“Los juegos del hambre” de Juan Laborda, en vozpopuli

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“Los datos, los estudios, los análisis, a pesar de la inacción política, son cada día más evidentes. La Gran Recesión y su recuperación anémica sólo han profundizado la desigualdad económica. Casi todos los incrementos de renta y riqueza desde entonces han fluido hacia el 1 por ciento más rico. En los Estados Unidos, por ejemplo, las 400 personas más ricas acumulan aproximadamente tanta riqueza como el 60 por ciento de la población de menos renta, es decir, la renta acumulada por 190 millones de personas. Para que nos hagamos una idea, la riqueza de los 400 estadounidenses más ricos equivale a la suma de toda la que posee la población afroamericana del país norteamericano más la de un tercio de la población latina.

Sí, es cierto, algunas de esas 400 personas son filántropos generosos, sin duda. Sin embargo una sociedad no puede vivir exclusivamente de la limosna de los más poderosos. La desigualdad extrema debilita la movilidad social, la democracia y la estabilidad económica, en definitiva, nuestra libertad. Incluso admitiendo, aplaudiendo o promoviendo el éxito empresarial, hay un punto donde las cosas han ido demasiado lejos. ¡Qué 400 personas tengan más dinero que 190 millones de sus compatriotas simplemente es intolerable! Todas esas cifras son perfectamente trasladables a nuestra economía patria. En nuestro país el ajuste de cuentas de las élites extractivas se ha cebado con el 10% más pobre.

Riqueza, poder y democracia

Una concentración de riqueza de tal magnitud otorga a los más ricos demasiado poder político, incluidos los medios necesarios para dar forma a las normas que rigen nuestra economía y nuestra democracia. En aquellos países donde se permite aportaciones, contribuciones o donaciones privadas a las campañas políticas las cifras llegan a ser sangrantes. En los Estados Unidos, por ejemplo, la mitad de las contribuciones o donaciones a la campaña presidencial de 2016 proceden, según una investigación reciente de The New York Times, de tan sólo 158 familias.

Es cierto que gran parte de ese 1% de la población planetaria más rica han amasado su riqueza a través de empresas exitosas. Pero no es menos cierto que todos ellos se han visto beneficiados enormemente por un sistema comercial, impositivo y regulatorio a favor de los más ricos, a expensas de los asalariados. Lo más lamentable, sin embargo, es que esta situación se va consolidando y extendiendo a través de generaciones. Tal como advierten los estudios de los economistas franceses Thomas Piketty o Gabriel Zucman, la mayoría de los países occidentales se están convirtiendo en regímenes aristocráticos dominados por gente que ha heredado y hereda una gran fortuna y poder. Hoy más que nunca urge tomar medidas políticas públicas y estratégicas fuertes que reviertan todas estas tendencias.

Medias inexorables de política económica

Ello pasa, sin duda, por aumentar el salario mínimo para que todos los trabajadores y sus familias puedan vivir dignamente. Ello pasa, sin duda, por la revisión de nuestro sistema democrático donde los más ricos ya no puedan dictar, vía control de los “mass media”, que candidatos políticos son los más viables para sus intereses. Ello pasa, sin duda, por un sistema económico que no dependa de los llamados acreedores ideológicos. Ello pasa, sin duda, por el establecimiento de unas reglas de juego donde los buscadores de renta, los oligopolios, los monopolios y los diferentes lobbies desaparezcan de una vez por todas. Ello pasa, sin duda, por un sistema sanitario y educativo que garantice el ascenso social a cualquier ciudadano, al margen de donde nazca, en que barrio viva. Ello pasa, sin duda, por un sistema bancario que no se dedique a jugar al gran casino de los mercados financieros y no esté subsidiado por los contribuyentes.

Todas estas políticas pueden reducir la desigualdad, pero no van a disminuir la concentración de la riqueza. El logro de este objetivo requerirá reinstaurar las políticas de impuestos progresivos que regían el Consenso keynesiano, previo al establecimiento del Consenso de Washington que aupó al poder a la escuela de Chicago y a los economistas de oferta. Por lo tanto, hoy, sin duda, se requiere un sistema impositivo más justo que reconozca como un problema intolerable la desigualdad, la pobreza y asuma la necesidad de repartir el crecimiento económico entre todos, sin exclusión. Por eso hoy, sin duda, es necesario de una vez por todas acabar con los paraísos fiscales y todas aquellas triquiñuelas contables que permiten a las grandes corporaciones pagar unos impuestos absolutamente ridículos…”

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