Mini-crónicas catalanas (2), colaboraciones en El Periódico (otras 2) . Andreu Claret.

Mini-crónicas catalanas/147    [3 de junio]
MARAGALL TIENE UN DILEMA (Y COLAU TAMBIEN). Tienen el mismo dilema. El de decidir entre Barcelona y la política. O entre las emociones de los suyos y los intereses de la ciudad. El que lo tiene más difícil, por el momento, es Ernest Maragall. Carece de argumentos para negarse a encabezar el tripartito que le propone Ada Colau. Quiero decir de argumentos propiamente barceloneses. Su negativa se basa en razones de política nacional, quebrando de este modo una de las reglas de los pactos municipales: poner la ciudad, y sus intereses por encima de las luchas políticas que se dan en otros ámbitos. Conozco el argumento: la situación es excepcional, por los presos, por el juicio, y por lo que pasó (el 155). Pero sí la excepcionalidad es tanta, ¿como es que Junqueras le tiende la mano a Sánchez y Aragonés propone diálogo al gobierno central? Algo no cuadra ¿Si los socialistas son tan malignos, que es peor, entenderse con ellos para gobernar Barcelona o para buscar una solución al conflicto catalán? Es más, ¿un acuerdo sobre Barcelona impide lo otro o puede facilitarlo? La historia de los pactos municipales esta llena de acuerdos con el diablo. ¿Por qué no, entonces, un tripartito con el PSC y con los Comunes? Dependerá supongo del programa. Nadie habla del programa. ¿Acaso depende de las elecciones autonómicas, que están a la vuelta de la esquina? Si al final prevalece la lógica excluyente de la política catalana y Maragall rechaza la oferta, el problema, lo tendrá Ada Colau si aspira a la alcaldía, como parece. Tendrá que explicar qué se puede gobernar con Collboni, un sapo que sus seguidores parecen dispuestos a tragar, y tendrá que mirar para otro lado cuando algunos concejales de Valls le den su voto. Si hace como Maragall y antepone la ética, o el temor a unas autonómicas, no será alcaldesa. Si acepta, los independentistas montaran un pollo y algunos de los suyos pondran el grito en el cielo. Pero gobernará. Podrá cambiar las cosas que sólo pueden cambiarse en un segundo mandato. Y desde la Casa Gran podrá influir mil veces más y mejor en el diálogo para solucionar el conflicto político catalán.

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EL EMPRESARIADO CATALÁN

De Vicens Vives a Elisenda Paluzie

LEONARD BEARD

Andreu Claret

De Vicens Vives a Elisenda Paluzie

Andreu Claret

La victoria independentista en la Cambra de Comerç de Barcelona pone en evidencia la mutación de la burguesía catalana en los últimos años

La victoria de la candidatura independentista a la Cambra de Comerç de Barcelona es el hecho más relevante de cuantos marcan la mutación de la burguesía catalana en los últimos años. Hay muchas maneras de calibrar el terremoto que ha supuesto la llegada al frente de la Cambra de Joan Canadell. Una es contrastar el perfil de su mentora, Elisenda Paluzie, presidenta de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), con el de Jaume Vicens Vives, el historiador que animó la burguesía catalana de mediados del siglo pasado a dotarse de un lobi destinado a participar en la reforma del Estado. Era en 1951, cuando Joan Mas Cantí, Carlos Ferrer Salat y Arturo Suqué, tres jóvenes industriales catalanes, crearon el Club Comodín, antecedente del Cercle d’Economia. Mientras Paluzie llama a los empresarios a romper con el Ibex 35 y ‘el palco del Bernabéu’, Vives les alentaba a perderle el miedo al Minotauro y participar en la reforma del Estado. Dos épocas, dos burguesías, dos estrategias.

