“Memorias de interior” de Constantino Bertolo. A propósito de “El balcón en invierno”, de Luis Landero. Revista de Libros

Landero

“1. Constelaciones narrativas

Porque íbamos de peor a mejor,
y eso le gusta a todo el mundo. Así es la vida.

Ese enorme relato que llamamos Historia viene diciéndonos que entre 1960 y 1975 se produjo uno de los fenómenos demográficos más importantes en la historia contemporánea de España: la emigración masiva del campo a la ciudad y que, aunque podría afirmarse que España fue un país de emigración continua a lo largo de todo el siglo XX, sería en esos años cuando se produjo el mayor movimiento de población de su historia, pues más de dos millones de personas abandonaron sus casas, sus tierras, sus oficios y sus entornos para dirigirse a las zonas industriales del país y del extranjero en busca de trabajo, provocando, por ejemplo, que, en ese período, la provincia de Madrid ganase cerca de dos millones y medio de habitantes. Un éxodo rural que en Extremadura se caracterizó por la pérdida masiva de población, ya que emigraron unos quinientos mil extremeños, es decir, un cuarenta por ciento de su población a mitad de siglo, siendo particularmente intenso el proceso a partir del quinquenio inmediatamente posterior al Plan de Estabilización Nacional de 1959. Esta huida masiva de población estaba integrada en su mayoría por jornaleros y campesinos y se debió principalmente a la pobreza del campo y a la industrialización de la ciudad aunque, según algunas investigaciones sobre la emigración1, lo que realmente empujaba a la gente no sería tanto la miseria del campo como la certeza de alcanzar en la ciudad un mejor nivel de vida y mayores posibilidades de educación y formación para sus hijos.

Los hombres y mujeres que protagonizaron este éxodo, que es parte relevante de la narración histórica de nuestro país, fueron y son sin duda un testimonio vivo de ese proceso y una fuente de conocimiento de primerísima fila para intentar dilucidar cómo ocurrieron las cosas y qué efectos pudieran haber tenido sobre la construcción de las subjetividades colectivas y personales todavía hoy presentes en nuestra sociedad.

Pero no es la Historia el único relato que construye nuestra realidad. Al fin y al cabo, y como escribe Alfred Sohn-Rethel2, «la narración realidad» vendría a ser el concreto resultado de una síntesis de múltiples narraciones, cada una de las cuales por separado serían a la vez falsas (por insuficientes) y necesarias (por indispensables); y es desde ese entendimiento cuando la literatura, las narraciones literarias, las novelas, aparecen como instrumentos de elaboración de los imaginarios colectivos e individuales mediante los cuales construimos realidad y la enjuiciamos y valoramos. Y ahí, y desde ahí, la lectura de este libro, El balcón en invierno (Barcelona, Tusquets, 2014), del extremeño Luis Landero, se nos ofrece y promete como posibilidad de entrar (o salir) de lo real que nos habita y habitamos.

El éxodo rural como espacio y motivo narrativo no es un tema desatendido por nuestra narrativa; desde La mina, de Armando López Salinas, a Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar, pasando por Donde la Ciudad cambia de nombre, de Francisco Candel, o La larga marcha, de Rafael Chirbes, entre otras muchas, la masiva migración interior que se produjo durante los años del franquismo está presente al menos como telón de fondo y conforma un interesante y muy estimable corpus narrativo para cualquier lector o lectora que, más allá de los datos y estadísticas, quiera indagar sobre los «movimientos geológicos» que durante esos años intervinieron en la constitución de un paisaje social todavía hoy actuante en nuestra personalidad colectiva. A este corpus viene hoy a sumarse esta novela de Landero que si bien, y como toda novela que se precie, presenta perfiles y caracteres propios que le otorgan su particular diferencia específica, no deja por ello de poder situarse en ese territorio o constelación literaria.

2. Diferencia específica…

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