaria y antieuropea de la mano de Salvini.

Este país vecino había visto desarrollarse en su interior, durante más de cincuenta años, el ensayo político más complejo y estilizado como fue la cohabitación en la misma sociedad y en parte de las instituciones de dos proyectos decisivos, y antagónicos, en la Europa de aquellos tiempos como fueron el de la democracia social cristiana y el del comunismo nacional a la manera original del Gramsci de los Quaderni. No ha habido una experiencia como esa en la historia europea reciente. A comienzos de este siglo, aquel país político se quedó arrumbado en la riberas de la historia del siglo XX y fue sustituido por un nuevo paradigma asistemático, basado más en el grito grillino o en el himno xenófobo salvinista que en el razonamiento maquiavélico. Todo iba camino del precipicio hasta este mes de agosto, cuando se le ha dado la vuelta completamente, o eso creo, a ese esquema populista y se ha implantado, a través de la entrada en el gobierno del PD en coalición con M5S una nueva perspectiva centrada de nuevo en Europa, en los amplios consensos sociales, el diálogo razonable y una visión de la política como ejercicio de la razón y no de la emoción. Esperemos que dure.

En España la metodología es estructuralmente distinta. Precisamente se basa más en la emoción que en la razonabilidad, en el sentimiento que en el interés público o, al menos, político. Recordemos aquella sentencia del inefable político italiano: In Spagna manca finezza. Nunca se han puesto en marcha gobiernos de coalición a la manera italiana; ni siquiera con solo dos partidos (en Italia ha llegado a haber gobiernos de cinco partidos). Lo que ha predominado en nuestro modelo desde 1977 ha sido el gobierno monocolor con mayoría absoluta (PSOE o PP) o con relativa y con apoyos externos de legislatura. Ni siquiera en 1996 cuando se firmó el pacto del Majestic en Barcelona, entre Aznar y Pujol, este último quiso entrar en un gobierno “español” que necesitaba una mayoría de la que no disponía el PP en el Parlamento. Da la impresión de que en España sería imposible, no se sabe por qué causas, un gobierno eficaz o solvente si incluye a más de una “familia política”. Esta es nuestra anomalía: en la gran mayoría de los países europeos, por no decir todos, la fórmula más frecuente y más consolidada desde hace varias décadas es la de gobiernos de coalición entre dos o más partidos (todos hemos visto la serie Borgen). Solo Francia, país de modelo presidencialista, o España se escapan a esa norma.

En mi opinión hay dos factores que han hecho posible esta anomalía, factores que están seguramente en lo más hondo de nuestro patrimonio político del siglo XX y que es en estos momentos una herencia costosa de la experiencia bipartidista. Estos componentes son, por un  lado, el factor nacionalista ypor el otro, el factor K, el comunista. Ambos han sido los dos elementos que han convertido en problema lo que en otros países es una solución. Nunca ni el nacionalismo vasco ni el nacionalismo catalán han pretendido, pudiéndolo hacer, formar parte de un gobierno de coalición con PSOE o PP. Han condicionado extraordinariamente, aun con poca pero decisiva representación parlamentaria, las políticas del país durante los últimos cuarenta años a través de los presupuestos anuales y las políticas de inversión o de grandes acuerdos fiscales y financieros. Pero jamás han tratado de entrar en los gobiernos de la nación para gestionar un presupuesto de Estado; es más, lo han rechazado como un peligro mortal. Por el otro lado, el factor K, la presencia de un grupo parlamentario de matriz comunista o postcomunista, viene siendo desde 1977 un elemento que, aun no siendo decisivo salvo en muy pocos momentos, ha marcado en buena medida las relaciones dentro de la izquierda política. El PSOE podía gobernar con los comunistas o con IU en ayuntamientos o incluso comunidades autónomas…pero jamás en el Estado. En 1993 Felipe González, que disponía solo de 159 escaños, lo pudo hacer con IU, que tenía 18. No fue posible. Daba la impresión de que existiera una corriente eléctrica invisible pero de muchos voltios que impidiera el paso de uno al otro campo. Nunca ha sido el partido de FG proclive a acordar política con los excomunistas. Y si, además, por parte de IU se impuso en su interior la estrategia de las dos orillas y del rechazo “al otro”, aquel posible acuerdo se hacía metafísicamente imposible. Desde el campo del PSOE se pensaba en la gente de IU como algo fuera del sistema normalizado, como una fuerza extraña al sistema político español. Y desde el perímetro izquierdista se pensaba precisamente en el PSOE como parte de un “sistema negativo” al que había que derribar y sustituir.

