La agonía de la socialdemocracia. Gregorio Morán. La Vanguardia

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“Cada vez entiendo menos a nuestros analistas políticos. Los resultados de las elecciones francesas apenas conmueven, entre un 23,86% del pianista de las finanzas, Emmanuel Macron, futuro presidente de la República –que yo no tengo muy claro después de la experiencia de Trump y lo mucho que nos reímos de sus fascistadas–, y Jean-Luc Mélenchon, 19,62%, al que se hizo la vida imposible y logró vencer obstáculos, consciente de que era el auténtico enemigo que abatir. Entre todos apenas un 4% de diferencia. Muy poco cuando se enfrentan cuatro candidatos sin partido, sólo apoyados por sus tejidos de intereses y las militancias pagadas a costo de prestamista; exceptuemos a Mélenchon, el maldito.

Pero en Francia acaba de producirse un episodio realmente histórico, que poco tiene que ver con la futura pelea a cara de perro entre Macron, un producto de la alta costura francesa, y “una voyou” del arroyo político de los peores episodios del pasado. Lo más notable, al menos para mí, es la práctica desaparición del socialismo francés en la persona de Benoît Hamon, que consiguió el ridículo resultado de 6,35%. Ya sé, ya sé, que en 1969, el que fuera alcalde de Marsella a título de principal mafioso dentro y fuera del par­tido alcanzó la mínima del socialismo francés, 5,02%. Pero estábamos en 1969, con las heridas de Mayo del 68 aún abiertas y a Gaston De­fferre no había por dónde cogerle. El país quería otra cosa que no fuera un policía, un “flic” diseñado por Charlie Hebdo, o por cualquiera de aquellas revistas que iban más allá de conquistar los cielos y que se perdieron por allí.

Los socialistas franceses agonizan, pero no olviden que la agonía es aún más patente porque estaban gobernando, y no cualquier cosa, sino el segundo país de la Unión Europea. François Hollande, presidente, era uno de ellos. Para quien conozca un poco el viejo partido de Jean Jaurès, asesinado por pacifista en la Primera Gran Guerra, y el que luego, tras muchos avatares, dominó con su talento para las malas artes y la supervivencia política, como François Mitterrand –tres mandatos–y ambiciosos políticos sin olor a dehesa como los nuestros: Lionel Jospin, Ségolène Royal…

El segundo partido político de Francia y durante muchos años fue el Partido Comunista. Todo el mundo tiene una idea de cómo acabó, no sólo él sino algunos aún más competentes. Los italianos, sin ir más lejos. Una factoría de talentos políticos que se fue al carajo en una caída a trompicones, torpe, en el momento que podían tener ¡al fin! alguna posibilidad de participar en el gobierno, si aquellas Brigadas Rojas que asesinaron a Aldo Moro no hubieran estado tan penetradas por los servicios norteamericanos y un anticomunismo de raíz católica, insuperada para la brillante intelectualidad de la época. La misma que defendía una de las mayores matanzas que conoció la historia y que recibió el sarcástico nombre de “Revolución Cultural” maoísta. ¡El otro día leía con una satisfacción teñida de desprecio cómo un intelectual fuera de toda sospecha de radicalidad, inminente académico, que no se sentía implicado! Como si hubiera sido una torpeza infantil… que había costado millones de muertos y que literalmente se la bufaba. ¡Ni Stalin en los crímenes de su época había llegado tan lejos, pero estos avestruces intelectuales tienen bula! ¡Qué bonito declararse maoísta en Barcelona, Madrid o París. (¡Aún conservo el número de la revista Tel Quel justificando los crímenes, firmado por la flor y nada de nuestra intelectualidad cosmopolita! Lo digo como lo siento: fueron como los nazis, y con el añadido de la buena conciencia.)

(Meseguer)

Bien, hasta aquí muy bien. El Movimiento Comunista se desmoronó conforme la URSS se suicidaba cándidamente con plegarias del papa Wojtyla, de quien tuve siempre la impresión de que no creía en nada que no fuera el poder. ¿Pero qué hacemos con la socialdemocracia? ¿Qué pasó para que se deslizara hacia el marasmo, cada vez más golfo y conservador? ¿Se acuerdan de Bettino Craxi, el líder del socialismo italiano, que hubo de escapar a la justicia para instalarse en su mansión de Túnez y dejar paso a su socio Berlusconi? Hay un artículo del llorado Ernest Lluch ensalzando el socialismo de Bettino Craxi. Como éramos amigos, y a pesar de que entre las numerosas virtudes de Lluch no estaba la del sentido del humor, ese ar-tículo era un tema tabú entre nosotros, por más que yo le dijera una vieja máxima que me inventé cuando empecé a hacerme viejo. Nunca te arrepentirás del artículo no escrito, ni del polvo no echado.

Pero ¿cómo se desmoronó la socialdemocracia? En los países nórdicos, por ejemplo. ¿Acaso era la carga de impuestos a los autónomos que superaba en ocasiones el 50% y que llevó al cineasta Ingmar Bergman a abandonar el país? No, porque la sociedad se sentía arropada por un Estado benefactor, una pizca implacable, ¡pero que no robaba!

Nosotros vamos a vivir y muy pronto el desmoronamiento definitivo de un partido que cerró la transición e instaló un sistema cuyo mayor beneficiario es Mariano Rajoy y su partido. Deberían concederles alguna condecoración, abonado por la Reina de Andalucía, el funcionario de Euskadi y el verso suelto de Pedro Sánchez. Los tres candidatos que dejarán al viejo PSOE hecho un erial, mientras el maestro González y el clan andaluz siguen dando palmas, más arrugados que un paso de Semana Santa.

Por qué explotó la socialdemocracia europea que lo tuvo todo, empezando por el poder y los demás instrumentos internacionales que a más de uno hicieron rico y a otros les convirtieron en líderes sin ejército. Los viejos se van muriendo y los jóvenes se van robando. Quizá sea ley de vida. Pero pasado mañana, lunes, Primero de Mayo, fecha estelar en la tradición obrera, saldrán a la calle los centenares de funcionarios liberados a quienes jamás se les ha ocurrido explicar por qué Mariano Rajoy y los suyos, el partido más corrupto de la historia de España desde la desamortización de Mendizábal, o la corte privada del Conde-Duque de Olivares, nos está orinando encima a todos y cada uno de los días sin que digan algo más que: “Si esto sigue así nos obligarán a convocar una huelga general”.

Pobres golfos adictos a la cucaña. No tenéis autoridad ni para convocar otra cosa que ir en la mañana del próximo lunes,
se pasará lista, con banderas y ahora al-guna musiquilla, que sale gratis, para reivindicar la que fue gran jornada de la cla-se obrera en todo el mundo. Desaparecieron los obreros, por más que sigan trabajando en condiciones milagrosas, pero quedaron los jefes, aquella maldición de la socialdemocracia alemana durante décadas.

¿Y la izquierda radical? Llena de profesores con el sueldo asegurado y una jubilación que para sí quisieran los maestros armeros de las viejas peleas. Esta historia no da más de sí. Las bromas de Marx a Engels sobre los socialistas de cátedra se repite como un fantasma recuperado. Lo único evidente es que hay que volver a empezar. Se desmoronó felizmente el comunismo, quebró la socialdemocracia en su papel de colchón interclasista, algo más falso que un empleado bancario de la nueva época. Nos quedará la penúltima humillación: contemplar las banderas que flamean. Este lunes primero de mayo, fiesta de la clase trabajadora, acabará convirtiéndose en aquello que Franco, de acuerdo con su Iglesia, denominó “El día de san José Obrero”.