“La metamorfosis de Podemos. Ganar o morir” de Isabel Miranda, en fronterad

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“Su objetivo siempre ha sido ganar las elecciones generales. Entre medias, Podemos pasó de amenazar con el “tic tac” a hablar de “remontada”. Pasó de las tertulias televisivas al apagón mediático. Pasó de hablar de casta y empoderamiento a desterrar su propias palabras del vocabulario. Pasó de vivir la indignación en las calles y hablar de asaltar el cielo a pedir un recuerdo. Pasó del boom asambleario al silencio. Pablo Iglesias (Madrid, 1978) creía que el poder no se ganaba jugando al juego existente, sino cambiándolo por donde se pudiera ganar. Un año y medio después reconocía en público que en sus decisiones políticas se habían tomado con una balanza: lo que más pesaba eran las dinámicas de construcción de su fuerza política y la necesidad de elegir la opción que más votos les diera. En dos años han pasado demasiadas cosas.

De las tertulias televisivas al apagón mediático

Para la mayoría de españoles no aficionados a las tertulias televisivas la noche del 24 de mayo de 2014 fue la primera vez que escucharon hablar de Podemos y de Pablo Iglesias. Su partido irrumpió en el panorama político con cinco parlamentarios en las elecciones europeas. Durante las siguientes semanas si algo llevaba el nombre de “Podemos” o de “Pablo Iglesias” la audiencia se disparaba. Pero ya había ocurrido igual antes.

“La gente cree que se milita en los partidos o en los colectivos políticos, pero no es verdad, la gente milita en los medios de comunicación”, llegó a decir Iglesias[1]. El profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid había comprendido pronto la importancia de “militar en los medios”. Su rodaje televisivo comenzó en espacios minoritarios como La Tuerka, en Tele K, en noviembre de 2010; y le llevó a Público TV primero y al prime time de Intereconomía, Cuatro, La Sexta o Telecinco entre 2013 y 2014. Hablaba con un lenguaje nuevo. Había aprendido que “se podía y se debía intentar ser radicales sin renunciar a ser mayoritarios”[2], conectando a la vez con la masa social que en 2011 se había concentrado en la Puerta del Sol de Madrid o, por lo menos, simpatizaba con ella.

El 15-M fue la señal de que era el momento. El movimiento espontáneo de los indignados no tenía una única ideología ni una consigna de izquierdas o de derechas, sino aglutinadora: “No nos representan”, “Democracia real ya” fueron algunos de sus lemas más celebrados. El enfrentamiento era arriba-abajo. O más exactamente, abajo-arriba. El sondeo del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) elaborado los días previos a que comenzara el movimiento había registrado los máximos de la última década en preocupación tanto por el paro (con el 84,1%); como por la clase política (con un 22,1%). El primero no ha vuelto a superar esa cifra. El segundo, en cambio, ha seguido aumentando. En cuanto al futuro político… más del 52 por ciento de los encuestados creía que la situación sería peor en el siguiente año[3]. Y eso que había elecciones generales en noviembre. El sentimiento de estar votando a “lo menos malo” de entre una oferta real bastante limitada había calado hondo. Era difícil encontrar una opción con la que sentirse representado.

Para los futuros integrantes de Podemos, el 15-M fue la constatación de un hecho: el agotamiento del bipartidismo y, por tanto, la oportunidad de abrir una brecha en el tablero político[4]. Algo que ni desde Izquierda Unida (IU), ni desde UpyD (Unión Progreso y Democracia) –partido donde ya se hablaba de esos parámetros– se consiguió transformar en votos suficientes como para suponer un cambio en el sistema. “Es muy difícil que, cuando no te diferencias de la casta en lo fundamental, puedas presentarte como una alternativa de regeneración”[5], explicó Iglesias del caso de la formación magenta. Para IU aún tenía palabras más duras: “Se han convertido en régimen, gente que se conforma con la medalla de bronce (…). Como le pasaba al viejo Carrillo, los comunistas españoles se han vuelto conservadores”[6].

Tanto Iglesias como el politólogo Íñigo Errejón asesoraron a Izquierda Unida en aquellas elecciones con escasos resultados. Así que tras la experiencia de lo que consideraron como un fracaso electoral, sumado a dos años más de crisis económica en los que se mantuvo la indignación social y la construcción de Iglesias como líder mediático, se gestó el escenario para un proyecto político propio. El proceso culminaría cinco meses antes de las elecciones europeas de mayo de 2014, con la presentación de la candidatura en el Teatro del Barrio de Lavapiés, uno de los barrios más multiculturales de Madrid: “Dijeron en las plazas que sí se puede y nosotros decimos hoy que podemos”[7], dijo Iglesias. Mientras tanto, la estudiada estrategia de comunicación del partido continuaba en los principales medios televisivos con un orquestado y fuerte eco en redes sociales. El CIS, además, seguía reflejando ese mes de enero de 2014 que para el 78,5 por ciento de los españoles la principal preocupación continuaba siendo el paro (y así seguiría, alcanzando incluso el 82,3 por ciento en marzo) y la segunda era ya la corrupción, con casi un 40 por ciento.

El resultado para Podemos serían 1.246.000 de votos en las elecciones europeas. Cinco eurodiputados. De pronto el partido comenzó a recibir un centenar de peticiones diariaspara hacer declaraciones o participar en los medios; el eurodiputado Iglesias, su director de campaña Errejón o el cofundador del partido, Juan Carlos Monedero, se convierten en rostros habituales de todas las tertulias; se hacen trending topic en las redes sociales y portada de los principales periódicos. “Es la hora del interrogatorio a Podemos”, resumió Monedero[8] antes de una de sus apariciones. Pero tras la sorpresa inicial, más que la hora del interrogatorio, comenzó la hora del acoso y derribo, de las etiquetas y la deslegitimación.

A la vez que Podemos intentaba jugar en un terreno ambiguo en cuanto a etiquetas ideológicas, los medios y los partidos políticos tradicionales les fueron catalogando de extrema izquierda, de antisistema, populistas, revanchistas, bolivarianos, radicales, de recibir financiación de Irán o de plagio, entre otras cosas…”

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