Mini-crónicas catalanas 138 a 140. “Beguin the beguine”, “Instrucciones para hacerse fascista” y “Catalanes y andaluces”. Andreu Claret.

Mini-crónicas catalanas/138
BEGIN THE BEGUINE. O sea, volver a empezar, cómo en la canción de Cole Porter. Esta es la posibilidad que sugieren algunas encuestas. La victoria del PSOE, aunque no sea absoluta, podría ser suficiente para que las relaciones entre la Generalitat y el gobierno de España volvieran a la casilla de partida del 2008, cuando el PSC consiguió 25 de los 47 escaños en juego contribuyendo de manera decisiva a la victoria de Zapatero. Ningún sondeo vaticina semejantes resultados, pero bastaría con que los socialistas catalanes quebraran la mala racha de los últimos comicios y que Sánchez aprovechara la dispersión de las derechas para que el PSOE pudiera urdir mayorías con Podemos y nacionalistas. De los sondeos se deduce otro posible escenario: el de un sumatorio con Ciudadanos, pero la primera hipótesis, aunque sólo sea esto, una hipótesis, puede influir sobre el voto de muchos catalanes. Julio Iglesias inmortalizó la canción en castellano con letras que vienen al pelo. Quiero saber – dice- si aún me quieres, qué fue de tu vida, y sí todo se olvida. Son preguntas que Sánchez debería hacerse si quiere abrir una vía de diálogo con Catalunya (y si encuentra con quien explorarla entre los independentistas). No se puede llevar a engaño. Muchos catalanes recelan del PSOE. Los unos por mojigato, los otros por vendido. En cuanto a lo que ha sido de la vida de los catalanes durante estos años, mejor ni hablar. Una pesadilla que ha partido la sociedad por la mitad. Hará bien en preguntarse también, como en la canción, si todo se olvida. Ni oblit ni perdó, contestará una parte muy significativa del mundo indepe, aunque sea echándole en cara culpas que no son suyas. O sea, no va a ser fácil que Sánchez entone el Beguin the Beguine si gana las elecciones. No sólo porqué las derechas se alzaran contra todo intento de negociación (empezando por un posible indulto), sino porqué el deterioro ha sido tal, en Catalunya y en España, en estos diez años, que no sera fácil volver a empezar.

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Mini-crónicas catalanas/139
INSTRUCCIONES PARA HACERSE FASCISTA. Mientras VOX se manifestaba en la plaza España yo leía un librito turbador, sentado en un banco del Umbracle. Un opúsculo en el qué la escritora sarda Michela Murgia da instrucciones sobre cómo hacerse fascista. Escrito desde la paradoja, la ironía, y la provocación, aborda el tema de un modo irritante pero conveniente. ¿Qué es un fascista? A fuerza de llamar fascista al discrepante –¿quién no ha sido acusado de serlo en Catalunya, en los últimos años?- no nos hemos percatado de qué el fascismo es como el agua, que siempre encuentro una grieta por donde penetrar. Y que tiene una capacidad insospechada de generar comportamientos controlando el poder de las palabras. Lean el libro de Murgia y pregúntense sobre la emergencia de actitudes totalitarias en nuestro discurso político. El fascismo necesita un enemigo y VOX lo ha encontrado: en Catalunya, pero también entre las mujeres y los inmigrantes. Cultiva el miedo a perder los privilegios. Los de un estado fuerte, orgulloso de su unidad y su historia. De toda su historia. Los de una sociedad dominada por los hombres desde Neandertal, que diría Suárez Iliana. Los de una colectividad que se siente frágil, tanto que teme al más frágil de todos, al inmigrante. Es un discurso extremo, a menudo histriónico, pero qué cala en sociedades como la nuestra, desconcertada por la gigantesca mudanza que afecta el planeta. No banalicemos al fascismo. No sé cuantos diputados sacará VOX, ni sí podrá condicionar la formación del próximo gobierno. Espero que no. Pero aunque no lo consiga, el mal estará hecho. El caballo de Troya habrá penetrado en el redil de la democracia, y la deshumanización del otro habrá contaminado el tejido social. No utilicemos las palabras en vano. No llamemos fascista al discrepante. Reservemos las palabras gruesas para las cosas que cuentan. Aquellas que forman parte de la parte más oscura de todos nosotros. (Michela Murgia).

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Mini-Crónicas catalanas/140
CATALANES Y ANDALUCES. El empeño era encomiable. Promover el diálogo entre andaluces y catalanes para reformar el Estado. Orillando las actitudes más retrógradas que anidan, se supone, en el corazón del Leviatan. En Madrid, para entendernos. Y así fue, un encuentro con palabras certeras, destinadas a afrontar ‘un problema que no tiene solución’ (López Bulla) porque su epicentro se sitúa en algún lugar de este mundo globalizado, postfordista, donde las cosas ya no so lo que eran. Palabras destinadas a ponerse de acuerdo en un objetivo común (Pérez Royo), estériles porqué se han taponado las salidas políticas, y se ha introducido la división en lo más hondo de la sociedad catalana. Palabras para la esperanza, cuando Josep María Vallés recuerda que Catalunya no está dividida en dos porqué 2/3 de los catalanes creen que todo acabará con más autogobierno, pero que no quitan gravedad a la situación. Máxime cuando suenan aires electorales y Marchena nos recuerda, cada dia, que el juicio sigue su marcha inexorable. ¿Sirve hablar entre catalanas y andaluces? Desde luego, y la iniciativa de los dos javieres (Aristu y Tébar) fue una bálsamo en tiempos de agravios dialécticos y chorradas digitales. Pero dió la medida de un estropicio que viene de lejos. De cuando González y Pujol no supieron o no quisieron aprovechar los tiempos de bonanza y buen rollo para crear redes de protección que resistieran los embates de la crisis, el populismo y los nacionalismos desabridos. Ideas no faltaron, que apuntaban, la mayoría, a una España Federal, de contornos asimétricos. También hubo coincidencia en un diagnóstico que apunta al Tribunal Constitucional en su pretensión de zanjar un debate que era político. Pero es como si hubieran pasado cien años, y el daño es irreparable porque los protagonistas del drama, aquí y allá, le han cogido gusto a reforzar los reflejos nacionalistas, excluyentes, dejando el catalanismo tocado de muerte y la idea de España zaherida. Diálogos era el reclamo. Y diálogo fue la palabra más manida. Mejor ésto que los insultos que nos traerán los debates electorales. Sin embargo, a mi me da que nos conocíamos demasiado y que allí faltaba gente. Aquella con la que habrá que acordar los términos del desacuerdo (Coscubiela) mirándonos a los ojos. No creo que sea posible hasta que termine el juicio. Mientras tanto, hablemos.

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