Negrin y Cataluña (V a VII). Angel Viñas

En el post anterior terminé indicando que el cambio de la sede del Gobierno republicano de Valencia a Barcelona tuvo algunos efectos positivos. No suelen subrayarse y muchos historiadores tienden a ponderar más los negativos. Claro que quienes se oponen, como servidor, a tal contraposición comparten con los primeros el conocimiento de lo que pasó después, pero dado que la reconstrucción del pasado no es un ejercicio que se atenga al efecto del funcionamiento de algoritmos predeterminados las valoraciones difieren. En este post, subrayaré los dos efectos positivos que me parecen más importantes.

El traslado a la Ciudad Condal, en el otoño de 1937

1º Indujo un mayor compromiso francés, aunque soterrado

2º Ralentizó las tendencias autonomistas (que resurgirían al año siguiente).

El primero se tradujo en la atenuación de los efectos operativos de la política de no intervención que funcionaba en negativo para la República. No se subrayará lo suficiente que esto no implicó la pública desavenencia entre los Gobiernos francés y británico. Londres se calló ante los nuevos bríos del primero, con tal de que el debilitamiento de la no intervención no saliera crudamente a la superficie. ¿Victoria pírrica republicana? No tanto. El comportamiento del Gobierno Chautemps no merecerá un óscar, pero fue, sin duda, más ajustado a la realidad del período que la atrofiada visión del primer Gobierno Blum que había condenado al Gobierno de Valencia. Es más, cabría considerar que la apertura de frontera, también secreta, que apoyó el segundo Gobierno Blum a partir de marzo de 1938 fue una profundización de la iniciada, más o menos tibiamente, por su antecesor.

A ello también contribuyó la despedida al embajador francés, Jean Herbette, que atrincherado en Biarritz despotricaba contra los republicanos. Cuando, a finales de noviembre de 1937, su sucesor Eirik Labonne se entrevistó con Negrín dejó del presidente del Consejo una imagen muy positiva: sonriente, afable, calmo, sencillo, bienhumorado. También encontró palabras amables para el ministro de Estado Giral: hábil, conciliador. Que fueran ambos quienes dirigiesen los destinos de la España republicana pareció a Labonne un síntoma inequívoco de la profunda evolución que ya se había registrado en la zona republicana. No para mal.

Tras año y medio de guerra, recordó, un ejército que saludaba con el puño en alto y unas masas igualadas tanto por la miseria como por la doctrina, es decir “la canalla” o las “hordas marxistas” de la propaganda franquista, estaban dirigidos por dos catedráticos de universidad, hombres de gran distinción y desprovistos de sectarismo, al frente de un Gobierno que comprendía bien la política francesa y que la seguía con atención. ¿Resultado? Francia no podría desear como líderes españoles a nadie mejor que a tales personas, que nunca aceptarían que España se alinease en contra de los intereses franceses. En aquella entrevista, Negrín le confió que las relaciones con Cataluña habían mejorado, aunque corriesen rumores muy abultados.

No hay que exagerar la influencia de los embajadores. La política se hacía en las capitales. No en las embajadas. Pero, en ocasiones, las visiones sobre el terreno ayudan. Esta fue una de ellas y funcionó en favor, limitadamente, del Gobierno republicano…

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FELIZ AÑO NUEVO! Confiemos en que, a pesar de todos los pesares, el año que ahora se inicia sea algo mejor que el ya pasado. En el último post de 2017 me quedé exponiendo las reivindicaciones que los catalanes tomando la delantera y los vascos en su apoyo dirigieron a Francia y al Reino Unido. La idea matriz era llegar a algún tipo de acuerdo con Franco por mediación de París y Londres y al margen del asediado Gobierno de la República. Era obvio que en lo que pensaban era en salir del atolladero, aunque las posiciones de partida eran diferentes. El País Vasco ya había sido ocupado totalmente por las tropas franquistas. La franja Norte había dejado de existir. Incluso, desde abril, las tropas de Yagüe mantenían a Lleida bajo su bota. En Vinaroz, en mayo, se había roto la continuidad geográfica del espacio republicano. Negrín, en su doble calidad de presidente del Consejo y ministro de Defensa Nacional, había encajado mal que el nuevo Gobierno francés, presidido por Daladier, hubiese cerrado de nuevo, y esta vez herméticamente, la frontera franco-catalana a mitad de junio. Es decir, el momento escogido por vascos y catalanes no podía ser más lábil para la resistencia republicana. Una buena traición es la que sabe incidir en el momento neurálgico.

 

En cualquier caso, me parece difícil exagerar lo que implicaban las reivindicaciones expuestas en el post anterior. En mi modesta opinión traducían:

  • Un desprecio por los apoyos manifiestos de que se nutría la política de resistencia negrinista. Procedían del partido comunista plenamente movilizado, de los anarquistas y de un sector amplio de la opinión moderada que veía con buenos ojos la derogación parcial del Estatuto de autonomía. Sin contar con la fidelidad del Ejército Popular.
  • Por consiguiente, un desconocimiento profundo de las relaciones de fuerza en Cataluña, tras la aprobación y difusión de los “13 puntos” con los “war aims” de la República.
  • Una ignorancia masiva de los propósitos de las potencias fascistas que no habían jamás cejado de enviar suministros a Franco en armas y hombres.
  • Una ligereza absoluta ante las consecuencias que podría tener el crucial cierre de la frontera.