Vives fue el primero en utilizar las vicisitudes del toro de Creta como metáfora de las relaciones entre Catalunya y el poder. Un poder al que hay que saber manejar, advirtió, recordando que hay pueblos familiarizados con el laberinto del Estado mientras otros, como el catalán, ‘no saben cómo hacerlo’. El Cercle d’Economia se dedicó durante años a intentar romper este maleficio. Con una pedagogía cuya eficacia quedó acotada por la llegada de Jordi Pujol a la presidencia de la Generalitat. Pujol llegó a estar en la junta del Cercle, pero nunca se mojó a fondo con la reforma de España. Tenía otro objetivo. Apoyó a González cuando le convino, y luego a Aznar, al que llevó hasta el Majestic, pero fue siempre para obtener más transferencias y más recursos. Nunca quiso que nacionalistas catalanes participaran en gobiernos del Estado. Nunca hizo suyas del todo las ideas de Vives y las orientaciones del Cercle d’Economia. Prefirió ‘fer país’. Primero desde Banca Catalana y, tras el fracaso, desde la Generalitat.

Sumisión o rechazo

Curiosamente, la iniciativa de Paluzie recuerda a aquel eslogan, ‘Eines de país’. Con una diferencia que no es menor: rompiendo las amarras. Renunciando al posibilismo, al famoso ‘peix al cove’ y apostándolo todo a una república que, por el momento, es un diseño en una Moleskine. Poco antes de morir, en 1960, Vicens Vives escribió sobre Catalunya y el Minotauro. Habló de la frustración de las élites catalanas ante el Estado, que derivaba, según él, de “una decepción histórica excepcional, la de un pueblo que se encuentra sin voluntad de poder, sin ganas de ocupar el palacio y de manejar ninguna de sus palancas”. Vives situó el origen de este comportamiento en los decretos de Nueva Planta firmados por Felipe V a principios del siglo XVIII. Fue entonces cuando cristalizaron actitudes de sumisión ante el poder de Madrid, como las que se dieron tras la victoria de Franco, o de rechazo, como las que se dan ahora en aquellos pequeños y medianos empresarios que han llevado a Canadell a la presidencia de la Cambra. Sumisión o rechazo. Nunca conquista.

Para comprender cómo las tesis de Paluzie han desplazado las de Vives, en un sector importante del empresariado, hay que tener en cuenta esta historia, pero también el seísmo del ‘procés’ y los cambios que ha experimentado la economía catalana. Los empresarios que viven en entornos dominados por el independentismo no son ajenos al clima político y emocional creado por la judicialización del conflicto catalán. Para muchos, el impacto de la prisión provisional y del juicio supera el temor a las consecuencias económicas que puede tener el pulso con el Estado. A la desconfianza histórica a la que se refería Vicens se suma la desafección de la que advirtió Montilla. Con todo, no creo que las tesis extremas de Paluzie hubiesen tenido tanto alcance de no ser por el cambio de fondo que ha experimentado la economía catalana en los últimos 20 años.

En 1995, mientras los dos tercios de las exportaciones catalanas iban al resto de España, un tercio iba al resto del mundo. Hoy esta proporción se ha invertido. Las ventas catalanas al resto de España solo representan un tercio. Quiero decir que Sánchez nunca tendrá el mismo predicamento entre los empresarios catalanes que tuvo González. Y no es solo cuestión de carisma, sino de cuenta de resultados. La factura para crear una república catalana sigue siendo mucho mayor de lo que pretenden los independentistas. Pero los empresarios que siguen las consignas de Paluzie, también creen, o sueñan, como otros catalanes, que la independencia es una utopía disponible.

https://www.elperiodico.com/es/opinion/20190604/articulo-opinion-andreu-claret-cambra-comerc-barcelona-independencia-7488451?fbclid=IwAR3cYcSB4qHLdCFL7XkdsZePRJddRCDq-3c8I4deFAFDmXDcPnDAhcl8_YQ

 