Mucho ha cambiado desde 2011, en plena crisis financiera y social,  cuando el PSOE perdió el gobierno, se metió en una espectacular crisis orgánica y de proyecto, y Podemos entró en escena destituyendo a IU de su papel de “guardián de las esencias del proyecto de la izquierda auténtica”. Tras el desconcierto de junio de 2016 acerca de un hipotético sorpasso del PSOE por parte de Podemos, cosa que no se produjo, las cosas han vuelto a reproducir, con nuevos colores y matices, la fotografía de las décadas pasadas aunque con diferencias sustanciales: el PSOE no puede gobernar con otro partido a su derecha, sea este nacionalista catalán, vasco o español. No existe ya Convergencia i Unió sino un bloque –confuso y desorganizado ya– de partidos catalanes independentistas que no tienen ya como objetivo pactar en el presupuesto mejoras económicas para Cataluña sino romper el Estado. Ese acuerdo necesario solo lo puede hacer, y no con mayoría absoluta, precisamente con su competidor histórico, en este caso Unidas Podemos. Es una nueva situación pero que se trata de gestionar con perspectivas teóricas que no han cambiado. El PSOE sigue tratando a Podemos como si fuera la IU de Anguita (cosa que algo tiene de verdad si se leen ciertas declaraciones de Iglesias o de algunos de sus subordinados) y Podemos sigue tratando al PSOE como si fuera instrumento de la derecha económica (cosa que en algo tiene de verdad si se leen algunas declaraciones de la ministra Calviño).

No termina de entenderse la estrategia negociadora del PSOE: nada pragmática, nada facilitadora de encuentros para alcanzar gobierno estable. La intervención  de la vicepresidenta  Carmen  Calvo esta noche pasada en el programa de Ana Pastor ha aumentado la brecha entre las dos partes. Nunca he visto a un político,  o política, expresar en público tanta carencia de propuesta politica. No es comprensible en un sano juicio político entender la serie de propuestas e iniciativas de Pedro Sánchez desde agosto hasta hoy. ¿Qué problema habría para negociar -aparte del programa que es lo que seguramente no se ha hecho en estos tres meses- fórmulas de gobierno flexibles e imaginativas? Por ejemplo, personas independientes en el gobierno, aceptados por ambas partes; ministrables de Podemos que fueran obviamente aceptados y nombrados por el candidato a Presidente. Algo de eso propuso el candidato en julio, ¿por qué no lo actualiza hoy? Aparte de instrumentos como una comisión de control de la gestión de ese programa, que es lo que ha ofrecido recientemente el PSOE. ¿Cómo estaríamos ahora si Iglesias y Podemos hubieran aceptado la propuesta de Pedro Sánchez de una vicepresidencia y tres ministerios “sociales”? Como eso ya no es posible –aunque no sé realmente por qué– se hace necesario, por tanto, nuevas vías, nuevas fórmulas que salgan del hermético cierre de filas: vótame sin casi nada a cambio (PSOE), o no te voy a votar mientras no estén sentados en La Moncloa aquellos que yo quiero (Podemos).

Esta coyuntura podría haber supuesto la incorporación de una fuerza política como Unidas Podemos a una “cultura de gobierno”, de la que tanto carece y que le será necesario disponer si quiere seguir existiendo en política; significaría la entrada en el sistema de la democracia representativa de un sector social que, si no ve alcanzados parte de sus objetivos, puede marginarse de la misma y convertirse definitivamente en un factor contra-sistema, una opción radicalizada y marginal del marco constitucional democrático. Y la misma coyuntura podría servir para curar al PSOE de su estigma antagónico, de su obsesión enfermiza con todo lo que se articula en su margen izquierdo. Da la impresión de que tal coyuntura no está sirviendo a ninguno de los dos contendientes para aprender lecciones de la experiencia y de la praxis.

Estas, la experiencia y la praxis, nos dicen que en otros países se ha producido ese fenómeno de renovación de culturas políticas y de integración democrática de fuerzas otrora antisistemas: los Verdes en Alemania pasaron de la marginalidad y de ser acusados de enemigos de la democracia a gobernar con el SPD con ministerios como de Asuntos Exteriores o Interior. La Syriza de Tsipras era, según algunos publicistas, el peligro mundial y pasó a gobernar la durísima crisis de aquel país; cuatro años después, aun perdiendo el gobierno, se la ve como un partido institucionalizado, sistematizado, lo que no quiere decir necesariamente integrado en el paradigma dominante, el neoliberal. El M5S ha pasado de ser el azote antisistema italiano a dirigir la política exterior en este nuevo gobierno de Conte con el PD de centroizquierda. ¿Por qué eso no puede ser en España? ¿Cuáles son los impedimentos para integrar en una fórmula de gobierno y de programa a ambas corrientes de la izquierda española? Era Salvini quien proponía en Italia elecciones anticipadas –tras solo un año de gobierno– y el resultado ha sido la expulsión de la Liga del nuevo gobierno. En España da la impresión de que es precisamente Pedro Sánchez y el PSOE quienes más están apostando por unas nuevas elecciones –seis meses después de las últimas– con su obsesión en pedir el apoyo de Unidas Podemos sin ofrecer a cambio ni una pieza de ese gobierno. ¿Tan difícil es admitir que no puedes hacer un gobierno si no pactas con tu socio?

Y sin embargo, como decía en anterior entrada, a Unidas Podemos solo le queda, pese a quien le pese y si no se llega a ningún acuerdo, dar su voto –en esta caso gratis– a la investidura de Pedro Sánchez y a un gobierno monocolor del PSOE y hacer del Congreso de los Diputados el terreno de debate constructivo y democrático donde se puedan conseguir las medidas y soluciones que una mayoría de españoles está esperando. Si no, solo me queda pensar en aquella formulación del divo Andreotti: manca finezza.