A las anteriores implicaciones se añadían dos consideraciones. La primera es que los buscadores de paz a espaldas del Gobierno se mecían en el limbo de los limbos. Parecían no intuir siquiera las intenciones de Franco. Estas, sin embargo, podían descifrarlas fácilmente. No tenían sino analizar la conducta del implacable Generalísimo en las zonas que había ido ocupando. En particular los vascos no tenían la menor excusa. Conocían lo que había ocurrido en Euzkadi.

No menos sorprendente era el hecho de que, por muy nacionalistas que fuesen, ignorasen la potencia de los designios hiperespañolistas e hipercentralistas que alentaban a la mayor parte de las fuerzas coligadas detrás de los militares franquistas. A fuer de listos menospreciaban incluso la propia propaganda republicana.

Julián Zugazagoitia, a la sazón secretario general del Ministerio de Defensa Nacional, registró la postura de Negrín ante lo que calificó como “un separatismo estúpido y pueblerino”. Por Rafael Méndez, exdirector general de Carabineros, también sabemos de la reacción del presidente del Consejo:

“Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que se desprendiese de italianos y alemanes. En punto a la integridad de España soy irreductible”.

En Barcelona tuvo lugar una reunión de Irujo y Companys con varios consellers de la Generalitat y el ministro Ayguadé. Después acudieron a otros ministros con el fin de alcanzar una mayoría en el Gobierno. Hubo un choque en medio de grandes fricciones que llevaron en agosto de 1938, en plena batalla del Ebro, a la dimisión de Irujo y Ayguadé. Este último argumentó que se debía a la decisión de Negrín de poner bajo el control del Gobierno las fábricas de material de guerra de Cataluña. Era un tema que había lastrado las relaciones con la Generalitat casi dos años. Es curiosa tal argumentación porque en su propio partido, el PSUC, había mucha gente que la abanderaba. Corramos un tupido velo.

No puede negarse una cierta reluctancia a ver la situación en términos realistas, tal y como era. A finales de septiembre Hitler consiguió un triunfo diplomático extraordinario eliminando el riesgo de estallido de un conflicto europeo en los acuerdos de Munich. No era difícil percibirlo y los políticos vascos y catalanes se pasaron de nuevo de ilusos…

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En la demonización de Negrín han coincidido tradicionalmente anarquistas, trotskistas, poumistas, franquistas de pura cepa durante la dictadura y los neo-franquistas de hoy. En las entradas biográficas que se le dedican en la Wikipedia en castellano y catalán se obvia su relación con Cataluña. No faltan quienes le acusan de falta de empatía hacia las dos autonomías creadas bajo la República (aunque este no es, probablemente, el “pecado” más gordo que se le atribuye). En este post final, en vez de perderme en divagaciones, voy a recurrir al propio Negrín y a sus contactos epistolares con catalanes. El primero de los que traigo a colación es conocido. El segundo, no. En ambos Negrín puso de relieve que no era en modo alguno anti-catalán. Antes al contrario. Las acusaciones catalanas contra Negrín se deben a otras razones.  

 En una famosa carta a Pere Corominas, que fue presidente del Consejo de Estado, Negrín expuso francamente sus sentimientos. Merece la pena reproducirlos in extenso:

“Yo no tengo ninguna duda acerca del porvenir de Cataluña. Cataluña tiene, en sus excelsas cualidades y con sus defectos, que están en la superficie, pero que no salen más allá de la superficie, una personalidad tan individual que sería trabajo de Sísifo desvirtuarla. Y sólo el intentarlo es herir en lo vital a España. Porque España es eso. Una unión de pueblos de rasgos peculiares y vigorosos, diversos pero congruentes, con vicios y virtudes, intereses y afectos que se complementan. Y la unión sería más fuerte e indisoluble mientras más se respete la espontaneidad y el albedrío. Unidad, para mí, no significa troquelar con el mismo cuño ni estandarizar. La unidad ha de realizarse dentro de los límites, con los matices y modalidades que la voluntad del pueblo fija y el sentimiento tradicional añora. Lo “impuesto” es efímero, contraproducente y disgregante. Y como yo, científica y filosóficamente materialista, sirvo al pragmatismo a que me lleva la “razón práctica” y creo en los grandes resortes espirituales, tengo (…) una fe ciega en los destinos y el futuro de Cataluña”.

El párrafo anterior es importante no solo por sus referencias a la colectividad española sino también por la autodefinición que Negrín ofreció de su enfoque. En el plano de las ideas y de la acción se autodescribió como materialista, algo que naturalmente erizaría el pelo de los cruzados de la guerra y sus soportes atávicos.

Igualmente es interesante la afirmación de que sus concepciones filosóficas no le impedían ser pragmático. Por ello, abordó de cierta manera, y no de otra, la situación concreta, en una guerra concreta, en la que él y la República se movían. En la misma carta dejó constancia de lo que le animaba:

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