“Las razones de la historia marxista” de Eric Hobsbawm, en nexos

rebeldes primitivos

“Eric Hobsbawm es el autor de varios ensayos fundamentales que se han ocupado lo mismo de la crisis europea del siglo XVII que de la vida cotidiana en Inglaterra del siglo XVIII al XX o la historia de la clase obrera también en Inglaterra. Dos de sus libros más famosos y centrales están disponibles en español: Rebeldes primitivos (Ariel, 1968) y Bandidos (Guadarrama, 1978); en ambos explora la persistencia de modos preindustriales de protesta y de “política popular” en el mundo moderno. En Las revoluciones burguesas (Guadarrama, 1979), Hobsbawm da cuenta de la transformación de la vida europea entre 1789 y 1848, es decir, entre la revolución política de Francia y la revolución industrial de Inglaterra. En los setentas y ochentas Hobsbawm se ha dedicado al estudio de la vida europea entre 1875 y 1914, y ha combinado este trabajo con los artículos periodísticos y la búsqueda de una escritura que llegue a un público más amplio que el especializado. Una faceta poco conocida de Hobsbawm es su labor como crítico de jazz en Inglaterra bajo el seudónimo de Francis Newton. Hobsbawm es de los pocos historiadores marxistas de la posguerra que no se ha desligado del Partido Comunista británico y aún divide su inteligencia entre las labores partidistas y la confección de una historia tan sería en sus intenciones y resultados finales como atractiva en su capacidad de escanciarla con buena prosa. Esta entrevista la hicieron Pat Thane, profesora de historia social británica en la Universidad de Londres, y Elizabeth Lunbeck, licenciada en historia por la Universidad de Harvard y colaboradora de la Radical History Review, donde esta entrevista se publicó originalmente.


Usted empezó a publicar desde hace más de treinta años. ¿Cómo fue que se dedicó a “hacer” historia?

Porque cuando entré a la secundaria en Inglaterra descubrí que era bueno para eso. Antes de venir a Inglaterra no había podido descubrirlo porque la mayor parte de la historia que me enseñaron estuvo a cargo de un viejo profesor que nos metía en la cabeza, y nos hacía memorizar, las fechas de los emperadores alemanes medievales. Todos memorizamos esas fechas pero ya las olvidé por completo.

No culpo a ese profesor porque, hasta donde pude verlo entonces, él era una eminencia, un erudito en historia clásica al que probablemente la historia medieval lo aburría tanto como a nosotros. De cualquier modo, en mi no se había desarrollado un gran interés por la historia académica. Pero cuando vine a Inglaterra me entró ese interés, y resulté bueno para eso porque yo era, o trataba de ser, un marxista, y por tanto contestaba las preguntas de los exámenes de un modo inesperado. Así me gané una beca. Aún no me decidía totalmente por la historia, pero para el tiempo en que entré a la universidad no había mucho de donde escoger: literatura inglesa, lenguas extranjeras, algo por el estilo. A mi me parecía que la mayor parte de estas cosas no eran muy originales, mientras que el tipo de historia que se enseñaba en la universidad era muy diferente al tipo de historia que aprendimos en la escuela, y por eso valía la pena seguir estudiando historia. En esos días elestablishment universitario era, por lo general, hostil al marxismo. Sin embargo, todos los estudiantes de Cambridge y, hasta cierto punto, de Oxford, éramos marxistas y de hecho en la universidad yo llegué a pensar que la mayoría de nosotros aprendíamos mucho más hablando entre nosotros mismos de lo que aprendíamos con todos los profesores, salvo dos o tres. Y de hecho antes de la guerra hubo intentos por coordinar las discusiones entre los historiadores marxistas, aunque yo no participé mucho en eso. Así que era muy lógico seguir en esto después de la guerra, y de hecho, en 1946-1947, cuando salíamos del ejército, la atmósfera aún no era antimarxista. Se volvió muy antimarxista en el 48. Luego nos aislaron. Esto no carecía de ventajas. La desventaja, por supuesto, es obvia. La ventaja era que no podíamos salir del paso con cualquier porquería. No teníamos un público casero ávido de leer y aprobar todo lo “marxista”. Por el contrario, tuvimos que luchar para abrirnos paso y para que nos aceptaran gentes con prejuicios enormes y contra cualquier cosa que se presentara como historia marxista. Y creo que eso acababa favoreciendo a la disciplina intelectual.

