«La geneología del grito Hacemos un recorrido por la historia de la música buscando los más grandes» de Jorge Salas, en muzikalia

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«Esto empezó como empieza todo, con un grito. Si la misma vida, en su esencia primigenia, es sangre y grito; si al nacer, quién sabe si como entrenamiento para lo que va a venir, te atizan hasta que te hacen llorar a gritos y, sólo entonces, se quedan satisfechos y sonríen; si las mejores cosas de la vida se celebran, y las peores se exorcizan, sacando a la luz lo que está escondido entre las oscuras entrañas a través de las cuerdas vocales, ¿cómo no iba ser el grito el cáliz sagrado del rock, la toma de tierra de una canción, la jaula de Faraday de un cantante?

Esto, como digo, empezó con un grito. El más familiar de todos. Determinada serie americana de científicos con pistolas se ha encargado de que la voz de Roger Daltrey nos sea más familiar que la del vecino de enfrente, con el que apenas cruzamos un «buenos días» cuando nos obliga la presión social del ascensor. El grito hercúleo del cantante de The Who en «Won´t get fooled again«, sobre todo el de la coda final, tras la parte instrumental de Townshend con el órgano y la batería de Moon, cuando el tema se empieza a recostar sobre los más de 8 minutos  y medio que dura, ese grito solo comprime en casi 4 segundos todo el salvajismo del rock en 1971. El «yeah!» desgañitado de Daltrey fue como esos de los dibujos animados que despeinan al que está delante, sólo que, en este caso, lo que hizo fue entreabrir el telón y dejar ver el esqueleto del rock, tan bien construido a base de gritos.

No hay que ser un virtuoso para arrancar uno de esos alaridos que andan agarrados en las paredes de las entrañas desde no se sabe cuándo. Hay que ser humano. El grito nos hace a todos iguales. Ojo, también se puede gritar rematada e inoportunamente mal en una canción; pero esto ya sería otra cosa. Lo que quiero decir es que, sí, la historia moderna de la música (y la no tan moderna) está trufada de rugidos más o menos tímidos, más o menos convenientes. Más o menos fundados en la esencia misma del ser humano. Pero la realidad es que, como en la vida, aquí tampoco vale todo…»

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