“La intervención militar internacional que se avecina en Libia” de René Backmann, en infoLibre

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“La cuestión ya no es saber si habrá intervención militar en Libia, sino cuándo se producirá. Y de qué forma exactamente. Al menos eso es lo que repiten tanto en París como en Washington los estrategas de las operaciones exteriores. Se conoce incluso cuál es el objetivo prioritario. Será la región de Sirte. La transformación de esta ciudad portuaria, situada a sólo 700 km al sur de Catania (Sicilia), en el feudo del Estado Islámico, resulta inaceptable para los Gobiernos europeos. Y la implantación de un foco de desestabilización yihadista en un país en peligro de “somalización” en el norte del continente africano ya no es tolerable para los Estados fronterizos con Libia –Túnez, Argelia, Níger, Chad, Sudán, Egipto–, países que ya tienen han de hacer frente a diversas amenazas islamistas. Representantes de la mayoría de estos Estados han acordado reunirse a finales de este mes en Túnez, para examinar las repercusiones locales del caos libio.

“Con independencia de cuál sea la forma de intervención en la que participe Francia en Libia contra el Estado Islámico, la aprobación, abierta o no, de los países vecinos será un éxito diplomático vital”, asegura el general Vincent Desportes, exdirector de la Escuela de Guerra y actual profesor asociado de Ciencias Políticas. “Ellos no tienen capacidad militar ni medios para intervenir, por lo que la única opción es aprobar una intervención militar en la zona. Estamos ante una situación muy favorable, completamente diferente a la que conocemos en Siria. Por otro lado, el teatro de operaciones también es muy favorable, ya que, pasada la zona costera, sólo hay desierto, donde se puede combatir sin temer daños colaterales. Puesto que este adversario cuenta con efectivos muy limitado, claramente es una operación al alcance de una intervención occidental”.

En efecto, los combatientes del EI terminaron por implantar su bastión libio en Sirte, ciudad natal de Gadafi y feudo de sus defensores hasta su caída en 2011. El caos general y la rebelión de sus habitantes contra el ostracismo del que culpaban a los nuevos gobiernos, que se disputaban el país, ha beneficiado la presencia del EI. A los primeros combatientes, en su mayoría libios, formados en Siria, se sumaron contingentes de Yemen y de Sudán y más tarde varios cientos de tunecinos, movilizados por imanes yihadistas y por los salarios prometidos por el EI.

El EI inició la toma de control de Sabratha, cerca de la frontera tunecina, fundamentalmente para integrar a estos reclutas tunecinos. Instaló un centro de integración y de entrenamiento donde los recién llegados recibían nuevos documentos de identidad, equipamiento y una formación inicial. Los combatientes del EI en Libia, confinados en Sirte y en algunas localidades costeras y cuyos efectivos parecen rondar los 5.000 hombres, nunca han estado en condiciones de ampliar la provincia magrebí del califato, al contrario que sus hermanos sirios o iraquíes.

Sin embargo, los atentados que han reivindicado en Trípoli, en Misrata, en las inmediaciones de Derna, las células durmientes y las redes de influencia y de reclutamiento de que ahora disponen en varias ciudades ponen de relieve que su capacidad de atacar, en Libia y en los países vecinos, no puede ser desdeñada.

De modo que, el primer objetivo de una operación internacional estará dirigido a aislar y recuperar Sirte, ciudad natal de Gadafi, y a consolidar el control –por parte de una autoridad libia lo más legítima posible– de las otras ciudades en manos, al menos en parte del EI, como son Sabratha (al oeste) y Derna y Bengazi, al este. Una vez más, haría falta antes que dicha intervención extranjera sea oficialmente requerida por un gobierno central libia, reconocido por la comunidad internacional. Y es ahí donde todo se complica.

Porque, desde 2014, se disputan el poder central en Libia dos rivales políticos y dos parlamentos, apoyados o cuestionados por los múltiples gobiernos locales, tribales, político-militares, en manos de notables locales o de jefes de milicias. Trípoli, la antigua capital, sede del Congreso General Nacional, el Parlamento del oeste, está en manos de la coalición de milicias Fajr Lybia (el Alba de Libia), que reagrupa a fuerzas islamistas en torno a la sólida milicia de la ciudad comerciante vecina de Misrata.

El Gobierno de Tobruk, sede de la Cámara de Representantes, el Parlamento del este, único reconocido por la comunidad internacional, cuenta con el respaldo del Ejército nacional libio del general Jalifa Haftar, exgadafista caído en desgracia y reconvertido en opositor tardío al dictador. Bajo los auspicios del mediador de la ONU para Libia, Martin Kobler, las dos facciones firmaron el 17 de diciembre de 2015, en Marruecos, un acuerdo que debería desembocar en la formación de un gobierno de unión nacional de reconciliación. El gobierno de unión nacional del 17 miembros está listo.