Empecé a escribir sobre la clase trabajadora casi por accidente. En un principio no me propuse hacer una tarea específica sobre la historia del trabajo obrero aunque, por supuesto, esa historia nos importaba como marxistas y comunistas. En un principio me propuse trabajar sobre el problema agrario en el Norte de Africa.

Como estudiantes, a todos nos interesaba la cuestión del imperialismo, y algunos teníamos un contacto estrecho con lo que en aquellos días eran “estudiantes coloniales”, la mayor parte hindús, y conseguí que me pagaran un viaje como pasante de licenciatura para ir al Norte de Africa y hacer un estudio breve, y pensé que era un problema muy interesante. Todavía lamento no haber terminado, pero es que me llamó el ejército. Y mientras flojeaba durante la guerra y pensaba en qué iba hacer cuando saliera del ejército, decidí cambiar de tema por dos motivos. El primero es que mientras estaba en el ejército no había modo de hacer ninguna lectura preliminar sobre el, por decirle así, “problema del tercer mundo”. Y el segundo motivo es que por ese entonces me casé, mi esposa trabajaba y yo no me hacia a la idea de dejarla durante unos dos años para irme a Argelia. Como la cosa no era muy satisfactoria, decidí hacer un trabajo sobre la Sociedad Fabiana, sobre todo porque al respecto sí se podía leer una buena cantidad de cosas preliminares incluso antes de salir del ejército.1 Y por ahí entré a la historia laboral de fines del siglo XIX como un campo especial de estudio.

La tesis fabiana, con la que me doctoré, resultó muy interesante. El tema no era interesante, había muchísima gente trabajando sobre eso, y no me parecía que los fabianos importaran tanto, o no tanto como los habían hecho parecer. Por otra parte, sí parecían interesantes muchas cosas que habían ocurrido también en ese tiempo, sobre todo el New Unionism (Nuevo Sindicalismo), y de ese modo entré a la historia de los sindicatos y de la clase trabajadora.2 De hecho, algo que me ayudó en eso fue precisamente el primer libro que me pidieron escribir, o editar: Labor’s Turning Point, que de veras me dio una perspectiva mucho más amplia sobre la historia del trabajo.

Pero debo confesar que yo tenía un prejuicio más bien fuerte, y todavía lo tengo, contra la historia institucional sobre el trabajo obrero, la historia del trabajo vista exclusivamente como una historia de partidos, líderes y demás; ese tipo de historia me parece muy inadecuada, necesaria pero inadecuada. Tiende a remplazar la historia real del movimiento por la historia de la gente que dijo hablar a nombre del movimiento. Tiende a remplazar a la clase trabajadora por el sector organizado de la clase trabajadora, y al sector organizado de la clase trabajadora por los líderes del sector organizado de esa clase. Y eso deja la puerta muy abierta para la creación de mitologías y para el tipo de obstáculos diplomáticos que han hecho tan difícil escribir historias oficiales sobre los sindicatos, los partidos políticos y otras organizaciones.

Usted ha escrito para dos tipos de público: uno especializado y otro, más amplio, de no especialistas. ¿Usted cree que deberíamos poner empeño en hacer eso mismo?

