“Los que creen que lo peor de la crisis ha pasado están viviendo una ensoñación”. Entrevista a Joaquin Estefania. Clara Morales. infoLibre

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«Yo no echo de menos nada», dice Joaquín Estefanía (Madrid, 1951). Si acaso, eso de dirigir equipos, de trabajar en común. Hace algo más de un año dejó el consejo editorial del Grupo PRISA y de El País, y la escuela del periódico que gestionó durante 21 años. Al diario, que dirigió entre 1988 y 1993, le siguen uniendo sus artículos, lo que no le ha impedido ser crítico como lo fue con el ERE en 2012. Pero ahora tiene tiempo. Tiempo para viajar a Grecia, pare releer a Keynes, para mirar lo que sus compañeros, «sumidos en el corto plazo», no ven. Como las cicatrices que ha dejado la crisis en el tejido democrático europeo, que describe en Estos años bárbaros (Galaxia Gutemberg), su nuevo libro.

Él mismo confiesa —aunque lo intuirá el lector— que el volumen «no es muy optimista». Las observaciones de Estefanía conducen a pensar, primero, que la crisis no es agua pasada. Y, segundo, que no se trata de que el tsunami haya dejado más o menos dinero, sino de si ha dejado más o menos democracia. «Este no es un libro económico, sino político», apunta. En él se iluminan, como hitos para comprender la situación, el aumento del precariado, los desastres de la «austeridad expansiva» y la desconfianza hacia el sistema democrático. Las dudas que rondan la cabeza de Estefanía: qué va a ser de la utopía europea, qué pasa con los que se han quedado por el camino, qué vamos a hacer con los refugiados.

Pregunta. El libro comienza con un prólogo llamado «Informe contra mí mismo». ¿En qué momento considera que debe ponerse a escribir sobre lo que ha quedado y que para ello debe, de alguna manera, rectificar?

Respuesta. Pensé, en torno al 2010, que nos estábamos perdiendo las secuelas profundas que la crisis estaba dejando entre nosotros. El 70% se la población europea ha tenido muchas dificultades, pero más o menos ha sobrevivido a la crisis. Pero hay otro 30% que se ha quedado atrás. Se han convertido en parados estructurales que no van a encontrar trabajo nunca, o son jóvenes y entran ya en este sistema de precariado. Son factores que han cambiado el ADN de nuestra sociedad.

P. La tesis que sostiene en su libro contradice los argumentos de los distintos Gobiernos europeos que han estado en el poder estos años, que sostienen que la crisis ha acabado y entramos en recuperación. ¿Qué credibilidad tienen?

R. Muy poca. Cuando digo que nos hemos vuelto más desconfiados, hablo de eso. Y la gente está empezando también a decir: «La democracia está muy bien, pero no arregla mis problemas». Lo que me pregunto es si, del mismo modo que el contrato social del que nos habíamos dotado los europeos tras la II Guerra Mundial se ha deteriorado, ¿no será que también estamos deteriorando la democracia?

P. Hay parte de la población en la que parece que está calando el discurso de la recuperación. ¿Hasta qué punto son conscientes los ciudadanos de estos cambios estructurales que ha provocado la crisis?

R. La pregunta es si el 70% que cree que lo peor ha pasado está viviendo una ensoñación. Yo creo que sí. La prueba es que los propios datos económicos indican que [la recuperación] es muy coyuntural, no sabemos si va a continuar. La economía mundial se está ralentizando en todas partes… En la Gran Depresión, llegó 1937, se creyó que aquello se había superado y de repente el mundo volvió a caer en un agujero enorme que solo se resolvió con la II Guerra Mundial.

P. Habla en su libro del crecimiento del precariado, que en algunos países europeos llega a ser un cuarto de la población. A la vez, habla de las tres patas de la ciudadanía que estableció Marshall: ciudadanía civil, ciudadanía política y ciudadanía económica. ¿Cómo afecta a la democracia que gran parte de la población carezca de este último pilar?

R. Mucho. En Europa y otros países del mundo teníamos ese dogma: no se puede ser ciudadano político si no tienes aseguradas ciertas condiciones de vida. Pero durante muchos años hemos tenido olvidada esta pata. De manera que no se discute que la gente tenga todos los derechos a elegir a sus representantes o ser elegidos, no se discute la libertad de expresión, religiosa o de manifestación, pero sí discutimos mucho cuáles son esos estándares mínimos de vida. Estas reformas laborales que se han hecho en Europa están creando una capa social, el precariado, que descohesiona.

P. ¿En qué sentido?

R. Cuando eres una persona precaria, no tienes lealtad al sistema, porque no percibes que sea justo contigo. Lo único que pretendes es sobrevivir.

P. ¿Quién debía defender esta idea de la ciudadanía económica, y quién no lo ha hecho?

R. Todos. No hablamos de marxismo, hablamos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hablamos de un concepto de ciudadanía creado en los años 50 del siglo pasado. Estamos retrocediendo.

P. Durante las numerosas manifestaciones organizadas durante la crisis, se coreaba con frecuencia una consigna, «No es una crisis, es una estafa», que señalaba entre otras cosas que las medidas que tomaban los Gobiernos no eran coyunturales, sino que tenían un plan de modificaciones estructurales. ¿Qué hay de verdad en ella?

R. En el inicio de la crisis se toman ciertas medidas porque se cree que son las más oportunas para sacar a esta parte del mundo de la crisis. No son medidas universales, porque las que se toman en Europa no son las que se toman en Estados Unidos, América Latina, o Asia. Después, probablemente nuestros gobernantes aprovechan para decir: «Vamos a reajustar de una vez lo que en otros momentos de la historia no hemos podido reajustar». Y entonces entramos en un tipo de medidas más ideológicas que las primeras.

