Mini-Crónicas catalanas: El traslado/Teoría del empate infinito. Andreu Claret

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EL TRASLADO. De todo lo que ocurre, nada dice tanto sobre el momento político catalán como el próximo traslado de los presos del Procés a Madrid. Si la situación fuera como algunos la pintan, éste seria una ocasión para el ‘momentum’ con el que sueña Quim Torra. Por el contrario, será –si todo ocurre según lo acordado- una operación de colaboración compleja entre los Mossos y la Guardia Civil. No estamos en Eslovenia a principios del 91, donde era impensable que el gobierno yugoslavo se llevara a algunos de los líderes de la independencia hasta Belgrado en colaboración con las milicias locales. Catalunya no es Eslovenia. Ni España es Yugoslavia. Aquí hay un equilibrio de voluntades que obliga a colaborar, aunque sea llenando los telediarios de retórica nacionalista, catalana o española, para salvar la cara. Para muchos catalanes, las imágenes de los presos subiéndose a un furgón de los Mossos para ir hasta Can Brians donde los recogerá la Benemérita, constituiran una doble pesadilla. Humana, por la injusticia de la prisión provisional, y política, porque pondrá de manifiesto los límites del independentismo. Comparto la humana, pero no la política. Al contrario, esta cooperación me parece positiva. Y revela la vacuidad de las estridencias que no cesan. Las de aquí y las de allí. Las de quienes sueñan en el ‘momentum político’ y las de quienes llaman a un 155 hardcore. Más allá de las prédicas, nadie tiene fuerza suficiente para imponer su punto de vista. Habrá movilizaciones, como las habrá durante todo el juicio, pero sin que los cantos a la unilateralidad puedan cuajar. Aunque la verdad sea amarga, habrá colaboración. Forzada por los empates sociológicos que la última encuesta del CEO ha vuelto a confirmar. Quiere decir que los políticos que sepan gestionar esta complejidad, tras el juicio, seran los únicos que podrán tejer consensos amplios sin renunciar a nada.

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TEORIA DEL EMPATE INFINITO. El último campeonato del mundo de ajedrez amenazaba con tablas infinitas. Tras jugar doce partidas, Carlsen y Caruana estaban seis a seis, y si hubiesen jugado cien, lo más probable es que hubiesen empatado a cincuenta. Ninguno de los dos tenia fuerza para vencer al otro. Algo así ocurre desde hace décadas entre España y Catalunya. Y entre catalanes. Empate infinito. John Forbes Nash fue premio de economía por su teoría del empate infinito. O sea que poca broma con el concepto. Estudió aquellas situaciones en las que una empresa no se atreve a romper el equilibrio que tiene con sus competidores por miedo a perder cuota de mercado. Peix al cove, en vez de pretender todo el pastel. Pujol. Cuando le pregunté, una vez, porque era tan reticente con la reforma del Estatut, me dijo, solemne: Claret, no olvide que ellos son más que nosotros. Era su peculiar interpretación del empate infinito. ¿Cuando se quebró esta regla de oro del catalanismo? La misma que observó Companys en el 36/37, cuando hubo quien soñó en aprovechar la guerra para declarar la independencia (con algún apoyo espurio). La rompió Artur Mas. Quebrantando otro principio de estrategia política sobre el que Maquiavelo advirtió: vence quien elige el momento adecuado. Mas eligió mal el momento, y se precipitó por razones que nada tenían que ver con la independencia. Perdió. El ajedrez ha previsto como provocar el desempate. Se juegan partidas rápidas, sin tiempo para pensar. Un playoff, en el que Matt Damon, o sea Carlsen, derrotó a Caruana. Algunos, en Catalunya, sueñan con una fórmula express para resolver el empate con España. Tenim pressa repitió ayer Jordi Sánchez desde la cárcel. Pero en política, las prisas las carga el diablo. Puede que no sea el momento de deshacer el empate, sino de convivir con él. Quedan muchas partidas por jugar y hay mucho que perder. Paciencia. Kasparov se retiró del ajedrez porqué no la tenia.

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