“La emoción de la vanidad”. Antoni Puigverd. La Vanguardia

Cuenta Esopo que dos ranas buscaban, inquietas, un charco en el que chapotear, pues se había secado el remanso en el que vivían. Caminando, llegaron a un pozo. Una de ellas quería tirarse al agua sin pensárselo. “Aquí vi­viremos de fábula”, dijo. Pero la otra rana la detuvo con esta reflexión: “Y si también se seca el pozo, ¿cómo saldríamos de la hendidura?”. Esta fábula podría resumir los últimos quince años de política catalana. El remanso seco de las ranas equivale a la incomodidad que generó la sentencia del Estatut, complicada por la crisis económica (y sumada al proceso recentralizador que Aznar inició). La búsqueda de un nuevo humedal por parte de las ranas inquietas equivale a las complica­ciones de dos aventuras políticas catalanas, dominadas por la prisa, el atrevimiento irreflexivo y la improvisación. Dos aventuras consecutivas: la renovación del Estatut y el procés.

Dando tumbos de aquí para allá, las ranas encontraron el pozo de la independencia. ¡Agua abundante y protegida! Una de las ranas ya se tiraba, pero la otra le pide prudencia. “Hay que tener un plan B, por si un día el pozo se seca. Hay que estar atento a la división interna. No es tan fácil dar el salto de la Catalunya autonómica a la Catalu­nya independiente”. Taparon la boca de un gorrazo a la pobre rana reticente: ¡traidor, obstaculizador, vendido! Excitada la unanimidad gracias a las emociones positivas (el país nuevo) o negativas (el rechazo a los disidentes), la independencia fue descrita, no ya como una panacea, sino como la única ruta posible. O independencia o muerte.

Realmente, después de la sentencia del Tribunal Constitucional los poderes españoles no ofrecían otra vía que la sumisión. Pero entre la sumisión y la ruptura, estaba un camino seguro. Quizás tradicional y lento, pero el más genuino del catalanismo: la reagrupación de fuerzas en torno a un mínimo común denominador, que siempre ha dado a los catalanes gran capacidad de negociación. Este camino fue ridiculizado por anacrónico, bonifacio o deshonesto. Contra viento y marea, la rana catalana dio el salto al vacío dando por hecho que Europa aplaudiría la unilateralidad y la ruptura de la legislación española; y creyendo que España no es más que una caricatura: un Estado incompetente que se podía vencer a golpe de audacia y astucia.

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Ahora los catalanes estamos en el pozo. Un pozo seco. Imposible salir. Sorprendentemente, en el juicio del Supremo los mismos que lideraron la bajada al pozo ahora dicen que en realidad no quisieron bajar. Más aún: que, en realidad, en el pozo de la independencia nunca han estado. Es comprensible que los líderes que están siendo juzgados no quieran pasar quince o veinte años en prisión. De momento, los fiscales no consiguen demostrar la violencia (que todo el mundo sabe que no se produjo), base de la acusación de rebelión, ni tampoco la malversación de fondos (pretender que los acusados se autoinculpen no es propio de una justicia democrática).

Es muy probable que, en la fase de pruebas y testigos, los policías que salieron baqueteados del 1 de octubre, representantes del Estado, consigan que el juicio retome el hilo de la instrucción de Llarena. Pero, de momento, la recepción del juicio hace fantasear a amplias capas de la opinión pública catalana con que las víctimas son unos figuras y los fiscales unos patanes. Los fiscales son descritos como incompetentes; y la habilidad que, como polemistas, exhiben los acusados (Turull, Rull y Sánchez, principalmente) nos devuelve al tópico de la astucia catalana, que fue la virtud más citada cuando Mas llevaba la antorcha o cuando Puigdemont sorteaba los obstáculos judiciales por Europa.

Quizás es comprensible no hacer autocrítica en pleno juicio. Quizás es explicable el repliegue maniqueo ante la hostilidad abusiva del poder judicial, que imputa delitos tan exagerados. Pero no es comprensible que se continúe calentando la emotividad que llevó a las instituciones catalanas al pozo; ni es explicable que se recuperen, otra vez, las armas de la astucia y del desprecio al adversario, ya que, precisamente, astucia y desprecio son causas principales del fracaso. Hay una palabra que describe el complejo de superioridad que revela la complacencia de buena parte de la opinión pública independentista en la astucia de los presos y en la pretendida incompetencia de los fiscales. Vanidad.

Son muchas las fábulas de Esopo que hablan de la vanidad. Una de ellas, conocidísima. Un cuervo había atrapado un trozo de carne y se lo comía subido a un árbol. El zorro desde abajo le dijo: “Serías el rey de los pájaros si tuvieras voz”. El cuervo cantó para exhibir su voz, pero, al abrir el pico, se le cayó la carne, que el zorro se llevó. El Estado ha decidido disciplinar a los díscolos. Este juicio no es una tertulia. Responde a la razón de Estado. Toda expansión sentimental o vanidosa que el juicio suscite en la opinión pública catalana no sólo no servirá de nada, sino que nos devolverá a la vanidad y al complejo de superioridad, vicios que nos han conducido a este callejón sin salida.