“Los ricos no siempre ganan. Una historia sobre la conciencia igualitaria en Estados Unidos y sus lecciones para el presente” de Cristina Vallejo, en fronterad

no siempre ganan

“La pobreza y la desigualdad son cuestiones que llevan preocupando relativamente poco tiempo en España y en el mundo. Apenas un puñado de años. Desde que la crisis económica y su gestión las agravaron de tal manera que hasta las organizaciones internacionales más ortodoxas las denuncian no ya como catástrofes sociales sino por sus perniciosas consecuencias sobre el crecimiento económico y el orden político. Pero no nos fiemos del todo de estas últimas denuncias. Hay quien, como Branko Milanovic, que trabajó durante muchos años en el Banco Mundial, nos confiesa que esas denuncias pueden ser sólo márketing para mejorar la imagen de estas instituciones. Las políticas que siguen recomendando tanto esa institución como el Fondo Monetario Internacional o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, que pasan siempre por desregulaciones y liberalizaciones, alimentan la desigualdad y la pobreza. Sus llamadas de atención con presunto barniz social se ven anuladas por sus prácticas.

La sola preocupación por la pobreza y la desigualdad, la sola denuncia, por tanto, no acaba con ellas. Pero son requisitos imprescindibles para que, al final, se acaben tomando medidas que ayuden a corregirlas. Las organizaciones internacionales, sean cuales sean sus intenciones ocultas al ponerlas sobre la mesa contribuyen a crear conciencia sobre la insostenibilidad de los efectos secundarios del capitalismo, que se han agravado en los últimos años. Se suman así a una tarea emprendida por sociólogos, economistas y otros científicos sociales. Además del citado Milanovic podríamos nombrar también a Piketty, a Atkinson y muchísimos otros.

He aquí una hipótesis, o dos, las principales de este artículo: para que se tomen medidas contra la pobreza y la desigualdad ha de tomarse conciencia social sobre ellas. También, sobre la necesidad de que sea la política redistribuidora la encargada de abordar su solución. Y esta conciencia ha de mantenerse viva para que no se reviertan las conquistas sociales. La inercia desigualitaria es demasiado fuerte y hay que estar continuamente contrarrestándola.

¿Cuajó alguna vez la conciencia igualitaria en España?

En España, la Transición y los primeros gobiernos socialistas abordaron la cuestión social. Enrique Fuentes Quintana, vicepresidente y ministro de Economía del Gobierno de Adolfo Suárez, en un artículo incluido en el libro España, Economía: ante el siglo XXI, dirigido por José Luis García Delgado, comentaba que no se podían repetir los mismos errores que se cometieron durante la Segunda República: debía lograrse el consenso entre todos los actores sociales para evitar un desenlace violento. Ello implicó tener en cuenta, además de los intereses del poder económico, las necesidades y reivindicaciones de las clases populares. El resultado fueron los Pactos de la Moncloa.

Los trabajadores pusieron mucho de su parte, cedieron sus objetivos de máximos, pero, a cambio, se puso en marcha la reforma fiscal más ambiciosa de la historia de España. La recaudación de impuestos nunca había sido tan progresiva en nuestro país. El historiador Julio Aróstegui, destaca, además, un buen puñado de medidas sociales incluidas en los Pactos de la Moncloa, como la reforma del sistema educativo, con el establecimiento de la progresiva gratuidad de la enseñanza, el reconocimiento de la función de los sindicatos, la reforma de la Seguridad Social (para convertirla en más justa y progresiva), las políticas de rentas y salarios, las subidas de las pensiones, la mejora de los subsidios de desempleo… Sobre estas bases, el Partido Socialista, durante los primeros años, universalizó la sanidad y la educación. Esta última fue la mejor herramienta sobre la que se asentó el ascensor social. Aunque también fue el PSOE el que comenzó a introducir más inseguridad en el mercado de trabajo con el diseño de la contratación temporal. En todo caso, de acuerdo con datos de Fundación Foessa (Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada), si en 1973 la tasa de pobreza se encontraba en el 21,4% de la población española, en los años 1980-1981 había caído hasta el 19,9% y una década después se situaba en el 17,3%.