Mini-crónicas catalanas/148   [9 de junio]
¿MARAGALL O COLAU? DEPENDE. Arranquemos de una premisa: el alcalde hace el ayuntamiento. De ahí la pregunta. Añadamos otra: no hablamos sólo del gobierno de la ciudad. Hablamos también de política catalana. Y de política española. Nadie duda de qué en la nueva etapa, Barcelona puede jugar un papel mayor del que ha jugado hasta ahora. Máxime si la derecha gobierna Madrid bajo la tutela de la extrema derecha. Entonces:¿ qué conviene: que el alcalde sea Maragall o que Colau siga siendo alcaldesa?. Para las cosas del gobierno municipal, no me parece cuestión de vida o muerte. No es como en Madrid, donde entre Carmena y un alcalde aupado por las tres derechas hay todo un mundo. El problema no es estrictamente municipal, porque la Barcelona del uno no está en las antípodas de la del otro. Donde la diferencia es sustancial, determinante, es en aquello que va más allá de la ciudad. En la dimensión política que tendrá la alcaldia. Sí lo que se pretende es que la capital catalana juegue un papel en la estrategia de ruptura con el Estado, entonces el mejor alcalde es, sin duda, Ernest Maragall. Si de lo que se trata es de hacer un frente común con el otro lado de la plaza Sant Jaume, contra los ‘carceleros’ (así es cómo Maragall ha calificado a los socialistas), Barcelona puede ser altavoz y trinchera del independentismo. Muchos independentistas la tienen en la retina desde las conocidas escenas de los años treinta. Nada hay que objetar a semejante objetivo. Sólo advertir que una segunda aventura unilateral llevaría a un desastre aún mayor que la anterior, por mucho que los dos balcones de Sant Jaume estuvieran en sintonía. De lo contrario, sí lo que se pretende es contribuir a qué se abra una nueva etapa en la política catalana y española que suponga empezar a desjudicializar la política, cuestionar los bloques que paralizan la sociedad catalana, iniciar un diálogo con el Estado y plantear la petición de indultos, si hay condenas, si esto es lo que se pretende, mi convicción es que Colau aporta más. Suma más que Maragall. Ya sé que suena a paradoja, pero estoy convencido de qué Ada Colau puede contribuir mejor a la estrategia sostenida por Junqueras que Ernest Maragall. Y que la llegada de éste a la alcaldía casaría más con los planteamientos frentistas de Puigdemont. Colau supone un gesto contra la política de bloques más coherente con el ‘tenemos que hablar’ de Junqueras a Sánchez. ¡Menuda paradoja! No sé cómo terminará el embrollo, pero si Colau sale elegida alcaldesa, no será una mala noticia para quienes pretenden buscar una salida política a la crisis catalana. Sean o no sean de los Comunes. Sean o no sean independentistas. Se entiende que a Ciudadanos no le guste. Y el desconcierto de muchos.

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JUICIO AL ‘PROCÉS’

Dolor y rabia, mucha rabia

Andreu Claret

Dolor y rabia, mucha rabia

Andreu Claret

A corto plazo, la única esperanza es que las sentencias, si son razonables, o un indulto, si es posible (o la reforma del Código Penal, con efectos retroactivos) creen un nuevo clima

El dolor es por los largos días de cárcel que llevan quienes se han sentado durante 50 días en el banquillo. Siento dolor, por ellos y por sus familias. Por sus hijos e hijas. La rabia es por todo aquello que nos ha llevado hasta aquí. Por todos aquellos que nada hicieron para que nunca llegásemos a este punto que a nadie beneficia, que puede oscurecer el horizonte de España durante años y conducir a Catalunya por uno de estos despeñaderos por los que ha caído tantas veces en su historia. Dolor y rabia. No son sentimientos fáciles de compaginar.