Sí, yo creo que sí. Me parece muy importante escribir historia para personas que no sean sólo académicos. En lo que llevo de vida, la tendencia de la actividad intelectual ha sido concentrarse cada vez más en las universidades, y cada vez es más esotérica porque está hecha de profesores que hablan para otros profesores mientras los oyen al paso otros estudiantes que deben reproducir sus ideas, o ideas similares, para pasar los exámenes que ponen los profesores. Es claro que esto limita la disciplina intelectual. Sobre todo en las ciencias sociales, que deben cumplir algún tipo de función política y pública, es esencial el intento, por lo menos, de comunicarse con ciudadanos comunes y corrientes. Para esto hay un considerable precedente histórico. Después de todo, incluso en la economía gentes como Adam Smith, Karl Marx y John Maynard Keynes no trataron de escribir exclusivamente para profesores, y lo mismo es cierto para la historia. Hay algunos historiadores muy buenos que esperan ser leidos por un público amplio. Hasta cierto punto esto es un poco ilusorio, porque en realidad uno no está escribiendo para el lector promedio de los periódicos o para el espectador promedio de televisión. Uno escribe para gente que tiene una cierta educación básica. Hay una enorme diferencia entre el intento de escribir para gente en la que uno da por hecho una educación básica y una cultura elemental, y para gente con la que esto no ocurre. De vez en cuando yo trato de escribir cosas para una circulación masiva, pero no creo que esto me salga bien. Por supuesto, las respuestas que uno obtiene son muy esporádicas. La única respuesta sistemática es la que sale de los estudiantes. Pero me gustaría añadir que la tradición de escribir buscando que más gentes te entiendan es muy fuerte en la historia inglesa, y no sólo en la izquierda, aunque me da gusto decir que en la izquierda es muy notable, como lo muestran los casos de Edward Thompson y de otros. El tipo de gente a la que uno se dirige es, eso espero, un sector bastante amplio de la población: estudiantes, sindicalistas, ciudadanos comunes y corrientes que no tienen el compromiso profesional de pasar exámenes pero que quieren saber cómo fue que el pasado se volvió presente y en qué puede ayudar para ver hacia el futuro.

Por supuesto, yo me muevo y me comporto como un historiador académico porque no queda de otra, es decir, hay que ser tenaz. Esta es la lección principal que aprendimos, a la mala, en los años de la guerra fría, cuando los marxistas eran un pequeño grupo aislado. Todo lo que uno decía necesitaba una base sólida, y si uno aventuraba algo ese algo tenía que ser plausible. Uno tiene que ser académico porque hay gente que te estará viendo y que tratará de sorprenderte en un error. A veces lo logran. Pero a veces uno también escribe deliberadamente para un público especializado. Con todo, yo espero que la mayor parte de las cosas que hago también puedan leerlas gentes que no son especialistas.

Después de lo que publicó sobre la historia del trabajo británico usted empezó a escribir, en Rebeldes primitivos y en otros textos, sobre actividades de una naturaleza totalmente distinta. ¿Por qué el nuevo rumbo?

Bueno, yo escribí sobre la historia del trabajo obrero en Gran Bretaña porque estas cosas eran en gran parte desprendimientos de mi investigación fabiana que luego se volvieron una tesis sobre el Nuevo Sindicalismo. Mi modo de trabajo tiende a ser el de regar brotes por todas partes en vez hacer un desarrollo sistemático. Con Rebeldes Primitivos fue diferente. Tuvo dos orígenes. Por ese tiempo, en los cincuentas, yo viajé bastante por varios países mediterráneos y me interesaron mucho las cosas que veía y que me llamaban la atención, sobre todo en Italia, donde hice contacto con sobresalientes intelectuales comunistas que tenían un conocimiento muy sustancial de lo que estaba ocurriendo en lugares como el sur de Italia.3 También estaba leyendo a Gramsci, que es muy bueno cuando analiza este tipo de movimientos de protesta que no son políticos. Lo otro fue mi contacto con los antropólogos sociales en Cambridge, y Meyer Fortes y Max Gluckman en Manchester…”

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