Sin embargo, el Parlamento de Tobruk, reunido el pasado 23 de febrero, no logró por falta de quorum, aprobar su investidura. Uno de los principales obstáculo, sino el principal, es el destino del general Haftar, que los islamistas del Parlamento de Trípoli tienen por un enemigo acérrimo y que no oculta su rechazo al islam político. Hasta el punto de manifestar abiertamente su desacuerdo con el gobierno de unidad nacional, acusado de haber hecho demasiadas concesiones a los islamistas.

En otras palabras, la entrada en funcionamiento del gabinete de unidad nacional y, sobre todo, el requerimiento oficial de apoyo milita occidental no se va a producir mañana.

Drones

A falta de invitación oficial en tiempo y forma a intervenir en Libia, los occidentales, con el aval de Naciones Unidas, que no quieren ver cómo el Estado Islámico consolida posiciones a las puertas de Europa, han decidido intervenir de otra forma. Para ello, lanzarán ataques aéreos contra los líderes del EI en Libia y atacarán las instalaciones estratégicas, tales como depósitos de armas o campos de entrenamiento. Pero también se filtrarán en el terreno unidades especiales, encargadas de mantener el contacto con los responsables locales, de recabar información, identificar objetivos y asesorar a los grupos armados que ataquen a los combatientes del EI.

Hace meses que comandos británicos, norteamericanos y franceses trabajan, con discreción, en territorio libio. Según el primer ministro del “gobierno” de Trípoli, Jalifa Ghweil, efectivos de las fuerzas especiales franceses están en las inmediaciones de Bengazi, donde se ha montado un “centro de operaciones” franco-libio en colaboración con las fuerzas leales al gobierno reconocido por la comunidad internacional. Por su parte, el portavoz del gobierno “reconocido” de Tobruk, ha declarado que su ejecutivo “no ha permitido y no permitirá que fuerzas extranjeras entren en territorio libio”.

Una cosa parece clara, con o sin la ayuda de las “fuerzas extranjeras”, las fuerzas leales al poder de Tobruk y sus aliados han lanzado una serie de ofensivas destinadas a retomar el control de las localidades o de los barrios en manos de combatientes del EI en las ciudades del litoral, al este y al oeste de Sirte. En Derna, primera ciudad libia asediada por el EI, a principios de 2014, cuando un grupo de jóvenes combatientes libios de la brigada Al Battar de regreso de Siria instaló allí la extensión del califato de Abou Bakr al-Baghdadi, el EI ha perdido la mayoría de sus posiciones. En julio de 2015, una coalición de milicias locales, yihadistas o no, expulsó del centro a sus combatientes.

No obstante, replegados en la periferia prosiguen con las incursiones. Por esa razón, desde hace días los milicias del Consejo de la Coura han instalado sacos de arena para protegerse, bloques de hormigón y han apostado francotiradores de élite en los edificios más altos, con el fin de impedir la vuelta del EI, así como un carro de asalto en el oeste de la ciudad.

En Sabratha, los 200 yihadistas que ocuparon fugazmente hace una semana el centro urbano fueron expulsados por la coalición Fajr Lybia. En Bengazi –teatro de enfrentamientos repetidos desde hace dos años entre fuerzas leales al poder reconocido y diversos grupos armados, entre ellos el EI, y Ansar Asharia, vinculado con Al Qaeda–, los leales se apoderaron el 22 de febrero del barrio de Liti, bautizado Kandahar por sus habitantes porque ser un feudo yihadista, después del puerto de Mreisa. Y la ofensiva bajo las órdenes del general Jalifa Haftar continúa.

Todo se desarrolla como si las milicias y los grupos armados que podrían unificarse un día, en un ejército nacional a disposición del futuro gobierno de unión o de reconciliación, hubiese iniciado el trabajo de preparación dirigido a abrir la vía a una ofensiva contra Sirte y su región.

Habida cuenta del desequilibrio de las fuerzas sobre el terreno, entre el EI y sus enemigos, no será necesario el desembarco de tropas terrestres occidentales, puesto que tanto Londres como París y Washington están dispuestos a proporcionar un apoyo aéreo que podría ser decisivo. La cuestión ya se abordó en el encuentro que mantuvieron, en París el pasado 22 de enero, el jefe del Estado Mayor de los Ejércitos de Francia, el general Pierre de Villiers y su homólogo norteamericano, el general Joseph Dumford. ¿Ha sido por previsión por lo que el Gobierno norteamericano acaba de pedir, y de conseguir, de Roma autorización para utilizar sus drones con base en Sigonella, en Sicilia, contra la posiciones del EI en Libia? Hasta la fecha, los drones de Sigonella sólo podían intervenir en misiones “defensivas”, por ejemplo para proteger a ciudadanos norteamericanos amenazados en territorio libio.

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Traducción: Mariola Moreno