Pero la reducción de la pobreza en España no fue únicamente cosa de la democracia. La supervivencia del franquismo durante cuarenta años también tuvo que ver con la prosperidad de una mínima clase media y con la mejora de las condiciones de vida de la clase trabajadora, algo que, según ciertos teóricos, como el sociólogo Pau Marí-Klose, tenía más que ver con la prosperidad generalizada que se vivía en el mundo desarrollado que con el afán de la dictadura por reducir la pobreza y la desigualdad o por redistribuir la riqueza, ni siquiera movida por el deseo de lograr una base social en que apoyarse cómodamente.

La conciencia respecto a lo malas que son la pobreza y la desigualdad es imprescindible para abordarlas, para tomar medidas para limitarlas en la medida de lo posible. En España no fue sólo esa toma de conciencia la que hizo que los políticos, a partir de los años setenta, adoptaran iniciativas para reducirlas, sino el miedo a repetir la historia, a que volvieran a escena los acontecimientos violentos de principios del siglo XX. Además de ese afán de consenso, contribuyó la situación de los países del entorno: España quería incorporarse a la Comunidad Económica Europea y allí sólo había Estados de bienestar.

Posiblemente en España nunca se generó esa conciencia igualitarista. O esa conciencia no llegó nunca a ser hegemónica. El primer experimento más o menos igualitarista de la historia de España, la Segunda República, acabó en una guerra civil en la que el componente de clase social tuvo una gran importancia. Los primeros gobiernos socialistas de la segunda y definitiva experiencia democrática en España intentaron insuflar ideas igualitaristas, de justicia social, pero el mensaje de todos sus miembros no fue homogéneo: sólo hay que recordar que Miguel Boyer, liberal, fue ministro de Economía en el primer ejecutivo dirigido por Felipe González. Además, a medida que fueron pasando los años, se fueron olvidando esos principios redistributivos a favor de mantener el crecimiento económico por encima de todo y la convergencia con los criterios establecidos por el Tratado de Maastricht en términos de deuda, déficit e inflación, muy en línea con la ortodoxia liberal. Quizás por eso la tasa de pobreza nunca cayó por debajo del 17%. Quizás por eso pronto volvió a niveles cercanos al 20%. Posiblemente por todo ello, una vez iniciada la crisis económica, subió por encima de esa cota.

Pero se está volviendo a extender la preocupación sobre estos problemas, sobre la creciente desigualdad y el aumento de la pobreza en España. Y lo que es más importante: está extendiéndose la convicción de que hay que tomar medidas urgentes para revertir estas tendencias. La pregunta que surge es cuándo esa doble conciencia se materializará en hechos que transformen de verdad la actual relación de fuerzas entre capital y trabajo (tanto en activo como en la reserva). Para resolver esa incógnita nos podemos mirar en el espejo estadounidense, en el camino, quizás único, que recorrió entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX, para ver qué puede ir sucediendo, para observar retrospectivamente cómo se organizaron los empujes populares, las resistencias plutocráticas y las decisiones gubernamentales. Y todo con la esperanza de que, gracias al acelerón que parece haber dado la historia, todo ocurra aquí a partir de ahora a una mayor velocidad para que sean las generaciones hoy vivas las que vean la gran transformación que es necesaria.

 

La construcción de la conciencia igualitarista americana

Porque sí, el caso estadounidense fue algo diferente al español. Posiblemente porque Estados Unidos no sufrió una dictadura de cuarenta años entre los años treinta y mediados de los setenta del siglo XX. Quizás porque resolvió de mejor modo la crisis de los años treinta porque ya para entonces la democracia estadounidense atesoraba mucho rodaje y gozaba de una economía moderna y no atrasada como la española. España no había tenido su revolución burguesa y Estados Unidos ya había superado sus conflictos económicos y sociales a través, eso sí, de una guerra civil en el siglo XIX tras un proceso de independencia en el siglo XVIII.

Esos dos conflictos convirtieron a Estados Unidos en una de las democracias más avanzadas del mundo para su tiempo. A partir de ahí fue posible ir construyendo más. Ir gestando, poco a poco, conciencia igualitaria. Muy paulatinamente. No sin conflictos. Con mucha resistencia del capital ligado al poder político. Hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial, el impuesto sobre la renta para quienes más ingresos obtenían llegó a alcanzar el 91%. Algo nunca visto, no ya en España, sino en ningún país europeo, ni siquiera en los nórdicos…”

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