«La nebulosa laboral de Telefónica» de Ariadna Trillas, en eldiario.es y Alternativas económicas

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“Incrementar “la flexibilidad financiera” de la compañía, “centrarse en el núcleo” del negocio o segregar las actividades “no estratégicas”. Durante años hemos escuchado mil veces este tipo de expresiones en boca de quienes dirigen corporaciones cada vez más globales. ¿En qué se traducen? Un ejemplo: en diciembre de 2012, Telefónica vendió su filial de atención al cliente, Atento, al fondo Bain Capital. Esta  hija de Telefónica, valorada en 1.039 millones de euros, empleaba a 137.454 personas… más gente de la que, tras la venta, quedó en el grupo  madre, que en 2012 contaba de media con 272.598 empleados y que, ya sin Atento, se quedó con 133.183. Atento, que se aseguró carga de trabajo por nueve años, iniciaría después una conflictiva historia laboral. Prescindir de un pedazo de la empresa tampoco evitó que la filial Telefónica de España fuera objeto de la enésima reestructuración desde su privatización en los noventa: en mayo de 2011, Telefónica había anunciado un recorte de plantilla que afectaría a 8.500 trabajadores, vigente cinco años.

Aunque las comparaciones de plantilla son complejas cuando una corporación no deja de mutar entre áreas de actividad, áreas geográficas y nuevos negocios, la tendencia a la baja ha sido imparable. A cierre de 2014, trabajaban en la filial española 30.020 personas, casi 10.000 menos que hace una década, y 12.500 menos que en 2001. Antes de ser privatizado, el entonces monopolio empleaba a 74.000.

Hoy, la mayoría de técnicos que aparecen para reparar una avería o instalar una línea de fibra no son empleados directos de Telefónica. La carrera de externalizaciones y segregaciones societarias ha generado una cadena de empresas y de trabajos en cuatro niveles distintos. Primero existe un puñado de contratas conocidas, como Elecnor, Comfica, Liteyca, Itete, Abentel, Cobra y Cotronic. A su vez, las contratas externalizan parte de su tarea a empresas más pequeñas. Estas últimas subcontratan a su vez a autónomos —a menudo falsos, según fuentes sindicales—, en ocasiones antiguos empleados suyos a los que  aconsejan un cambio de régimen para sacar más dinero o para no ir a la calle. “El cuarto y último nivel es casi invisible… El compañero de al lado en la furgoneta del autónomo, a menudo ni siquiera dado de alta, que se saca unas migajas”, explica Francesc Queralt, del comité de empresa de Telefónica.

Los  telefónicos —como los llaman los subcontratados— han tendido a aceptar los procesos de subcontratación “a cambio de paz social en Telefónica, pero vamos tomando conciencia de que los de dentro también somos menos fuertes y debemos atacar el problema en la raíz”.

¿La raíz no es la crisis? ¿Es la última y más sonada reforma laboral de 2012? Ya jubilado, Pau Díaz, que trabajó casi toda su vida en la compañía y tras, estudiar Sociología, elaboró en 2007 un estudio sobre la evolución del modelo laboral del grupo, afirma: “Es falso que la pérdida de derechos sea consecuencia directa de la crisis. Empezó con las políticas neoliberales de los ochenta, de las que Telefónica es el mejor ejemplo”.

Su trabajo, titulado  Cuando el aumento de la productividad y la competitividad van de la mano de la precariedad laboral, describe la compañía como “el paradigma de empresa en red horizontal, abierta, flexible y ligera (…), y que a la vez potencia relaciones contractuales con otras organizaciones, creando anillos o redes de subcontratación y trabajo flexible”. Los sindicatos mayoritarios UGT y CC OO, reflexiona hoy Díaz, vivieron este proceso en fases distintas: “Primero, lo criticaron con la boca pequeña. Después, creyeron que esto era Alemania y el  compadreo con la cúpula redundaría en mejoras. Finalmente, dijeron que el proceso era inevitable”…

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