“De mal en peor”. Javier Aristu. en campo abierto

“Dudo si ponerme a escribir porque el estado de ánimo y las reservas intelectuales se vienen abajo ante los acontecimientos en Cataluña. De mal en peor…No es bueno transmitir desde cualquier página pública sensaciones pesimistas pero la realidad es dura y tenaz por lo que no tendré más remedio que anotar en estas líneas dicha realidad, tal y como me está llegando. Muy de mañana he leído el artículo de Antón Costa que publica hoy La Vanguardia. El catedrático de Economía, y presidente del catalán Círculo de Economía hasta hace muy poco, es rotundo ante los hechos. Su conclusión: «el mal está hecho. Catalunya ha estado durante el último siglo y medio en la sala de mando de la economía española. Ahora se arriesga a quedarse sólo en la sala de máquinas». Cualquier persona medianamente sensata debe coincidir con ese diagnóstico y esas previsiones: Cataluña corre el riesgo de hundirse económicamente…y arrastrar con ello al conjunto de España. ¡Y ese dato sigue sin aparecer en las antenas de radar del proyecto independentista! Es como una locomotora desbocada que va camino del descarrilamiento y los maquinistas siguen cantando dentro de ella canciones patrióticas.

Dos hechos han sido decisivos para que ese descarrilamiento tenga más visos de tragedia: dos decisiones judiciales acompañadas de sus correspondientes intervenciones administrativas. La primera decisión judicial fue en relación con la llamada a votar del 1-O. La sentencia del juez era clara, impedir que se produjese la votación con urnas y en lugares públicos, retirar del ámbito público los elementos del llamado referéndum. Una decisión que era inevitable y obligada –prohibir judicialmente el referéndum– se convirtió en “símbolo irlandés” cuando las fuerzas de la policía nacional y la guardia civil intervinieron erróneamente y de forma desproporcionada. El icono se construyó el domingo 1 de Octubre por la torpeza e ineptitud de un ministro de Interior y de un gobierno de España. La segunda es la decisión de la jueza Lamela de la Audiencia Nacional de meter en la cárcel a Jordi Sánchez y Jordi Cuixart acusados de sedición. Segundo icono: “los presos de toda revolución” ya están funcionando como instrumentos de cohesión de las huestes de la independencia.

En democracia no existen terrenos nítidamente separados entre jueces y política. Las interrelaciones entre uno y otro son permanentes y nunca van a ser armónicas ni bienllevaderas. Cuando un juez dicta una sentencia de prisión  contra dos dirigentes sociales sabe perfectamente las consecuencias políticas de dicha medida. En democracia no hay burbujas de aislamiento ni pruebas de laboratorio aséptico; todo está interconectado.

Por eso la inactividad o carencia de ritmo del gobierno de Rajoy acompañada del activismo judicial está dando las bazas que necesita la estrategia independentista, carente desde el 6 y 7 de septiembre de “legitimidad de origen” para seguir en su proceso sin costes sociales. El 7 de septiembre el procés estaba tocado y bien tocado: la decisión de la mayoría independentista del Parlament de saltarse la legalidad y la legitimidad parlamentaria –básica para cualquier parlamento democrático– al despreciar e inutilizar la función de las minorías de ese parlamento, había llevado a un terreno inoperativo las acciones independentistas. El 1 de octubre las acciones del ministro Zoido echaron por tierra lo ganado por los no independentistas. Posteriormente, el fracaso de la estrategia de estos últimos, al asistir desde el 5 de octubre y los días posteriores al cambio de sede jurídica de más de 700 empresas que abandonan Cataluña para instalarse en otras capitales españolas, se ha visto roto por la decisión de la jueza de la Audiencia nacional de mandar a prisión a los dos Jordis. Un paso adelante, dos atrás.

Una cosa parece clara: la inteligentsia independentista y el núcleo dirigente de este proceso único en la Europa occidental de los últimos setenta años están dispuestos a llegar al suicidio; el problema es que la acción del gobierno español, hasta ahora, está colaborando a que sea una muerte por asfixia y por manos ajenas pero donde también va a sufrir serios daños irreparables. La capacidad de movilización del independentismo es impresionante, lo cual no quiere decir que lleve la razón. Cada vez estoy más convencido de que bajo ese mensaje de combinar independencia y democracia se oculta una semántica supremacista e identitaria, nada que ver con el pluralismo y la tolerancia de toda sociedad democrática. Es cierto que en las huestes independentistas que salen a la calle hay corrientes sociales diversas y que responden posiblemente a motivaciones diferentes en su origen. Siempre ha ocurrido eso en la historia. La cuestión es que el independentismo está siendo capaz de eliminar o depurar cualquier rasgo de protesta social distinta o de otro tipo y todo lo está catalizando en torno de una sola idea: Independencia como talismán.

Todos los datos objetivos y racionales están en contra del objetivo de Puigdemont, Junqueras, Sanchez y Cuixart. La Unión europea, los Estados democráticos de todo el mundo y las instituciones internacionales están contra el proyecto de Cataluña independiente. La economía viene dictando desde hace dos semanas su inapelable ley, está abandonando Cataluña. Esta nacionalidad dentro de la UE puede verse aislada y sometida a una depresión económica y social brutal. Frente a otras personas que creen que en Cataluña se está dilucidando la destrucción de la “oligarquía española” (¿cuándo cambiaremos nuestras gafas de ver la realidad social?) y el “régimen del 78” yo pienso más bien lo contrario: en el procés catalán se están incubando los elementos de un retroceso histórico extraordinario. Cataluña ya no va a ser leída en el futuro como la tierra del progreso y los avances sociales; creo más bien que en estos días y semanas lo que se está produciendo allí nos tiene que preocupar a todos los demócratas y progresistas porque se está incubando un modelo de sociedad y de participación política que yo no pondría en el libro de oro de la democracia.

Al final nos quedará a todos la sensación de catástrofe histórica y de ruina moral colectiva: todos perdemos con Cataluña. En cierto modo estoy intuyendo que este 2017 se parecerá más a aquel 1898 que llevó a la conciencia del Desastre inscrito en la memoria de los españoles durante décadas que a cualquier otra fecha emblemática de éxitos y victorias de la nación.

Así concluía Max Aub su libro La gallina ciega, escrito durante su viaje de exiliado por nuestro país: «España está mal. Ya se le pasará. No hay razón en contra, ni en pro; pero si basta para la Historia, para mí, no.».

De mal en peor