P. ¿Cómo se ha orquestado esto?

R. A través de lo que yo llamo los silencios sociales. No hablar de ciertos temas, ponerlos en segundo término y solo hablar del déficit. Por ejemplo: hasta que empezó la crisis, era bueno endeudarse. Los tipos de interés eran muy bajos, ibas a un banco, pedías dinero para comprar una vivienda y te daban para la vivienda, el coche, y las vacaciones. Tenías la sensación de que estabas progresando y de que no había problemas de redistribución, cuando los salarios en realidad crecían muy poco o no crecían. Otro ejemplo: en todos estos países se ha instaurado este tipo de reformas laborales. Se nos dice que no se puede redistribuir del capital al trabajo, porque las empresas se van. ¿Qué tipo de redistribución podemos hacer? Entre nosotros. Así, el que tiene un trabajo temporal cree que el que tiene uno fijo es un privilegiado. La gran trampa es que los verdaderos privilegiados siguen haciendo su vida.

P. Usted refleja cómo durante la Gran Recesión los partidos socialdemócratas han acercado sus políticas al neoliberalismo, ¿qué capacidad de redención tienen los socialistas?

R. Puede reformarse y tiene que hacerlo. La socialdemocracia debe pensar que todos esos experimentos que se han denominado tercera vía no han funcionado, y que hay mucha gente —eso explica el movimiento Cinco estrellas en Italia, Podemos o Syriza— para la que la socialdemocracia y los neoliberales se han convertido en los gemelos de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Qué diferencia hay, en el tema de los refugiados, el gran tema al que debe enfrentarse Europa, entre lo que ha dicho Hollande o Renzi y lo que decían Sarkozy, Berlusconi o Merkel?

P. En el libro expone que somos «más pobres, más desiguales, más precarios, menos protegidos, más desconfiados, menos demócratas», a lo que podría añadirse, como consecuencia, que estamos más desesperanzados. ¿Qué propuestas, qué plan puede salir de esa desesperanza?

R. La diferencia entre la Gran Depresión [1929-1939] y la Gran Recesión [2008-2015] es que de esta no salimos con una teoría general que nos indique cómo vamos a responder a los problemas a partir de ahora. Tenemos que ser conscientes de que, si no rectificamos, nuestros hijos van a vivir peor que nosotros. Cosa que no pasa, con todas las dificultades, en América Latina. Y necesitamos una idea de hacia dónde va el mundo y Europa.

P. Una de las consecuencias que ha tenido la Gran Recesión es justamente la desconfianza hacia la idea europea. ¿Cree que puede recuperarse como referencia?

R. Eso espero. Si desapareciese esa pequeña utopía, no sabríamos a dónde mirar. Muchas veces pienso que nuestros políticos no son capaces hacer avanzar las ideas de la población. Están en el corto plazo. Pero la Unión Europea, desde el principio, si no avanza, retrocede. Mi inquietud es que no existe un Helmut Kohl, un Helmut Schmidt, un Mitterrand o un Felipe González, que en ese sentido fue un personaje importante. No veo esa grandeza de espíritu de los fundadores de la Unión.

P. Violencia y desigualdad social son, como señala, dos conceptos estrechamente unidos. ¿Cómo es posible que ante un crecimiento de la desigualdad como el que se ha vivido en España, no haya aumentado la violencia?

R. Porque ha funcionado la familia como mediadora de los conflictos. Pero si la crisis continúa, incluso eso va a ponerse en cuestión, porque también las familias están llegando al límite. En muchos hogares ha desaparecido el ahorro, viven en algunos casos de las pensiones de los mayores. Uno de los factores para cualquier tipo de análisis es el tiempo: ¿Cuánto más vamos a durar en estas condiciones?

P. En el texto recuerda cómo la austeridad económica se relaciona ahora con el austericidio, cuando, en origen, era una idea progresista opuesta al consumismo y al capitalismo salvaje. ¿Se ha desactivado la austeridad como modelo alternativo?

R. Probablemente no, lo que pasa es que ahora es una austeridad obligatoria y eso no lo va a aceptar nadie. Pero es una idea progresista acuñada en los años sesenta, que cambió de signo con esta tontería que pretendieron hacer científica de la austeridad expansiva. «Cuanto más gasto reduzcamos, mejor nos irá». No, eso no es así en tiempos de crisis. La idea de austeridad, originalmente, es una unión entre cierta parte de la izquierda y ciertos científicos sociales para decir que este mundo no es sostenible. Volver a la austeridad progresista sería muy conveniente.

P. Los sindicatos han desaparecido del debate político. ¿Por qué?

R. No es un problema únicamente español, y tiene que ver más con la precarización del empleo y la individualización de las relaciones laborales, que les ha deteriorado. Cuando hablamos de la universalización del Estado del Bienestar, no debemos olvidar nunca que una de las patas fue el derecho del trabajo. La creación de la negociación colectiva, del equilibrio de relaciones en el seno de la empresa. Eso es lo que han destruido las reformas laborales.

P. ¿Qué espectro político va a beneficiarse de la desconfianza en la democracia de la que usted habla, la extrema derecha o los nuevos movimientos sociales?

R. Esa es la gran pregunta. Hay sectores tirando en distinta dirección. En Francia, por ejemplo, vemos un auge de la extrema derecha y, además, muchos de sus votantes no se identifican como de extrema derecha. En Grecia no sabemos qué ocurrirá con la decepción con Tsipras, que es brutal, teniendo en cuenta que Amanecer Dorado se ha convertido en un movimiento paramilitar. Es todo muy inestable y no sabemos qué porvenir tienen estos partidos.