Benditos aquellos que solo sienten dolor e intentan sanarlo con el orgullo que les produjeron las palabras de Turull, Rull o Cuixart, que consideran heroicas. Hemos perdido pero lo volveremos a hacer. Lo importante no es ganar. Es estar convencido de que la razón está de nuestra parte. Conozco este comportamiento porque soy hijo del exilio republicano y crecí entre mayores que hicieron de él la clave de la resistencia. Aunque pronto entendí que en la vida no basta con tener razón. Lo descubrí el día que mi padre les recordó a unos republicanos que cenaban en casa que la guerra no la había ganado Franco sino que la habían perdido ellos. Se hizo un gran silencio porque nadie supo qué contestar.

Al servicio de una actuación ilegal

Aun así, maldigo a aquellos que no sienten dolor y que se alegran de los años de prisión provisional que han soportado los presos del ‘procés’ y de los que les pueden hacer encima. Son unos insensatos. Me cuento entre los que creemos que quienes pusieron cargos públicos al servicio de una actuación ilegal merecen algún tipo de sanción. Pero las acusaciones de rebelión y sedición han salido tocadas de la vista, y porque algo hay de verdad en lo del farol. Dramática verdad, que el abogado Melero se encargó de recordar, con autoridad, y que hará qué octubre del 2017 pase a la historia como un episodio difícil de explicar a las generaciones venideras.

En todo caso, en términos de responsabilidad judicial es así, y las declaraciones de Forn y Forcadell, de algún modo lo reconocieron. Entiendo perfectamente que Cuixart reclame el derecho a la desobediencia civil que es, o debería ser, la madre de toda democracia. Su condena, si la hay, será la más injusta y la más difícil de explicar ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Distinta es la situación de aquellos que eran cargos del Estado (esto significa ser un ‘conseller’ de la Generalitat). Es descorazonador que no hayan hecho un ‘mea culpa’ por haber vulnerado la Constitución y el Estatut al que se debían. Podían haber mantenido sus ideas con la misma dignidad y hacer reconocido que las leyes del 6 y 7 de setiembre del 2017 fueron un error. Un disparate. Es lo que más hubiese ayudado al diálogo político que reclamó Junqueras y lo que más hubiese desarmado a las tres derechas que seguirán buscando votos en España a costa de Catalunya.

Utopías en paradas de ‘todo a cien’

Dolor y rabia. Una rabia incontenible por el daño irreparable que le han hecho a mi país. Todos, o casi todos. Empezando por Rajoy, el primero en utilizar las ‘fake-news’ para llenar camionetas de firmas contra el Estatut. Por lo que hizo, y dejó de hacer durante años con provocaciones que hicieron estallar las larvas cultivadas por Pujol, con paciencia de entomólogo, haciendo que los campos de Catalunya se llenaron de utopías republicanas. Con la crisis, y las mentiras, estas utopías empezar a venderse en paradas de ‘todo a cien’ y ya era tarde para que la política o la razón predominaran. Solo quedaba la justicia. Y así hemos llegado adonde estamos.

Siento rabia también por la actitud de todos aquellos políticos catalanes que hicieron el juego a la provocación del Partido Popular. Lejos quedaba aquella frase premonitoria de Pujol, cuando le preguntaron por Lituania y Catalunya y advirtió que España no era un estado en descomposición como la URSS. Nacionalistas de la primera hora y arribistas envueltos con la ‘estelada’ dijeron que éramos como Eslovenia y se cachondearon del Estado. No sé si Artur Mas se lo creyó, pero entró en el juego. Y luego vino Puigdemont, que siempre lo ha pensado, y Torra, que se ve en la estela de Companys y Macià, sin reparar en el drama que vivió Catalunya en los años 30. Detrás, dos millones de personas, llevadas por ilusiones legítimas. El resultado es un país dolido, dividido, humillado, aislado. A corto plazo, la única esperanza es que las sentencias, si son razonables, o un indulto, si es posible (o la reforma del Código Penal, con efectos retroactivos) creen un nuevo clima. Hasta entonces las emociones seguirán prevaleciendo sobre la política.

https://www.elperiodico.com/es/opinion/20190613/articulo-andreu-claret-dolor-rabia-mucha-rabia-juicio-al-proces-independencia-catalunya-7502874